sábado, 25 de abril de 2026

Volvió a las andadas.

ESTAMPA CAUDETANA.

VOLVIÓ A LAS ANDADAS.

Ya hace algún tiempo te hablaba del abuelete de la Comunidad, el P. Ángel. Aunque, bien mirado, tampoco son tantos los años que saca a algún otro miembro de los que con él la componen.

Te contaba entonces que, provisto de unas tijeras de podar, fue recogiendo esquejes de higuera y, siguiendo las indicaciones oportunas, los envolvió en un trapo húmedo.

Pasaron quince días… y no pudo aguantarse.

Todo contento, fue comunicándolo a los demás. 

Y no era para menos: los esquejes habían prendido y asomaban ya unas hojas que daba gusto verlas.

Pero quiso la cosa que un sobrino suyo, vecino del cercano pueblo valenciano de Bocairent, al ver a su tío en la Estampa Caudetana, se dejara caer por aquí. 

Dio una vuelta con su anciano tío… y, de paso, se llevó los esquejes brotados y unos cuantos más que fue cortando a las higueras.

Tenía en mente plantar un campo en su pueblo con higueras del corralón del convento.

Y claro, el bueno del P. Ángel se quedó sin su pequeño tesoro.

¿Y qué hizo?

Pues lo que hacen los que no saben estarse quietos: volvió a las andadas.

Se hizo con cinco esquejes más, los metió en un vaso, los cubrió con otro… y ¡zas!

Dos semanas después, ahí lo tenías: yendo y viniendo, de un lado para otro, con sus esquejes no solo brotados, sino ya con raíces.

No se anduvo con chiquitas. 

En un santiamén, cada uno en su garrafa de plástico, bien plantados, como Dios manda.

No hay palabras que alcancen a describir su talante en aquellos momentos. 

Estaba loquico de contento. 

Tenía algo de luz en la cara, algo limpio, casi de niño.

Imagínate a un crío abriendo, nervioso, un regalo colgado del árbol de Navidad, con los ojos encendidos por la ilusión. 

Pues así estaba el P. Ángel.

Y, como siempre, quitándose mérito, lo deja caer:

—Es que mi padre fue un gran labrador. 

Y ahí queda todo dicho.

Porque la paciencia —aunque no haga ruido— es madre de muchas cosas buenas. De momentos, de frutos… y de pequeñas alegrías que ensanchan el alma.

Y de eso, el P. Ángel, sabe un rato.

Ojalá se nos pegara algo.

Que la vida, muchas veces, va al paso de quien no tiene prisa.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

25.4.2026. Sábado (C. 2.539).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

viernes, 24 de abril de 2026

Lágrimas de la Virgen.

ESTAMPA CAUDETANA.

LÁGRIMAS DE LA VIRGEN

Me encuentro estos días, azada en mano, limpiando el corralón.

Del bosquecillo en que se había convertido la zona sur ya llevo sacados, y depositados en los contenedores correspondientes, siete capazos de hierbas. Y lo que te rondaré, morena…

No todo es azada y sudor, porque ayer me llevé una alegría.

Ante mí aparecieron las LÁGRIMAS DE LA VIRGEN y, amigo, nombrar a la Madre del Señor y Madre nuestra son palabras mayores.

La azada se me negó —cómo te lo digo— a hundirse en la tierra para arrancarla. 

Has de saber que también se la conoce con el nombre de AJO DE NÁPOLES. 

No me preguntes por la razón que asistió a quienes la bautizaron así; no la sé. 

Solo sé que es un ajito de fragancia y sabor suave, que, en modo alguno, buscarían los amigos de sabores fuertes.

El caso es que me la he encontrado por primera vez, después de haber estado dale que te pego al corralón conventual durante casi nueve años.

Y es guapa. ¡Mírala!

Ya cautiva por la forma de sus florecillas —pequeñas, de un blanco puro, colgantes, con seis pétalos y estambres amarillos, agrupadas en umbela sobre un tallo sin hojas—. Por eso también se la llama AJO BLANCO.

Florece en primavera. Crece en cunetas, jardines y zonas algo removidas. Y lo hace, ya lo ves, formando ramilletes delicados de flores estrelladas.

La he visto por muchos lugares del levante español, aunque donde más me llamó la atención fue ocupando, formando un tapiz en todo el claustro del convento que los PP. Dominicos tienen en Ocaña (Toledo).

