ESTAMPA CAUDETANA 2.700.
«WINTER SHADOWS»: LA LUZ Y SUS SOMBRAS DE INVIERNO
Ayer te hablaba de Alan Ramachandran, un acuarelista nacido en Singapur y afincado en Adelaida, Australia. Te contaba cómo pasó de trabajar como diseñador de interiores a adentrarse en el mundo de la acuarela, después de formarse en la Escuela de Artes de La Salle, en su ciudad natal.
Y te decía que había sacado de la cámara oscura de mi telefonillo su obra Morning Shadows —Sombras de la mañana—.
Hoy pongo ante tus ojos otra de sus creaciones: Winter Shadows —Sombras de invierno—, que también he rescatado de esa cámara oscura de mi telefonillo para traerla a la luz.
Ambas obras estuvieron expuestas en las paredes del claustro barroco-toscano del convento de San José, el Carmen, con motivo de la VIII Bienal de la Pintura a la Acuarela, celebrada en esta Ciudad de la Acuarela, nuestra Real Villa de Caudete.
Alan Ramachandran nació en Singapur, donde comenzó su andadura por el mundo de la acuarela.
Ayer contemplábamos su obra inspirada en la cordillera Flinders, en el sur de Australia. Hoy te presento esta segunda acuarela, a la que su autor ha puesto por título Winter Shadows, que viene a decir en castellano:
«Sombras de invierno».
Pero esta vez no nos encontramos ante un paisaje abierto de la cordillera Flinders, sino ante un arco en ruinas, invadido por la vegetación.
Y en él hay algo que lo domina todo: la luz.
El fondo, ese arco blanquecino que se distingue al otro lado, parece realizado dejando el papel en reserva, casi sin tocarlo. Es el golpe de luz invernal, esa luz blanca, difusa y fría que se cuela por el vano. Todo lo demás parece quedar a merced de las sombras.
Alan no se limita a pintar la luz: pinta también aquello que la luz deja sin tocar.
En el primer plano aparecen verdes apagados, tierras quemadas, violetas y negros aterciopelados. Los colores se superponen mediante veladuras y se funden en algunos puntos, dejando que el agua y los pigmentos hagan también su trabajo.
Porque la sombra de invierno no tiene por qué ser negra: también puede estar hecha de color.
Y así, al detenernos en la obra, podemos distinguir diferentes matices:
Sombras cálidas: los naranjas y ocres de la derecha, que parecen conservar el calor reflejado de la piedra.
Sombras frías: los azules y verdes grisáceos de la izquierda, entre la maleza.
Sombras profundas: los tonos oscuros del arco, que aportan profundidad y misterio a la composición.
Alan aprendió bien de los maestros acuarelistas que le enseñaron en la Escuela de Arte de La Salle, en Singapur. En la acuarela, las sombras no tienen por qué resolverse recurriendo al negro puro: pueden surgir de la mezcla de colores, de sus contrastes y de la relación que unos establecen con otros.
Y hay algo que no deja de llamar la atención en esta obra: un arco dentro de los arcos.
Toda ella viene a ser un guiño precioso a Caudete.
Los organizadores de la VIII Bienal colgaron en las paredes de nuestro claustro una pintura en la que aparece un arco en ruinas, dentro de un claustro que también está formado por arcos.
Un arco que enmarca la luz, dentro de un claustro que enmarca el arte.
¡Qué hermosa coincidencia!
Si la acuarela de ayer, Morning Shadows, nos llevaba hasta la cordillera Flinders bajo la luz de la mañana, ésta de hoy, Winter Shadows, nos ofrece su contrapunto íntimo: la luz invernal que se filtra entre la piedra y la vegetación, mientras las sombras parecen resistirse a abandonarla.
En esta obra, como en la de ayer, la luz reclama nuestra atención y las sombras se convierten en sus compañeras inseparables.
Porque no hay luz sin sombra cuando un cuerpo se interpone en su camino, ni sombra que no nos hable de la luz que la provoca.
Y esta realidad, tan sencilla como profunda, me lleva a pensar en algo más:
El mal, tantas veces presente en nuestra existencia, nos hace preguntarnos por la ausencia de Dios. Pero quizá también debiéramos preguntarnos si no estaremos mirando demasiado las sombras y demasiado poco la Luz - Dios - que nos permite reconocerlas.
En estas dos obras de Alan Ramachandran, luz y sombra se necesitan, se buscan y se complementan para ofrecernos una realidad que nuestros ojos, acostumbrados a mirar deprisa, no siempre saben apreciar.
El acuarelista conoce bien ese juego. Sabe que el agua y el pigmento tienen sus propias exigencias; que la luz no siempre se consigue añadiendo color, sino respetando el papel, dejando que respire y permitiendo que el blanco conserve toda su fuerza.
¡Qué difícil resulta, a veces, pintar aquello que no está!
Ese espacio luminoso que se adivina precisamente por lo que lo rodea.
Ramachandran nos invita a detenernos, a mirar sin prisas y a descubrir que las sombras no son necesariamente oscuridad.
También pueden ser belleza, profundidad y serenidad. Pueden hablarnos del invierno sin arrebatarnos la calidez de la contemplación..
Y, contemplando la obra de este singapurense afincado en Australia, pienso que también yo voy dejando sombras a mi paso.
Pero, si sigo caminando hacia la luz, esas sombras pueden ser el testimonio de que algo bueno se interpuso entre ella y el suelo que piso.
Y ese Algo, en mi pensamiento, no es otra realidad que Dios, Luz de Luz.
Winter Shadows.
Sombras de invierno.
Esta acuarela es, a mi modo de ver, una invitación a mirar más allá de lo evidente y a descubrir, en el diálogo entre la luz y la sombra, la belleza que se esconde en las cosas sencillas.
Una belleza que, para quien sabe contemplarla desde la fe, puede convertirse en una huella de Dios.
A veces, para encontrar la Luz, no hace falta buscarla de frente. Basta con aprender a reconocerla en sus sombras.
Eso me dice a mí la contemplación de esta obra de Alan Ramachandran, que estuvo expuesta en nuestro claustro barroco-toscano del convento de San José, el Carmen, con motivo de la VIII Bienal de la Pintura a la Acuarela.
Hoy la he sacado de la sombra de la cámara oscura de mi telefonillo y la he traído de nuevo a la luz para volver a contemplarla y reflexionar ante ella.
Y, a la luz que dimana de su obra, caigo en la cuenta de que mis propias sombras son aquellas que voy dejando detrás de mí mientras mi vida recibe la iluminación de la luz prístina e imperecedera de Dios.
Porque también nosotros caminamos entre luces y sombras, lo importante es no perder de vista la Luz que da sentido a nuestro camino.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
28.10.2026. Miércoles.
(C. 2.700). DOS MIL SETECIENTAS ESTAMPAS CAUDETANAS.
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
Dos mil setecientas estampas suman ya las que he venido escribiendo desde que llegué a esta villa.
Y hoy, al alcanzar esta cifra redonda con la obra de Alan Ramachandran, me gusta pensar que cada una de ellas ha sido una pequeña ventana abierta a Caudete: a sus gentes, a sus calles, a sus tradiciones, a su arte y a tantas cosas que, por cotidianas, corremos el riesgo de dejar de mirar.
Porque la vida está llena de luces que merecen ser contempladas.
Y, a veces, hasta las sombras nos ayudan a descubrirlas.