ESTAMPA CAUDETANA.
IN MEMORIAM: LOS CATORCE.
Hoy, 29 de septiembre, festividad de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, Caudete vuelve la mirada noventa años atrás.
Cada vez que paso a la altura del paraje donde fueron martirizados 14 caudetanos aquel 29 de septiembre de 1936, toco el clason del coche. Pero hoy no. Hoy me he acercado físicamente hasta situarme frente al lugar en que fueron vílmente vejados antes de acabar con ellos, unos metros más allá de la Venta de la Encina, camino de Almansa, de la que hoy solo quedan algunas piedras y frente a la loma de Las Almas.
Una sencilla Cruz en la que una chapa recuerda a los catorce caudetanos, siete hombres y siete mujeres, que allí fueron maltratados y privados de su vida por el hecho de ser buena gente de fe, permanece al amparo que la presta un almendro.
Hay fechas que el calendario no consigue borrar.
Hay nombres que un pueblo no debe dejar caer en el olvido.
Y hay días en los que la memoria se convierte en oración. Uno de ellos es hoy y, hoy, en la parroquia de Santa Francisco ofreceré la Sagrada Eucaristía por todos ellos y por los que siguen muriendo por la fe en Jesucristo y pediremos para que la causa de santificación en la que están incursas siete de las víctimas, las mujeres (*), acelere el paso para que pronto las veamos en los altares.
Sí, tal día como hoy, 29 de septiembre de 1936, catorce hijos de Caudete —siete mujeres y siete hombres— fueron sacados de su encierro o de su casa o de su trabajo y conducidos fuera del pueblo.
Catorce paisanos nuestros.
Catorce historias.
Catorce vidas truncadas.
Ellas eran:
Dolores y Teresa Albalat Golf, Carmen y Dolores Pedrós Ruiz, Cecilia Serrano Díaz, Dolores Amorós Golf y Emerenciana Teresa Beltrán.
Ellos:
Rafael Berenguer Rojo, Guillermo Juan Rey, Antonio Puche Martínez, Juan Martínez Martínez, José Martí Herrero, Aurelio Ruiz Alcázar y Salvador Sánchez Albertos.
No eran un número.
Eran personas.
Tenían casa, familia, trabajo, ilusiones, amistades, preocupaciones y nombres por los que eran llamados cada día.
Entre ellas estaba Cecilia Serrano Díaz, maestra nacional, catequista y colaboradora de la parroquia, dedicada también a ayudar a los pobres.
Estaban también las hermanas Teresa y Dolores Albalat Golf. Teresa pertenecía a la Adoración Nocturna y a las Conferencias de San Vicente de Paúl; las hermanas Albalat y las hermanas Pedrós tenían entre sus ocupaciones la atención a los necesitados.
Y estaba Cecilia, que, según la documentación de la causa, cuando fueron a buscarla a la escuela pidió pasar antes por su casa para cambiarse y despedirse de los suyos. Allí habría pronunciado unas palabras que hoy estremecen por su sencillez:
«En el cielo nos veremos».
Los catorce fueron trasladados hasta las inmediaciones de la Venta de la Encina, en término de Almansa.
La documentación judicial de la época recoge que, en la carretera de Ocaña a Alicante, fueron encontrados los cadáveres de siete hombres y siete mujeres, muertos por disparos de arma de fuego. Entre sus pertenencias aparecían objetos cotidianos y, entre ellos, escapularios, crucifijos y rosarios.
Pero hay una escena que la memoria oral de Caudete ha conservado y que yo no quisiera que se perdiera.
Dicen que, cuando aquella camioneta descendía por la calle del Molino, camino de su calvario, algunos de los que estaban en las ventanas y balcones de sus casas las vierosn y escucharon sus voces.
No iban solos.
Iban con sus recuerdos.
Iban con su fe.
Y, según aquellos testimonios, lanzaban vivas a la Virgen de Gracia y cantaban canciones que ellas mismos habían enseñado a los niños en la catequesis.
¡Qué misterio el de la fe!
Salir de Caudete por última vez y hacerlo mirando hacia arriba, hacia el cielo.
Dejar atrás las calles conocidas, las casas, las campanas, la Plaza de la Iglesia, el Carmen, la calle del Molino...
Y llevarse consigo solamente aquello que nadie puede arrancarnos:
el nombre, la dignidad, los recuerdos y, para quien cree, la esperanza.
Hoy, 29 de septiembre de 2026, cuando han pasado noventa años, no quiero que esta Estampa sea una llamada al rencor.
El rencor no resucita a nadie.
La memoria, sí.
La memoria nos ayuda a saber quiénes fuimos, qué sucedió y hasta dónde puede llegar el ser humano cuando el odio ocupa el lugar que nunca debió ocupar.
Por eso hoy, desde esta Real Villa de Caudete, quiero pronunciar sus nombres.
Despacio.
Uno a uno.
Como quien enciende catorce pequeñas luces en medio de la noche:
Dolores Albalat Golf.
Teresa Albalat Golf.
Carmen Pedrós Ruiz.
Dolores Pedrós Ruiz.
Cecilia Serrano Díaz.
Dolores Amorós Golf.
Emerenciana Teresa Beltrán.
Rafael Berenguer Rojo.
Guillermo Juan Rey.
Antonio Puche Martínez.
Juan Martínez Martínez.
José Martí Herrero.
Aurelio Ruiz Alcázar.
Salvador Sánchez Albertos.
Catorce caudetanos.
Catorce vidas.
Catorce nombres.
Y una memoria que sigue viva.
Que la Virgen de Gracia, a la que —según cuentan quienes conservaron su recuerdo— invocaron mientras abandonaban Caudete, los tenga bajo su manto.
Y que nosotros sepamos hacer con su memoria lo único verdaderamente cristiano:
recordarlos, rezar por ellos y trabajar para que nunca vuelva a suceder.
Descansen en paz.
Recibe mi saludo,
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
29.9.2026. Martes. (C. 2.672).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
(*) La documentación consultada presenta a las siete mujeres, junto con otra de la ciudad de Albacete, dentro de la causa de los 464 mártires de la persecución religiosa, cuyo proceso sigue su curso.