Forma parte de la familia de los Allium. 

En el corralón crece, con fuerza, otro espécimen del que te hablaré otro día.

Pero el blanco puro y la elegancia de la umbela la singularizan, la diferencian mucho de sus parientes..

Como no la voy a emplear en la cocina, será ella quien te lleve mi saludo.

Y, sin hacer ruido, tal vez —como quien no quiere la cosa— se te pose una de esas lágrimas en el alma.

Gracia menuda. Blanca. Callada.

De la Virgen María.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

24.4.2026. Viernes (C. 2.538)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

jueves, 23 de abril de 2026

87 años.

ESTAMPA CAUDETANA.

87 AÑOS.

El pasado viernes, día 17 de los corrientes, te daba noticias, una vez más, de ese milagro constante y continuado.

No me refiero a las Eucaristías que celebramos diariamente, que manifiestan a las claras el cumplimiento de aquellas palabras de Jesús al hacerse compañero de camino: 

«Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Me refiero, más concretamente, a aquellas Hostias Consagradas que, el día 22 de julio de 1936, por iniciativa del sacristán de entonces, Manuel Gil Pérez, fueron ocultadas debajo de una de las losas de su habitación matrimonial, donde permanecieron durante todo el tiempo que duró la contienda.

En aquella estancia siempre hubo una lamparilla encendida, por expreso deseo del sacristán.

El día 1 de abril de 1939, desde Burgos, el general Francisco Franco Bahamonde daba a conocer el final de la guerra fratricida. 

Habrían de pasar veintiún días para que, en esta villa de Caudete, tuviera lugar el desenterramiento —la exhumación— de aquellas Formas Consagradas.

Constituyó todo un acontecimiento para el pueblo, del que dio fe un notario,

 procediéndose a su traslado a la parroquia de Santa Catalina.

Era el día 22 de abril de 1939.

Han pasado ya ochenta y siete años de aquel hecho que sigue concitando la atención de las gentes del lugar y que, promovido por la Cofradía de la Sacramental, se nos venía anunciando desde el domingo precedente.

Así, en el día de ayer, 22 de abril, fueron expuestas para la adoración del Santísimo Sacramento: Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, presente en esas Hostias que permanecen incorruptas desde aquellos comienzos de la guerra civil hasta hoy.

Se conservan en un joyero, sobre el Sagrario, en la capilla de la Comunión de la parroquia de Santa Catalina.

Es un milagro, una gracia sostenida por la voluntad de Dios.

Unas simples obleas de pan ácimo no habrían resistido ni las humedades del suelo donde estuvieron ocultas —como sí ocurrió con las que no estaban consagradas—, ni el paso de tantos años sin reducirse a polvo.

No, no nos hace falta ir a Bolzano, en el norte de Italia, o acercarnos hasta el cercano pueblo alicantino de Onil, para caer de rodillas ante el misterio de un Dios que se nos hace cercano, tan cercano que se nos ofrece como alimento:

«Yo soy el pan de vida. El que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,35-59).

Bueno será que no nos ocurra como a los discípulos de Emaús, que caminaron con Él sin reconocerlo.

Bueno será que nos acerquemos a Él en la capilla de la Comunión de Santa Catalina y lo tengamos, de verdad, como compañero de camino, no siempre fácil, por este mundo.

No lo olvidemos: 

¡nos espera!

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

23.4.2026. JUEVES. (C. 2.537).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

miércoles, 22 de abril de 2026

Colaborando.

ESTAMPA CAUDETANA

COLABORANDO.

Ayer te llevaba la Estampa Caudetana con mi saludo una paloma torcaz.

No se andubo por las ramas, zascandileando. Enseguida se  echó en el nido.

Ya te decía que el zureo me daba a entender que todo lo había encontrado, más o menos, en orden.

Claro que, con toda seguridad, los vientos que trajo consigo aquella cadena de borrascas —a las que ponían nombre nuestros vecinos portugueses— algún desperfecto sí que habrían causado en la estructura del nido.

Y estos pájaros, que se las saben todas, se han puesto a recomponerlos.

Digo mal, porque no son todos. Ella, la hembra, como te decía antes, ya está tumbada en el nido. 

Es él, el macho —un ejemplar hermoso, extraordinario— el que va y viene constantemente con ramitas que encuentra por ahí; quien aporta el material necesario. Y ella se lo toma del pico y lo va colocando aquí o allá.

