ESTAMPA CAUDETANA.
EL CAPIROTE DE FUENTE LA HIGUERA.
Podrías argumentar que, si es de Fuente la Higuera, no es propiamente una estampa caudetana.
—Cierto, pero podemos apropiarnosla. ¿Por qué no?
EL CAPIROTE DE FUENTE LA HIGUERA viene a ser como una especie de patrimonio de todos aquellos que hacen su vida en los ámbitos donde se juntan Valencia, Alicante y Albacete.
Esa preciosa fotografía la obtuve ayer al iniciar mi vuelta del paseo que hago cada día que me es posible, hasta la glorieta de la Cruz.
Al llegar por la avenida dedicada al concejal asesinado por ETA, Miguel Ángel Blanco, en el inicio de la avenida del Atleta Antonio Amorós, me paré.
Suelo hacerlo cada vez que paso por ese punto para contemplar, una vez más, el CAPURUTXO DE LA FONT DE LA FIGUERA —así lo llaman en valenciano—. Y lo hacen debido, muy posiblemente, a la similitud que guarda con ese aditamento con que cubren sus cabezas los penitentes en las procesiones de Semana Santa.
Es la montaña emblemática de ese pueblo, el último de la provincia de Valencia antes de unirse a las tierras albaceteñas. No dista mucho de esta Real Villa de Caudete. Somos vecinos.
Ayer, en una tarde despejada y clara, destacaba de forma especial. Ya lo ves en la fotografía que ilustra mis letricas. Destacaba por su forma, esculpida durante siglos y siglos por lluvias, granizos, hielos y por los aires cargados de arenilla que, cual escultores famosos, le han ido dando esa figura tan singular.
Llama poderosamente la atención. Yo, siempre que paso por allí, me paro a disfrutar contemplándola. Uno es así.
Su característica silueta cónica, coronada por la cruz, hace que destaque desde muchos kilómetros a la redonda.
La cima principal alcanza los 901 metros de altitud y domina el corredor natural entre Valencia, Alicante y Albacete.
Un paisano, bombero en Almansa, al verme tan embebido en su contemplación, detuvo su camino y, sin más, dijo:
—Bonita vista del Capurutxo de la Font de la Figuera.
—Y que lo digas —le contesté.
Él fue quien me dijo el nombre de la montaña y quien apostilló:
—Desde aquí la vista no tiene desperdicio. Pero desde lo alto de él, a unos 901 metros de altitud, desde el mirador allí existente, al que se llega tras haber salvado andando ocho o nueve kilómetros, tampoco lo tiene.
Y es que, ya sea ver toda la planicie hasta el horizonte desde nuestra esquina de las avenidas de Miguel Ángel Blanco y del Atleta Antonio Amorós, o contemplarla desde lo alto del Capurutxo, se nos muestra la misma estampa desde lugares opuestos:
Los campos de cereal, ya dorados por el calor de finales de primavera.
La alineación de olivos.
Las naves del polígono industrial al pie de la sierra.
Y, sí, al fondo, la figura del Capurutxo parece vigilar todo el valle como un centinela de piedra entre Valencia, Alicante y Albacete.
Sobre los campos ya maduros de junio, su silueta puntiaguda se alza dominando el corredor de Almansa, referencia permanente para caminantes, agricultores y viajeros. Y también para mí, que cada día que puedo me detengo a contemplarlo.
A lo mejor te preguntas la razón por la cual me detengo a mirarlo.
Pues, mira, no lo sé. Quizá, muy posiblemente, porque despierta en mí aquellas imágenes bíblicas que hacen de los montes lugar de encuentro con Dios.
Allí, en lo alto del monte, se encontró Moisés con Dios: en la zarza ardiente; en el Horeb, donde recibió las tablas de la Ley; allí donde el Señor proveyó de agua a su pueblo en el desierto. O donde se hizo Dios el encontradizo con el profeta Elías.
En el Tabor, donde Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan.
En el monte desde el que proclamó las Bienaventuranzas.
En el Calvario, donde fue crucificado.
Y en el monte desde el que ascendió a los cielos.
Quizá por todo ello, cada vez que contemplo el Capurutxo, algo de aquellas montañas sagradas vuelve a hacerse presente en mi imaginación.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
3.6.2026. Miércoles. (C. 2.573).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.