ESTAMPA CAUDETANA.
COCHES DE ÉPOCA. SEGUNDA CONVOCATORIA.
Volvía de mi paseo hasta la glorieta de la Cruz. Lo hacía por la Avda. del Atleta Antonio Amorós. Todavía me encontraba lejos pero hasta mí llegaban los sones de una música a caballo de muy altos decibelios.
A medida que me iba acercando, una profusa masa formada por gente joven, gente mayor, gente madura y gente menuda ocupaba toda la calle a la altura de la tienda 3D.
A izquierda y derecha se encontraban estacionados coches con toneladas de tiempo encima.
Allí donde la calle era atravesada por otra, los organizadores, micrófono en mano, imponían silencio a los corrillos en los que se hablaba animadamente de éste o aquel modelo porque no eran coches, eran recuerdos con ruedas.
El Club de Vehículos Clásicos de Villena y el Muy Ilustrísimo Ayuntamiento de la Real Villa de Caudete, organizadores de la II Convocatoria de Vehículos de Época, iban a hacer entrega de los diplomas a los dueños de los vehículos y a los ganadores de las distintas pruebas que se habían desarrollado a lo largo del día.
Seguí mi camino y, por detrás, me acompañaba la voz de la locutora que iba llamando a los seleccionados.
Mientras me alejaba venía a visitarme el recuerdo de los coches que tuvo mi padre, que hoy serían joyas de museo: los Chrysler de preguerra, el Ruso, el Cuatro Cuatro, el Válilla, el SEAT 1500 —en el que aprendí yo a conducir—, y el Ondine de 1961.
Allí, en la calle dedicada al atleta Antonio Conejero, donde normalmente vemos utilitarios apresurados y vehículos modernos sin alma aparente, hoy aparecieron máquinas que parecían salidas de otro tiempo, de esos años en que conducir era casi un ceremonial y cada automóvil tenía personalidad propia.
Muchos permanecían aparcados; algunos, por haber venido de lejos, ya emprendían el viaje de regreso a sus lugares de origen.
Brillaban las carrocerías como espejos recién pulidos. Cromados relucientes. Volantes grandes como timones de barco. Salpicaderos que parecían altares de la mecánica.
Y así, sin darme cuenta, los coches fueron haciendo el milagro sencillo de hacer hablar a mi memoria de mis tiempos de niñez. En los coches de mi padre no puso la mano ningún mecánico ni los llevó a un taller especializado. Él era quien los cuidaba con todo cariño y profesionalidad. Si alguna pieza había venido a menos, él mismo la desmontaba y la sustituía por otra nueva. Si las válvulas necesitaban un repaso, allí estaba puliéndolas con el sin fin que tenía en la caja de herramientas.
En una ocasión se le prendió el carburador a uno de ellos y lo apagó con sus propias manos, sufriendo fuertes quemaduras.
Y cuando ya conducíamos nosotros nos decía:
—Cuando llevéis el coche al taller, al volver a casa, dadle vosotros un repaso, porque siempre suele haber algún olvido.
Habían recorrido las calles de la Villa. No parecía un desfile mecánico sino casi una procesión laica de la historia cotidiana, donde cada motor contaba una época y cada bocina parecía querer despertar los años dormidos.
Los niños miraban con sorpresa. Los mayores, con emoción.
Porque si algo tienen estas concentraciones es que unen generaciones: los jóvenes descubren cómo era el mundo antes de las pantallas y los mayores vuelven, aunque sólo sea por un instante, a los años donde todo parecía empezar.
Presumo que al concluir la entrega de diplomas quedaría en las gentes esa sensación agradable de las cosas sencillas que hacen pueblo: reunirse, conversar, admirar, recordar.
Porque, en el fondo, no era sólo una concentración de coches antiguos.
Era, sin decirlo, una concentración de historias.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
22.3.2026. Domingo. (C. 2.504).
P. Alfonso Herrera. Carmelita