sábado, 4 de abril de 2026

Viernes Santo. Cuando Caudete reza en silencio.

ESTAMPA CAUDETANA.

VIERNES SANTO. CUANDO CAUDETE REZA EN SILENCIO.

Hoy es Sábado Santo. Hoy la Iglesia enmudece. 

Su Cabeza, Cristo, fue colocada sobre la fría losa de un sepulcro.

Pero no está muerto, porque vive en el corazón de su esperanzada Madre.  Son los latidos del cirazón de la Madre los que le mantienen vivo, como vivo lo tuvo en sus purísimas entrañas.

Dentro de poco nos lo volverá a dar cuando se separen del abrazo en el que se fundirán los dos al despertar el día de mañana.

Mientras tanto, esperamos con Ella, acompañando a la que nos entregó Él por  Madre desde lo alto de la Cruz: a su Madre.

Hay un día en el año en que LA Real Villa de Caudete habla menos y siente más. 

Un día en que hasta el aire parece caminar de puntillas por las calles de la Villa. 

Ese día es el Viernes Santo.

No hace falta que nadie lo anuncie. Se nota en la luz, en el paso más lento de la gente, en ese respeto callado que parece envolverlo todo.

Amanece distinto.

Amanece como si el mismo cielo quisiera acompañar el luto de la tierra.

Sí, Amaneció el Viernes Santo en Caudete con esa luz distinta que tienen los días grandes, aunque sean días de luto. No era un amanecer alegre. Era una claridad serena, como si el mismo cielo supiera que aquel no era un día cualquiera.

Y no lo era, porque toda la Real Villa estaba convocada al piadoso ejercicio del Vía Crucis.

El pueblo caminaba más despacio. El calendario señalaba una jornada marcada por la memoria más profunda del cristianismo: la Pasión y Muerte de Cristo.

Por la mañana, los pasos volvieron a salir a la calle. Era la procesión de ellos, de Los Pasos.

Las imágenes, que son catequesis en madera tallada, recorrieron las calles recordando las últimas horas de Cristo.

Los nazarenos y los cofrades, con su caminar pausado, parecían marcar el ritmo del corazón del pueblo.

No había muchos niños esperando, pero sí procesionando. Uno de ellos, cerca de mí, preguntaba a su papá, y éste hacía de catequista.

Y así, de generación en generación, Caudete sigue contando la misma historia sin necesidad de libros.

La historia del que murió perdonando: Jesús.

Marino y María José, su esposa, instalados en la antigua Sala del Concejo Municipal —la que sostienen sobre sí los arcos de la Lonja— iban desgranando las estaciones del piadoso ejercicio, rememorando aquel acontecer de Cristo mientras se encaminaba al Calvario.

Los altavoces instalados en puntos clave de la Villa dejaban oír sus voces cálidas y pausadas, que se introducían suavemente por los oídos y, por su maravilloso mecanismo (tímpano, martillo, yunque, lenticular y estribo), subían al cerebro y bajaban al corazón.

Muchos lo seguían desde sus casas; otros lo hacíamos en plena calle o plaza.

En la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, los termómetros digitales marcaban 13°. No se movía ni una chispa de aire, lo que imponía una sensación muy agradable en el lugar donde bastantes fieles esperaban el paso de las sagradas imágenes.

Todo lo contrario de lo que aconteciera unas horas antes, durante el desarrollo de la Procesión del Silencio en la noche anterior.

Ayer no. Ayer la espera a que pasaran las imágenes —Oración del Huerto, Cristo de la Columna, la Mujer Verónica, Cristo de la Agonía, Nuestra Señora Dolorosa y Virgen de la Piedad, Cristo de la Caída y Cristo de la Juventud— no fue dolorosa ni hizo las veces de un cilicio.

Habían salido de Santa Catalina a las 7:30 horas y, a las nueve, llegaban a la Plaza de Nuestra Señora del Carmen.

Y, siendo las 9:35 horas, desaparecía la comitiva procesional por la calle Mayor adelante, en busca de rendir manifestación piadoso-catequética en la parroquia de la que salió.

Cada vez que Marino o su señora comenzaban el relato y rezo de una estación, toda la procesión hacía alto y las bandas de música y de tambores enmudecían.

En lugares ya convenidos de antemano tuvieron lugar dos encuentros:

En la Lonja, la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia con la Virgen de los Dolores; y, en la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, el encuentro del Cristo de la Caída con la Mujer Verónica.

