ESTAMPA CAUDETANA.
EL PRESENTE SE PROYECTA HACIA EL FUTURO.
Ayer por la tarde hice mi paseo acostumbrado hasta la Glorieta de la Cruz.
A mi llegada todavía el sol no había tomado las de Villadiego y pegaba de lleno en «mi banco», frente al monumento.
Además, no pude ocupar mi sitio porque, precisamente ayer, le habían aplicado una mano de pintura.
Un cartel en el suelo, frente a él, advertía que se encontraba recién pintado.
No hubiera sido necesario porque el sol, como te he dicho antes, lo estaba cubriendo de rayos y no hubiera sido procedente dejarse caer indolentemente sobre él.
Me acomodé en otro banco, desde el que contemplaba el monumento de refilón pero, eso sí, totalmente sombreado por un castaño de Indias imponente.
Solo entró un hombre joven a beber en la fuente y, más tarde, una niña pequeñita que, al verme, salió del corralico por pies en busca de sus papás. Luego entró con su papá y satisfizo su sed en la fuente.
Yo estaba a lo mío, que no era otra cosa que completar el rezo del Santo Rosario que había iniciado al salir de casa.
Durante todo el tiempo, la música festera que salía de una lata situada en el espacio libre del polideportivo Antonio Amorós Conejero llenaba todo el lugar y, de cuando en cuando, las voces atipladas de varios niños echaban al aire el grito que marca el ritmo de las escuadras en los desfiles festeros que tienen lugar en las Fiestas Patronales de Moros y Cristianos de primeros de septiembre, en honor de la Virgen de Gracia.
Cuando hube terminado el rezo emprendí el camino de vuelta y no pude por menos que acudir al reclamo de la música y de los grititos de los niños.
Y allí me los encontré.
Nueve ñacos, ellos y ellas, a las órdenes de uno que hacía de capitán y dirigidos por una persona mayor, se encontraban ensayando la marcha festera.
Puede que fuera, como te decía anteriormente, EL PRESENTE PROYECTÁNDOSE HACIA EL FUTURO.
O puede que, simplemente, fueran ya el futuro hecho realidad porque, formando parte de alguna Comparsa, estuvieran ensayando su próximo desfile festero.
Sea como fuere, el caso es que, muy animadamente y con un salero que daba gusto verlos, andaban a lo suyo, movidos al ritmo que marcaba la música festera que salía a raudales de una caja de metal pegada a una pared.
Los padres se encontraban en un lugar apartado, dentro del recinto donde los niños practicaban la marcha festera.
Una vez que tomé constancia gráfica de la estampita festera, volví sobre mis pasos mientras los nenes seguían a lo suyo, dando pisotones al suelo y lanzando al aire aquel grito de desfile:
«¡Jé! ¡Jé! ¡Jé!...»
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
19.8.2026. Miércoles. (C. 2.637)
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
Nota. Por la noche, a esa hora en que un día entrega el testigo al siguiente se encontraba en la plaza de Nuestra Señora del Carmen un buen grupo de mozalbetes, ellos y ellas, con otra caja de música festera y, aunque no permitían que saliera la música montada en muchos decibelios, sí que molestaba lo suyo al entorno. De pronto se abrió una ventana y un una voz clara y sonora de mujer les pidió:
- que, por favor, no molestaran y se fueran con la música a otra parte porque mañana había que trabajar.
A lo que una voz viva y clara de chica joven, con un desparpajo de aquí te espero, la contestó:
- Señora que ya estamos de fiesta.
No obstante, la cordura se impuso y el grupete apagó la caja de música y la Plaza del Carmen se llenó de paz.