Ella es la arquitecto. Él, quien suministra el material.

Y, como en el caso de su pareja, este no me manifiesta la más mínima muestra de recelo.

Me mira y, como si nada, sigue a lo suyo, totalmente enfrascado en su labor.

Hay que preparar la casica para la llegada de los pichoncicos, sus hijicos.

Mientras llevaban a cabo, concienzudamente, su tarea, otro ejemplar —posiblemente el hijo  nacido el año pasado— zureaba desde lo alto del tejado, dándoles a entender que se encontraba bien, tomando nota de lo que hay que hacer para cuando él se vea en el mismo trance, en la misma tesitura.

Asistiendo, como mero observador, a los trabajos del gran y estupendo macho, me vino a la memoria aquel dicho tan castizo y tan nuestro:

“Hombre casado, hombre cargado”.

Y, como el ser humano, el palomo era el encargado del duro y constante trabajo de acarrear los elementos necesarios para que su pareja disfrute ahora —y luego la prole— de confort y abrigo.

Recibe mi saludo


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

22.4.2026.Miércoles. (C. 2.536).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

martes, 21 de abril de 2026

Nos miramos.

ESTAMPA CAUDETANA.

NOS MIRAMOS.

Ha vuelto mi amiga, la paloma torcaz.

El calor no quiso demorarse en el día de ayer y, desde muy temprano, tomó carta de naturaleza. 

Tenía la ventana de mi cuarto abierta de par en par, y el sol, subiendo ya con decisión hacia su cénit, entraba a raudales, derramándose sobre mi flanco izquierdo.

Estaba a punto de concluir mi Estampa Caudetana del día cuando un aleteo firme, casi solemne, vino a escoltar la luz y atravesó la ventana.

Era ella.

Mi amiga, la paloma torcaz.

Quise reconocer en su figura a la misma que el pasado año eligió el ciprés que se alza a escasos dos metros y medio de mi ventana, como si buscara, entre sus ramas conijo, bajo ese cielo azul que el claustro barroco-toscano guarda en su cuadrilátero perfecto.

Y lo era —quiero creer que lo era—, porque, apenas posada, se quedó inmóvil, como quien se deja ver para ser reconocida.

Entonces ocurrió.

Nos miramos.

No fue una mirada cualquiera. En la suya había algo más que curiosidad: había memoria. Y en la mía, sin disimulo, brotaba la acogida, como se recibe a quien vuelve después de una larga ausencia.

No temía nada de mí aquella pequeña fortaleza alada.

Diríase que me conocía. Que sabía —como lo saben ciertas criaturas sin palabras— que no habría en mí gesto alguno que perturbara su paz. 

Ya el año pasado confió hasta el punto de sacar adelante su nidada en un nido que casi podía alcanzar con la mano.

He de decir que la echaba en falta, de menos.

Más aún: en algún momento temí por ella. 

Pensé si, en su partida hacia África con los fríos del otoño, o en el incierto viaje de regreso, no habría encontrado la muerte en un disparo traicionero.

Pero no.

Ha vuelto.

Y su presencia deshace, de un solo golpe, todas las conjeturas sombrías.

Me alegró verla. Me alegró hondamente. 

Y hasta me pareció que “charrábamos”, sosteniendo ese diálogo antiguo y universal que no necesita palabras: el de la mirada que reconoce, que acoge, que permanece.

El tiempo se detuvo entre los dos.

Largo, como largo ha sido el intervalo entre su marcha y su regreso. Ninguno de los dos quiso romperlo.

Después, ya confiada, se internó en la espesura del ciprés, en ese pequeño mundo verde y apretado donde dejó su hogar.

Y al poco, desde dentro, brotó su zureo.

No lo dudé: era un canto de aprobación, de regreso cumplido, de casa reencontrada.

Quizá cansada aún del largo viaje desde las tierras africanas donde pasó el invierno, parece que se me ha prestado a llevarte  mi saludo, antes de recomenzar su vida.

Y yo, con gusto, accedo:


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

21.4.2026 Martes. (C. 2.535).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

lunes, 20 de abril de 2026

Flor de malva silvestre.

ESTAMPA CAUDETANA

FLOR DE MALVA SILVESTRE.

Así la llaman los avezados botánicos: Malva sylvestris.

