ESTAMPA CAUDETANA.
EL SOL SE LAS ARREGLÓ PARA SALUDAR A LA VIRGEN MARÍA
Ya te decía en mi saludo de ayer que el día se despertó chungo… y chungo siguió durante toda la jornada.
Amenazaban las nubes con liarse a goterón limpio, pero se contuvieron.
A eso de las 17:30, cuando salía de casa para acercarme a la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura y cerrar el manifiesto, comenzó a llover.
No fue mucho, pero sí lo suficiente como para hacerme retroceder unos metros, volver al garaje y hacerme con un paraguas.
El sol seguía encerrado en su gran habitáculo, vigilado por unas nubes celosas.
No había llegado aún a mi destino cuando cesó el leve goteo que se escapaba por alguna rendija de aquel cielo encapotado que cubría la Real Villa de Caudete y su término.
Concluida la celebración litúrgica, en la que bendije al pueblo con el Santísimo expuesto en la custodia, emprendí mi paseo acostumbrado hacia la glorieta de la Cruz.
Las nubes habían cerrado filas y ya no caía ni una chispa de agua.
Sentado en mi banco de siempre, frente a las imágenes de la Cruz y de la Virgen de Gracia esculpidas en piedra, terminaba de rezar el Santo Rosario y me disponía a comenzar las vísperas.
Entonces aparecieron, no sé de dónde, una pareja de tórtolas. Se posaron en lo alto de la Cruz: una en el remate vertical, la otra en uno de los brazos.
Viendo que no era motivo de preocupación bajaron y se introdujeron en la espesura de un Almez, gran árbol de amplía copa donde, con toda seguridad habrán construido su nido.
Seguía sin llover. La tarde estaba apacible, quieta. El silencio lo envolvía todo. Nadie transitaba por la avenida de la Virgen de Gracia.
Ningún niño correteaba por la zona de juegos.
El silencio era total.
Pasaban dos minutos de las dieciocho treinta cuando apareció él.
Había aprovechado un claro entre las nubes, que parecía hubieran corrido sus pesados cortinones dejando apenas unos visillos blancos.
Desde allá, desde más allá de la sierra Alácera, llegaban los ruidos producidos por los encontronazos de nubes en lucha.
Y, entonces, tuvo lugar.
No podía ser de otra manera: el sol, en su caída hacia el otro lado del mundo, no quería despedirse sin saludar a Ella, a la Virgen de Gracia.
Y hasta su imagen llegaron unos rayos, mermados por los obstáculos, pero suficientes para acariciar su rostro y su figura entera.
Lo que antes era penumbra se llenó, por un instante, de una luz suave.
No podía faltar a la cita.
Quiso saludar a aquella a la que la cristiandad reconoce como Madre, entregada por Jesús desde lo alto de la Cruz cuando dijo al discípulo amado: “Ahí tienes a tu Madre”. Y en ese discípulo, todos estábamos representados.
Ayer fue el día en que los hijos le ofrecimos nuestro cariño y la felicitamos al tiempo que hacíamos con nuestra Madre de la tierra: el Día de la Madre.
Del sol no es Madre. El sol salió de las manos de Dios, y es Dios quien lo sostiene.
Pero de Él, la Virgen es Reina. Y ese súbdito fiel no quiso faltar.
Se la jugó a las nubes malencaradas… y cumplió.
La acarició con los rayos que lograron escapar de su encierro.
Así lo vi yo. Así lo interpreté. Y así te lo cuento.
Recibe mi saludo
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
4.5.2026. Lunes (C.2.549).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.