El Sr. cura párroco, P. Luis Torres Pérez, carmelita, revestido con alba, estola y capa, presidía la procesión.

El Vía Crucis matutino abrió la puerta al Viernes Santo, durante el cual, y en horario distinto, se iba a celebrar la liturgia de la Pasión y Muerte del Señor en los distintos lugares de culto.

Pero si la mañana tuvo su solemnidad, es la tarde del Viernes Santo la que pesa en el alma.

Con la puesta en marcha de la Procesión del Santo Entierro a las 20,30 horas, el pueblo entero parece convertirse en templo.

Las luces se atenúan, la marcha se vuelve más grave y el silencio adquiere un protagonismo que impresiona.

No es un silencio vacío. Es un silencio lleno de significado.

Silencio de oración.

Silencio de respeto.

Silencio de tradición.

El Cristo yacente pasa en su urna iluminada lentamente, mientras muchos bajan la mirada.

No hace falta decir nada.

Cada cual lleva su propio Viernes Santo, su procesión, por dentro.

Delante, la Virgen de la Amargura, acompañada por ese llanto contenido que no necesita lágrimas visibles, avanza mientras  reza el rosario.

Y así, paso a paso, la Villa de Caudete revive un año más el misterio del dolor… pero también de la esperanza. Y el pueblo lo sabe.

El Viernes Santo le recuerda:

La crucifixión y muerte de Jesucristo.

La adoración de la Cruz.

El silencio y la esperanza en la Resurrección.

Es, por tanto, el día más austero y sobrecogedor de la Semana Santa.

Pero nunca tiene la última palabra.

La última palabra… siempre la tiene la Vida. Y Jesús la retomará, resucitando por el poder de su Espíritu, en la madrugada del domingo.

Y mientras la noche cae sobre la Real Villa, las calles quedan otra vez en calma, como esperando la luz del día para ir a estar y consolar a la Madre, a María, por la pérdida tan sensible, por la muerte de Jesús, su Hijo. Y, junticos, esperar en silencio la madrugada del domingo que traerá la Buena Noticia:

La Pascua de Jesús, su paso de la muerte a la vida.

Y, sí, la Villa de Caudete vela, hasta ese momento, con María.

En silencio.

Con esperanza.

Con fe.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

4.4.2026. SÁBADO SANTO. (C. 2.517).

P. Alfonso Herrera Carmelita.

Semana Santa en Caudete.

 SEMANA SANTA EN CAUDETE

viernes, 3 de abril de 2026

Jueves Santo. La Noche del Silencio.

ESTAMPA CAUDETANA

JUEVES SANTO. LA NOCHE DEL SILENCIO

La Real Villa de Caudete amaneció barrida por un aire frío que, por momentos, nos sorprendía con rachas intensas.

Ya te decía ayer que, durante la noche anterior, el viento se portó un tanto mal con nazarenos y penitentes, mortificándolos casi como si de un cilicio se tratara.

Con el paso de las horas fue perdiendo fuerza, aunque no terminó de marcharse. Se quedó, como testigo discreto de la jornada, soplando suave y frío.

Por la tarde, las campanas volvieron a llamar a los Santos Oficios de la Cena del Señor.

En los templos, la celebración nos trasladó de nuevo a aquel primer Jueves Santo en el que Jesucristo partió el pan y dejó a los suyos —y también a nosotros— el mandamiento nuevo del amor.

El lavatorio de los pies, narrado en el Evangelio de San Juan, solo tuvo lugar en la parroquia de Santa Catalina. Allí, el párroco, hijo del pueblo, P. Luis Torres Pérez, carmelita, lavó los pies a doce fieles, presentados por el sacristán Juan Doménech Ruiz, en un gesto tan sencillo como profundamente elocuente.

La primera Eucaristía fue la celebrada en la iglesia del monasterio de Madres Carmelitas. 

No hubo allí monumento como tal, pero sí una simbología tan sobria como catequética: doce cirios encendidos representando a los apóstoles y, en el centro, un cáliz, el pan y la Palabra de Dios abierta: presencia viva del Señor.

Más tarde comenzaron las celebraciones en la parroquia de San Francisco y en la Residencia de Mayores.

Y a las 19 horas, cerrando las celebraciones eucarísticas de la jornada, tenía lugar la de la parroquia de Santa Catalina.

Desde ese momento, los templos quedaron abiertos para facilitar la tradicional visita al Santísimo en los monumentos.