Ayer, después de haber cerrado el manifiesto en la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura, como hago cada domingo, dirigí mis pasos hacia la glorieta de la Cruz.

 Allí me encontré con un vecino, Ramón Gisbert Conejero.

Estaba plácidamente sentado en la esquinita de uno de los bancos, en aquel en que una rama de árbol le prodigaba sombra.

Y es que ayer hizo un día de primavera avanzada o, si se quiere, de verano que empezara a asentar sus reales.

Aproveché que unos señores se levantaron de otro banco, que gozaba a ratos de sol y de sombra, para tomar asiento y rezar las vísperas.

Invité a mi vecino a acompañarme en mi caminar hasta llegar a la parroquia de Santa Catalina, donde debía cerrar el tercero de los domingos de Pascua con la Sagrada Eucaristía.

Puso sus reparos, porque por la avenida de las Jornetas, además de ser cuesta arriba, el sol las gasta de las suyas, pues entre chalé y chalé encuentra el modo de apuntar con sus rayos a quien pasa por aquellos lugares limpios de construcción.

Después de decirle que no fuera tan reticente, le animé: —Te vendrá bien; así podrás dejar como meros adornos a los agujeros del cinto.

Se vino conmigo.

Al final de la avenida de la Libertad no hay construcción alguna: es un campo abierto que espera urbanización.

El sol pegaba bien. Se estaba quedando a gusto antes de emprender el descenso que le llevaría más allá de mi pueblo de Oropesa, en el occidente de la autonomía castellano-manchega.

Y allí, justo donde el terreno en barbecho desciende a saludar al alquitrán de la avenida, crecía, junto a otras muchas, una malva silvestre.

Mi acompañante se detuvo a contemplar la flor que preside estas letricas y me preguntó: —Tú, que tanto sabes acerca de plantas y flores, dime cómo se llama esta preciosidad.

—Malva —le dije.

Y, a mi vez, le inquirí acerca de aquello que, sobre esa planta, afirma el dicho que tantas veces oí a mi madre: —“Quien con malvas se cura…”

No acertó a completarlo, así que continué: —“…mal va”.

Es verdad que esta planta tiene propiedades que se aplican en farmacopea, como las destinadas a aliviar los trastornos intestinales.

Posee una flor preciosa. Con ella se ha portado de maravilla la naturaleza, y crece en cualquier lugar. No hace ascos a terreno alguno. Como tampoco se los hacen sus parientes menos favorecidas, como:

. la Malva parviflora, pequeñita, de flores menudas;

. la Malva neglecta, a la que le gusta serpentear por el suelo;

- o la Malva cretica, más basta y de tonos algo apagados.

Ninguna puede compararse en porte, esbeltez y limpieza de color con la silvestre: cinco pétalos rosados o violáceos, con venas más oscuras muy marcadas; el centro con pequeños estambres agrupados en columnita; hojas redondeadas y lobuladas, de borde dentado.

La Malva sylvestris que llamó la atención de mi acompañante, mientras andábamos por la avenida de la Libertad, lucía un rosado vivo, limpio y bien definido, con venas purpúreas muy marcadas.

Los pétalos, bien abiertos, con ligera escotadura, ofrecían un aspecto vistoso, nada apretado.

Mientras nos alejábamos de la flor, le dije:

—¿Ves, Ramón? La malva no teme al sol. Tú tampoco deberías ser tan reticente al astro rey; haría contigo maravillas, como ves que hace con una sencilla malva silvestre.

Nada me respondió y seguimos camino, picoteados por los rayos del sol.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

20.4.2026 Lunes. (C. 2.534).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

domingo, 19 de abril de 2026

La Sacramental se mueve.

ESTAMPA CAUDETANA

LA SACRAMENTAL SE MUEVE


Ayer, la Cofradía de la Sacramental salió de viaje hacia Onil y Alcoy.

Venían desde hacía días pergeñándolo, no a la chita callando, sino de boca en boca, despertando incluso a quienes, a veces, parecen dormir en el listín telefónico. Y lo lograron: llenaron el autobús.

Les acompañó el coadjutor, P. Antonio Graciá Albero, carmelita.

Primero hicieron parada en Onil, donde fueron recibidos con afecto por el párroco, quien les puso al tanto de un milagro parejo al sucedido en esta Real Villa de Caudete: el de una Hostia Consagrada que permanece incorrupta. 

