ESTAMPA CAUDETANA.
LAS AZUCENAS DE SANTA PAULA.
No sé cuántas veces habré pasado al lado del lugar donde, ya hace nueve años, planté unos bulbos de AZUCENAS DE SANTA PAULA que me traje desde mi bosquecillo madrileño, en el corralón del convento de San José, (el Carmen).
Muchas.
Pero hay días en los que uno pasa por un sitio y no ve nada; y otros en los que, de repente, algo reclama la atención de uno.
Eso me ocurrió ayer.
Andaba regando las plantas porque con estos calores que siguen azotándonos, están ahogaditas. Y, al llegar al lugar donde planté los bulbos, allí estaban ellas, las azucenas de Santa Paula.
Como si hubieran estado esperando pacientemente a que yo pasara por allí para decirme:
—¡Mira!
Y miré. ¡Vaya si miré!
Y allí estaban, levantando su tallo desnudo hacia el cielo y coronándolo con aquellas flores rosadas, delicadas, elegantes, que parecen hechas para crecer en un lugar como este al que viajaron desde la punta de África, allá en el Cabo, pasando por mi bosquecillo madrileño.
El corralón del convento.
Un lugar de silencio.
De clausura.
De oración.
De vida escondida.
Y pensé que difícilmente podían haber elegido un sitio más apropiado.
Porque estas azucenas tienen una peculiaridad que las hace todavía más especiales: florecen antes de echar las hojas.
Primero aparece el tallo.
Después la flor.
Y más tarde llegarán las hojas.
¡Qué cosa!
Como si la planta no quisiera perder tiempo.
Como si dijera:
—Primero voy a regalaros la flor. Ya habrá tiempo para lo demás.
La azucena de Santa Paula, Amaryllis belladonna, es de esas plantas que aparecen cuando el verano empieza a despedirse y septiembre también con él.
Y este septiembre, como todos en Caudete, ha sido muy especial:
Venimos de las Fiestas Patronales.
De la pólvora.
De las músicas.
De las comparsas.
De las calles engalanadas.
De la salida y el regreso de nuestra Patrona, la Virgen de Gracia.
De tantos días en los que Caudete ha vivido hacia fuera, llenando sus calles de ruido, color y alegría.
Y ahora, poco a poco, todo vuelve a su sitio.
Los arcabuces han callado y duermen en sus fundas de cuero repujado.
Las músicas han dejado de sonar hasta las tantas de la madrugada.
Las calles ya han recuperando su ritmo habitual.
Y mientras Caudete vuelve a la normalidad, en el corralón del convento de San José algo sigue hablando.
No con palabras.
Con flores.
Las azucenas de Santa Paula.
Me gusta todavía más pensar que, detrás de los muros del Carmen, hay una vida que transcurre de otra manera.
Una vida escondida.
Una vida de oración.
Una vida que tampoco necesita hacer ruido para florecer.
Quizá por eso estas azucenas me han llamado tanto la atención.
Porque se parecen un poco a quienes viven en el convento.
No necesitan mostrarse para estar.
No necesitan hacer ruido para decir.
No necesitan ocupar la calle para dejar huella.
Y allí, en aquel corralón, las flores hacen lo mismo:
Florecen sin más.
Yo las miro y me acuerdo de que la naturaleza tiene sus tiempos.
Hay plantas que florecen en primavera.
Otras esperan al verano.
Y éstas esperan hasta que septiembre comienza a cerrar la puerta de la estación veraniega.
Como si quisieran recordarnos que siempre queda algo por florecer.
Incluso cuando parece que todo ha terminado como:
Terminaron las fiestas.
Terminó la pólvora.
Terminó el bullicio.
Pero no terminó Caudete.
Ni terminó la belleza.
Ni terminaron las pequeñas cosas que, escondidas en cualquier rincón, esperan que alguien se detenga a descubrirlas.
Y allí estaban ellas.
En el corralón del convento de San José.
Las azucenas de Santa Paula.
Calladas.
Rosadas.
Hermosas.
Como una pequeña oración hecha flor.
Y pensé:
¡Qué suerte la mía haber pasado por allí justo cuando ellas habían decidido florecer!
Porque quizá esa sea también una manera de vivir:
pasar por la vida con los ojos abiertos, por si acaso Dios ha dejado una flor en nuestro camino.
Pero, además, no fue nada más que verlas y echar a volar mi pensamiento a aquella que me trajo al mundo, a mi madre porque ella se llamaba y se llama PAULA, como las azucenas florecidas en el corralón del convento de San José (el Carmen).
Recibe mi saludo
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
24.9.2026. JUEVES. (C. 2.667).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.