Fueron muchos los fieles que recorrieron las iglesias haciendo estación ante el Señor. No era extraño encontrarse las mismas caras en distintos templos, unidos todos por la misma devoción. A mí mismo me ocurrió.

Pero si hay algo que singulariza este día, junto a la Cena del Señor, es la procesión del Silencio, uno de los momentos más sobrios, intensos y recogidos de la Semana Santa caudetana, presidida por el párroco, P. Luis.

Tiene lugar tras el Prendimiento, una representación que se realiza a puerta cerrada, en un clima de sobrecogedora intimidad.

En esta procesión solo desfila la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia, precedida por hermandades y cofradías. 

Está considerada, con razón, como una de las procesiones más significativas de la localidad, junto al Santo Entierro del Viernes Santo y el Encuentro del Domingo de Resurrección.

Tras el Prendimiento, la puerta del templo parroquial se abrió. Pasaban unos minutos de las 22:30 cuando la carroza con la sagrada imagen 

comenzó su caminar por el itinerario de siempre.

Abría el cortejo la Hermandad de la Virgen de los Dolores. Tras ella, la Cofradía del Cristo de la Caída, la del Santo Cristo de la Agonía, la Cofradía de Nuestra Señora Dolorosa y Virgen de la Piedad, la del Cristo de la Juventud, la del Santo Sepulcro y, finalmente, la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia.

Cuando la imagen inicia su recorrido, el pueblo parece contener la respiración.

El sonido del tambor se vuelve grave y acompasado, como si fuera el latido de un corazón colectivo.

No hay luces a lo largo del recorrido. La luna llena, generosa en claridad, parece respetar el recogimiento que impone la oscuridad y no se asoma allí donde se procesiona. Solo las llamas temblorosas de las velas rompen la noche, mientras las sombras se deslizan por las fachadas antiguas que contemplan, silenciosas, el paso de la historia.

Hay miradas que lo dicen todo.

Promesas calladas.

Recuerdos que regresan.

Plegarias que nadie oye, pero que todos parecen comprender.

La noche del Jueves Santo en la Villa de Caudete no necesita discursos. Es una noche para el silencio interior. Para mirar hacia dentro. Para acompañar, aunque solo sea con la presencia, a Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia en el inicio de su Pasión.

Y mientras la procesión avanza lentamente por las calles de siempre, el pueblo entero parece transformarse, por unas horas, en un solo corazón que vela.

Mañana será Viernes Santo.

Pero eso… será otra estampa.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

3 de abril de 2026 VIERNES SANTO (C. 2.516).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

Semana Santa en Caudete.

 SEMANA SANTA EN CAUDETE


jueves, 2 de abril de 2026

Miércoles Santo. El Traslado.

ESTAMPA CAUDETANA

MIÉRCOLES SANTO. EL TRASLADO.

La Semana Santa avanza en Caudete sin prisas, como sabiendo que cada momento tiene su hora y cada emoción su instante preciso.

En Caudete, el Miércoles Santo posee un carácter especialmente íntimo dentro de la Semana Santa, y la procesión del traslado de imágenes es uno de esos actos que, sin ser los más multitudinarios, encierran una profunda carga simbólica y devocional.

Este traslado consiste en llevar algunas de las imágenes que procesionarán los días grandes —Jueves y Viernes Santo— desde la parroquia de San Francisco hasta la parroquia de Santa Catalina, que será el punto de salida.

No es una procesión solemne al uso, sino más bien un acto sobrio, recogido y cercano, donde el silencio y el respeto son los verdaderos protagonistas.

Las carrozas y las andas avanzan por las calles al ritmo pausado de los cofrades. 

Los cirios crean ese ambiente tan propio de la Semana Santa caudetana, donde tradición y sentimiento popular caminan de la mano.

Es un momento que muchos cofrades viven como un prólogo de lo que está por venir: la emoción contenida, los últimos preparativos, las túnicas ya dispuestas y el corazón puesto en los días centrales de la Pasión.

No nos coge de sorpresa porque viene de lejos. En la noche del Miércoles Santo, algunas de las imágenes se convierten en estampas vivas del acontecer de la Villa de Caudete durante su Semana Santa.

Nunca había acompañado a esta procesión el clero. Pero este año, sí. Este año el fraile coadjutor, hijo del pueblo, P. Antonio Graciá Albero, carmelita, vestido con alba, capa y estola, presidió el traslado.

Hacen su recorrido en la noche, casi a hurtadillas, pero dejándose iluminar el camino por una luna que parece reflejar la luz del sol que ya se marchó de nuestro septentrión.

