HOY TUVIMOS MÚSICA DE FONDO
A lo mejor das en pensar que hoy el coro alto de la iglesia del monasterio de las “Encerrás”, las Carmelitas de clausura, estuvo ocupado por una orquesta que puso melodías inmortales al servicio de la liturgia. No, nada de eso; ni siquiera alguna de las tres bandas de música con que cuenta la Real Villa de Caudete estuvo allí subida.
Pues no, no lo creas. En el coro solamente había tres monjas y solo una —la Madre Priora, que anda, la pobre, con un pie a la birulé— arrancaba unas notas al armonium para acompañar el salmo responsorial y, después, ensalzar a Dios con el canto del Sanctus. Y “sansacabó”.
La música de fondo a la que me refiero era otra bien distinta: el ruido, bastante molesto por cierto, que hacía a la puerta misma de la iglesia una máquina.
Llevan ya unos días los operarios de parques y jardines de la Real Villa de Caudete dándole a la tijera y al serrucho a lo largo de la avenida de la Virgen de Gracia. Andan aligerando de ramaje toda la foresta.
Hoy el motor ruidoso de la máquina con la que se encaramaban hasta las copas de los árboles parecía meterse dentro de la iglesia del monasterio; estaba tan cerca.
A poco de comenzar la celebración de la Eucaristía pasaron de largo hasta donde arranca la calle Echegaray y fueron bajando, podando árbol tras árbol, los del lado derecho. A media misa ya estaban frente al monasterio, pegaditos a la puerta de entrada, de modo que al salir los encontramos en plena faena.
En el carajo —el cesto de la máquina— se encontraban dos, un hombre y una mujer, dando buena cuenta de las ramas que, para ellos, estaban de sobra. Abajo, otras dos mujeres recogían y depositaban en un camioncillo cuanto iba cayendo.
La primavera viene ya pitando y echando humo, como aquellas viejas locomotoras que iban de un lado para otro llenándolo todo de humo y carbonilla. Lo digo con conocimiento de causa: ya voy siendo mayorcito y nací y crecí, durante los primeros diez años, a escasos doscientos metros de las vías del tren, tendidas en terrenos que fueron expropiados, entre otros, a mis bisabuelos Galo y Martina, allá en Oropesa, al otro lado de la Autonomía castellano-manchega.
Y como la naturaleza está a punto de experimentar un subidón de vida, encaramándose a lo alto de la pérgola verde, conviene que su sangre —la savia— no se pierda por heridas innecesarias ni se vean mermadas las fuerzas del árbol. Por eso andan estos oficiales podando, a toda prisa, la ingente cantidad de ejemplares, añosos y jovencitos, que crecen a uno y otro lado de la avenida de la Virgen de Gracia, la de la Patrona.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
25.2.2026. Miércoles. (C. 2.480)
P. Alfonso Herrera. Carmelita.