ESTAMPA CAUDETANA.
EL CONTRASTE.
A borbotones salen de cuando en cuando, sobre todo en época de elecciones, por los medios de comunicación, soflamas prometiendo esto o lo otro o lo de más allá, como eso de prometer miles y miles de viviendas que se van a construir en tal o cual legislatura. Y cuando echa a andar dicha legislatura… si te he visto, no me acuerdo, o se llaman a andanas los que se habían llenado la boca con tanta promesa. Y éstos, que hacían de su boca un bafle gigante, se cortocircuitaban y, de lo dicho…, nada de nada, ni rastro.
Y el resultado está a la vista: jóvenes en número incontable conviven con sus progenitores sin visos de solución a sus proyectos de independencia o de dar salida a su vocación de casados porque, como asevera el dicho popular: «el que se casa, casa quiere».
La razón no es otra que, en el correr del tiempo, se han ido quedando muy atrás aquellas familias en que tres generaciones compartían techo y mesa. En mi pueblo de Oropesa de Toledo se cambió aquella manera de vivir por invitar a la mesa durante un año al hijo que se marchaba de casa tras formar su matrimonio, si éstos permanecían en el pueblo.
Eso que acontece en el ámbito de lo político o social humano no se practica en la naturaleza y, de ahí, el título que he dado a mis letricas de hoy: EL CONTRASTE. Y es que contrasta grandemente el modo de proceder.
Mientras entre los humanos reina la burocracia, inyectada de impuestos a montones, en la naturaleza todo está puesto a la libre disposición del independizado.
En eso vengo reflexionando cada tarde cuando, en mi paseo, me voy acercando a la parroquia de Santa Catalina. Al llegar a la altura de uno de los castaños de Indias que jalonan, a un lado y a otro, la Avda. de las Jornetas, una pareja de mirlos anda montando su “casa” en una horquilla del árbol. Yo los veo afanados en ir a la foresta y volver con ramitas en su pico para ir entrelazándolas unas con otras y dar consistencia a su casica.
Esa pareja de volátiles no ha necesitado esperar a que liberen terreno, no han tenido que ir repetidamente a la ventanilla de un administrativo —“chupatintas”, los llamaba el vulgo—, no han tenido que pedir ninguna clase de ayudas ni esperar a constituir ningún grupo específico. No han tenido que hipotecarse ni dar un anticipo. Nada.
Ellos, a lo suyo, beneficiándose —eso sí— de todo lo que la naturaleza pone a su disposición sin exigirles un duro, como acontece en nuestras sociedades altamente estructuradas y politizadas. Ciertamente, el contraste es grande, muy grande.
Claro que la naturaleza también tiene sus exigencias y no permite fallos. Quizá sea por eso por lo que la pareja de emplumados se habrá visto un tanto contrariada porque, en el día de ayer, mandó a Regina, esa borrasca que venía un tanto descolgada del tren que formaban sus hermanas estos días de atrás, y con un ramalazo de viento les ha revuelto el entramado de su “pisito”, dando a entender que las prisas no son buenas y que hay que poner los SEIS SENTIDOS en lo que se está haciendo.
—Me decía mi padre cuando me enseñaba a conducir, mientras me daba un coscorrón por distraerme. (Para mi padre el sexto sentido era LA ATENCIÓN), mirando a dos cigüeñas que se encontraban en el campo lejos de la carretera.
Y así siguen ellos, los mirlos, empeñados en recomponer su obra, ramita sobre ramita, sin quejarse, sin pedir nada y sin prometer nada. Quizá por eso la naturaleza avanza siempre: porque cada cual hace lo que le toca, con paciencia y con constancia.
Tal vez no vendría mal que, de vez en cuando, los humanos levantáramos la vista de los papeles y aprendiéramos algo de estos pequeños arquitectos del aire.
Los mirlos no hacen promesas, hacen nidos.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
5.3.2026. JUEVES. (C. 2. 488).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.