ESTAMPA CAUDETANA.
TRICHOCEREUS MACROGONUS.
Ayer pegó, y a base de bien, el calor. Se hizo notar porque, además, los distintos tipos de aire que suelen corretear por la villa y sus aledaños estaban de reposo absoluto.
Lo noté de modo especial en el trecho que, naciendo en la avenida de la Libertad, carece de edificaciones que defiendan de los ataques certeros de un sol todavía fuerte. Eran las 18,45 horas.
Dejé atrás dos viviendas de construcción funcional que daban poca sombra, hasta que llegué al primero de los imponentes chalets que jalonan esta avenida.
Agradecí de modo especial la protección que me iba dispensando, poniéndome a salvo de los hirientes rayos solares.
Iba con la mirada baja, puesta en la acera. No me interesaba ver en lontananza porque el camino ya me lo sabía.
Pero no me pasó desapercibida.
Porque subliminalmente, por el rabillo del ojo, se introdujo en mi cerebro la imagen de un esbelto cactus al que, en su punta, se le estaba abriendo una gran y hermosa flor.
Detuve mi caminar, di tres pasos para atrás y, sacando mi telefonillo del bolsillo, fijé la preciosa imagen que aparecía ante mis ojos.
No tuve que marcharme a los Andes peruanos, bolivianos o argentinos, ni subir esos 1.500 metros de altitud donde empiezan a erguirse estos hermosos cactus, poblando las lomas que llegan hasta los tres mil metros de altura.
No, no tuve que viajar hasta allí. El jardín del beneficioso chalet que me concedía una tregua en el abrasador ataque del sol los estaba poniendo ante mí para mi disfrute.
Y, claro que disfruté contemplando cómo anunciaba la noche sirviéndose de la preciosa e imponente flor que se estaba abriendo en la cumbre de una de sus columnas.
Digo que estaba abriéndose porque, a pesar de lo duro que es este cactus —que aguanta hasta los siete grados bajo cero—, su flor es tan suave que no aguanta los "piropos" solares y disfruta grandemente permaneciendo abierta solo durante la noche.
Del sol huye como del diablo, que todo lo marrota. Por eso sale a Oriente del cactus y no a Occidente. Así no la palicea haciéndola empalidecer.
Solo así llegará a ser la reina de la noche en el jardín del chalet donde crece.
Yo tengo plantado, en un gran tiesto, un hermano que crece ligero en busca de los tres metros, que casi, casi alcanza.
Pero todavía no ha florecido.
Eso sí, me ha sacado dos plantones que le andan a la zaga.
Como siga así, me voy a ver en la necesidad de trasplantarla al suelo.
Así de listos, como el cactus defendiendo su flor, deberíamos ser los seres humanos para que nada, ni el diablo, haga de las suyas con nosotros fastidiando los dones con que Dios nos bendice.
Recibe mi saludo,
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
27.5.2026. Miércoles. (C. 2.566).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.