Ambos hechos acontecieron en fechas cercanas, en los albores de la guerra fratricida entre españoles, en la década de los años treinta del siglo pasado.

Aquí, en Onil, tuvieron un ejercicio de adoración al Santísimo, presente en la Hostia Incorrupta.

Concluido el acto, reemprendieron camino hacia Alcoy.

No es mucha la distancia entre Onil y Alcoy, y pronto se presentaron allí. 

No podían pasar de largo, estando tan cerca, sin visitar a la paisana mártir, cuyas reliquias se custodian en una capilla de la parroquia. 

Allí reposa, a la espera de la resurrección, junto a otras dos mártires del lugar, en nichos dispuestos uno sobre otro encintrándose en el que reposan las reliquias de Florencia ocupando en lugar central.

Como en Onil, el señor cura párroco les dio la bienvenida y les refirió el trance sufrido por nuestra paisana Florencia.

Bien sabido es que aquella alma preciosa a los ojos de Dios, nacida en esta Villa de Caudete el 20 de febrero de 1890, hubo de emigrar a Alcoy en tiempos de necesidad. 

De allí fue sacada por escopeteros el día del Santo Ángel de la Guarda de 1936, para ser ejecutada —martirizada— en Rotglá de Corbera, pedanía de Játiva.

Allí oyeron santa misa, presidida por el coadjutor acompañante, P. Antonio Graciá Albero, carmelita.

Y así, entre memoria y presencia, entre caminos de hoy y testimonios de ayer, regresó la Sacramental a Caudete.

No volvieron con las manos vacías: traían en el alma el recogimiento de la adoración, el ejemplo firme de la mártir y esa certeza callada de que, aun en los tiempos más recios, el Señor permanece.

Porque Él no se ausenta.

Se queda.

En la Hostia que no se corrompe.

En la fe que no se quiebra.

Y en el corazón sencillo que, como el de estos cofrades, sigue poniéndose en camino.

Recibe mi saludo


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

19.4. 2026 DOMIGO III DE PASCUA. (C.2.533)

sábado, 18 de abril de 2026

No hay quien pueda con la naturaleza.

ESTAMPA CAUDETANA

NO HAY QUIEN PUEDA CON LA NATURALEZA


Necesariamente tuve que detenerme en mi caminar, cuesta arriba, hacia la parroquia de Santa Catalina.

Iba con tiempo suficiente. Mi encomienda vespertina todavía me daba tregua.

Y es que no pude por menos que parar para contemplar un cardo borriquero —así lo llamábamos en mi pueblo en mis años de infancia—.

Y, claro, surgieron los recuerdos, no precisamente agradables, de aquellas subidas por el atajo camino de la escuela.

Mi barrio, el de la Estación, distaba un kilómetro largo de la escuela de la Villa. Y, naturalmente, acortábamos camino subiendo por un atajo, un tanto empinado.

Aquel atajo fue, en tiempos lejanos, lo que allí llamábamos “un cordel”: el camino por el que transitaban bóvidos y ovinos. 

Al dejar de usarse, crecieron en él, en cantidades ingentes, esta clase de cardos. Y si nos descuidábamos, las piernas sentían los finos pinchazos que nos propinaban.

Los entendidos en botánica lo llaman Carduus Tenuiflorus, (cardo de flores pequeñas o cardo fino). Pero es mucho más sencillo seguir llamándolo cardo borriquero.

No es un gigante de gran flor, como el Cardón que tanto trabajo y sustento dio a las gentes de la Real  Villa  de Caudete en aquellos tiempos en que se cultivaba para los telares, antes de que la industria introdujera los cardadores de plástico. 

Este es más bajo, más ramificado, con tallos y hojas cubiertos de espinas bien marcadas; hojas lobuladas, ásperas y con bordes decididamente pinchudos.

Sus flores, de un púrpura vivo, son pequeñas y alargadas, atrayendo a abejas y otros insectos que hacen posible la polinización.

Es un cardo humilde, pero duro y avispado, que crece allí donde una semilla encuentra la menor oportunidad.

Y buena prueba de ello es el que vi ayer en la Avenida de las Jornetas: brotado entre el alquitrán de la avenida y la piedra, donde la calle se junta con la acera, luciendo, además, bien lozano.

Este cardo borriquero te lleva mi saludo… eso sí, en fotografía, para que no te pinche.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!! 