Y desde lo alto del cielo caudetano baja esa claridad plateada para que los nazarenos y penitentes de las hermandades y cofradías puedan ver dónde ponen sus pies en el lento caminar del cortejo procesional, acompañando —o no— a sus respectivas imágenes.

Desde que salieron de la calle Santa Inés y emprendieron la avenida de San Jaime y Eras, les fustigó un viento frío, muy molesto, que bajaba desde lo más alto de la Villa, desde allí donde se levanta la ermita de Santa Ana.

Fue su cilicio, su pequeña penitencia, porque el aire, indómito, se colaba bajo las túnicas picoteándoles la piel.

Respiraron agradecidos cuando entraron en la calle de las Moreras a la que pareciera que el aire frío hiciera ascos.

Aparecía jalonada de gentes que se habían desafiado la inclemente noche, como tantas otras veces, para presenciar el paso de las imágenes:

La Oración del Huerto.

El Cristo de la Caída.

El Cristo atado a la Columna.

La Mujer Verónica —que no llega a Santa Catalina— se queda en la iglesia del convento de San José (el Carmen), porque desde allí sale al encuentro del Señor en la plaza de Nuestra Señora del Carmen cuando la procesión de Los Pasos llegue, en la madrugada del Viernes Santo, a dicha plaza.

El Cristo de la Juventud con la Virgen de la Amargura.

Y la imagen de la Virgen de los Dolores, que cierra la procesión.

Las 23:35 marcaban los relojes digitales existentes en la plaza de Nuestra Señora del Carmen cuando la banda de música que acompañaba a la imagen de la Virgen de los Dolores se había introducido totalmente en la calle Mayor, tras haber atravesado la plaza.

Un padre, con sus dos hijos —niño y niña— ya volvían a casa después de que su cofradía hubiera rendido viaje en Santa Catalina.

La luna seguía en sus trece y, aunque ya no se la necesitaba, allí estaba, llenando de plata la plaza de Aquella, la Virgen del Carmen, que es pintada por el Apocalipsis teniéndola a sus pies.

Ya lo sabemos, somos conscientes de ello, el Miércoles Santo no tiene el estruendo de los grandes días ni el gentío de las procesiones más señaladas.

Es un día distinto.

Un día casi de víspera.

Como si el pueblo entero estuviera tomando aliento antes de lo que está por venir.

Los cofrades, con esa mezcla de responsabilidad y cariño que sólo ellos entienden, habían ido preparando las andas. Alguno repasaba un varal, otro ajustaba un adorno, otro simplemente miraba en silencio la imagen como quien saluda a un viejo amigo.

Y llegó el momento.

Las puertas del templo de San Francisco se abrieron despacio.

Siempre impresiona ese instante: el interior en penumbra, el murmullo que se apaga y la imagen que aparece poco a poco en el umbral, como si también ella quisiera mirar a su pueblo.

Las andas se alzaron con ese leve crujido de los vanzos de  madera que sólo escuchan los cuarenta porteadores que cargaban con el paso del Cristo de la Juventud y de la Virgen de la Amargura.

Un «¡arriba con ella!» dicho casi en voz baja.

Y el caminar comenzó.

Paso corto.

Paso igual.

Sin prisa.

Y, así, rodaron las carrozas con las otras imágenes, empujadas por sus cofrades.

Las calles, sin aglomeraciones, permitían escuchar el sonido verdadero de la procesión: el roce de los pies, el golpe seco y acompasado del tambor, alguna cadena arrastrando penitencia y, de vez en cuando, el rezo quedo de alguna mujer mayor que no quiere perder la costumbre.

No era una procesión para lucirse.

Era una procesión para sentir.

Los vecinos miraban desde las aceras o desde los balcones.

Algunos se santiguaban al pasar la imagen. Otros simplemente inclinaban la cabeza. 

En Caudete todavía quedan esos gestos que no necesitan explicación.

Así, poco a poco, las imágenes fueron llegando a su destino, como quien ocupa su lugar en la historia que va a representarse en los días siguientes.

Cuando todo terminó, no hubo aplausos.

Sólo ese silencio bueno que queda cuando algo se ha hecho bien.

Caudete ya estaba preparada.

El Jueves Santo llamaba a la puerta.

Y la luna decía:

Mañana toma el testigo el sol porque es día Mayor, día Grande porque Jesús va a instituir la Eucaristía 


Recibe mi saludo, mis


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

2.4.2026. JUEVES SANTO (C. 2.515)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.