18.4.2026. Sábado (C.2.532)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

(*) Aquí, en Caudete, se cultivaba el cardón para enviarlo a la industria textil catalana, donde se utilizaba para cardar las fibras. Con la llegada de los cardadores de plástico, su cultivo desapareció y con él, también, una fuente de jornales.

viernes, 17 de abril de 2026

Guapa está la Placeta de Manuel Gil Pérez.

ESTAMPA CAUDETANA

GUAPA ESTÁ LA PLACETA DE MANUEL GIL

Desde que llegó a hacerse con la vara de regidor mayor del Consistorio municipal, mediada la legislatura, el Ilmo. Don José Miguel Mollá Nieto (1), la Placeta dedicada a Manuel Gil (2), como reconocimiento a la grandiosa obra en favor de la Real Villa caudetana, llevada a cabo en los albores de la contienda fratricida entre españoles en los años treinta del siglo pasado, adquirió un nuevo look.

Hasta entonces, el poco espacio apto allí existente era empleado como aparcamiento para media docena de coches.

De la noche a la mañana, los operarios de jardinería colocaron seis hermosos tiestos de hierro fundido con plantas ya crecidas.

Hubo quien pidió al nuevo y flamante alcalde que retirase los grandes maceteros que había mandado situar en la placeta, a fin de que pudiera seguir utilizándose ese espacio como aparcamiento.

No hizo caso. Y, a mí, concretamente, me pareció estupenda la medida.

Aquel hombre que tanto hizo por la Real Villa de Caudete en tiempos de conflicto se merecía, por parte de la villa beneficiaria de su labor, una plaza o una calle de mayor entidad; pero, ya que no se le otorgó tal reconocimiento, esta medida ha venido, de alguna manera, a realzar su figura.

De los seis hermosos maceteros allí situados, dos lucen sendas Polygala myrtifolia.

Estas plantas, de porte compacto, con hojas pequeñas y brillantes —tipo boj— y flores de color púrpura, con forma de guisantes agrupadas en ramitos, se lucen a base de bien y, en unión de las otras cuatro —de las que te daré noticia otro día—, adornan de maravilla la placeta de Manuel Gil.

La gente de a pie, pasando por alto a los sesudos botánicos, la llamamos simplemente polígala o, en su caso, añadimos su origen: Polígala del Cabo, pues procede del cono sur de África, desde donde ha emigrado para lucirse en parterres y jardines de medio mundo.

Aquí, en la Villa, disfrutamos de ella en bastantes espacios comunes.

No hace buenas migas con los lugares fríos donde las heladas campan a sus anchas en los crudos inviernos, aunque aquí, en la Villa, no le queda otra y, si el invierno viene fiero, lo aguanta.

Pienso que ya se ha amoldado.

Del sol, en cambio, es íntima amiga y, si éste es generoso, se pone que da gusto verla, llena de flores con las que lo obsequia cada amanecer. 

Aunque, todo hay que decirlo, la semisombra tampoco le desagrada.

No es exigente ni gastosa. Se conforma con poca agua y no pide exquisiteces al terreno: le basta con que esté bien drenado para que las raíces no se “ahoguen”, no se pudran.

Además, estas dos Polígalas vienen a hacer guardia al Santísimo, a Jesús Sacramentado, que se encuentra en las Hostias incorruptas en el Sagrario-relicario, bajo la especie de pan, (a pesar de haber permanecido durante toda la contienda fratricida bajo una baldosa, en la habitación de Manuel), al otro lado de la pared, en la capilla de la Comunión.

Y así, en esta pequeña placeta, donde antes mandaban los coches y hoy florecen los maceteros, se han dado cita —sin alharacas— la historia, la fe y la gratitud.

Poca cosa, dirán algunos.

Y, sin embargo, ahí permanece todo.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

17.4.2026 Viernes (C. 2.531)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

(1) Por acuerdo de los partidos PP y VOX en las pasadas elecciones, un miembro  de cada uno de ellos ostentaría el servicio de Alcalde durante dos años.

(2) Don Manuel Gil, he oído, era el sacristán de la parroquia de Santa Catalina en aquellos tiempos en que la gente de la política, a mí modo de ver, todo lo hacía rematadamente mal, como aquella ley inicua que perseguía acabar con la fe cristiana de toda la nación.

Dicha ley mandaba deshacerse de todo símbolo religioso e, incluso, pasar por las armas a aquellos que no lo llevaran a cabo. Y cuando el 22 de julio de 1936, exaltados escopeteros, comenzaron a prender fuego a los lugares de culto existentes en la Villa y en plaza pública todo elemento religioso o que oliera a tal, el bueno y gran Manuel Gil, ayudado por un cuñado apostado en lugar apto para darle el "queo" cuando llegaran los antes dichos escopeteros, procedió a sacar de la Parroquia los archivos con noticias de las gentes del lugar desde el siglo XV o desde antes  y elementos del culto entre los que se encontraban las Sagradas formas a las que protegió enterrándolas bajo una baldosa de su habitación matrimonial donde no dejó de lucir una lamparita con aceite del lugar en todo el tiempo hasta que fueron sacadas. Las formas no consagradas se pudrieron con la humedad. Las consagradas no se pudrieron ni desmoronaron y ahí siguen 90 años después.

Manuel Gil, jugándose el tipo, salvó la NOTICIA HISTÓRICA DE TODA UNA VILLA AL SALVAR EL ARCHIVO PARROQUIAL.

Una vecina, la tía de Joaquina Lucas, también tuvo el arrojo de salvar muchos de los elementos de culto que ocultó en el hueco de una escalera que luego tabicó y en cuya pared resultante, suspendió cacerotas estrévedes y sartenes.

jueves, 16 de abril de 2026

Alcázar y Serrano.

ESTAMPA CAUDETANA.

ALCÁZAR Y SERRANO

Como cada tarde, caminé para cumplir con mi cometido en la parroquia de Santa Catalina.

Iba algo apretado de tiempo y me vi en la necesidad de acortar mi tradicional paseo, porque aunque en esta Real Villa de Caudete el inicio de cualquier actividad suele beneficiarse de un margen de cortesía, no ocurre lo mismo cuando se trata de la celebración de los oficios litúrgicos.

La puntualidad es la norma.

Así que opté por meterme por la calle que discurre en paralelo al colegio Alcázar y Serrano.

“Llegué al humo de las velas”… o, como dice aquel otro aforismo, “me quedé a dos velas”.

Al llegar al espacio diáfano donde se encuentran los campos de deportes del citado colegio, todo estaba en calma.

Ningún niño aparecía ni correteaba dando patadas a un balón.

La jornada escolar había terminado y los niños ya se encontraban en sus respectivas casas.

Ni un alma había allí. La paz era la tónica.

Únicamente permanecía un hombre —pintor— que acababa de concluir su trabajo: 

había llenado uno de los paños de pared de los edificios donde se ubican las aulas con el nombre del colegio: 

ALCÁZAR Y SERRANO.

En ese mismo instante daba por terminada su obra. Lo vi recogiendo los útiles de los que se había servido.

Como su trabajo quedaba prendido a la pared, él, sacando su telefonillo, tomó una fotografía de su obra recién acabada.

Yo también la tomé, y hoy la empleo para que te lleve mi saludo.

Destacaba con fuerza sobre el blanco que daba uniformidad a todo el muro.

El pintor no había escatimado color, y su obra resaltaba con claridad. Seguro que llamará la atención de quien la contemple, como me la llamó a mí al pasar.

Esta Villa de Caudete cuenta con cuatro centros educativos; uno de ellos es el CEIP Alcázar y Serrano.

Este colegio toma su nombre de dos maestros históricos que ejercieron su labor educativa en la localidad:

Aurelio Ruiz Alcázar

Cecilia Serrano

Fueron víctimas de la Guerra Civil española (1936–1939), según recoge Caudete Digital.

La Villa, agradecida a su labor admirable, quiso inmortalizarlos dando su nombre a este colegio, uno de los actuales, que se alza entre las avenidas de la Virgen de Gracia y de las Jornetas.

De ahí que, cuando alguien menciona “Alcázar y Serrano” en Caudete, se esté refiriendo al colegio y no, en el uso cotidiano, a aquellos eminentes servidores públicos de la enseñanza en tiempos convulsos.

Y, sin embargo, ahí permanecen ambos, juntos, dando nombre y color a uno de los muros que miran a los campos de deporte.

Y allí quedan, escritos para quien quiera leerlos, como si cada letra pronunciara en silencio una verdad sencilla: 

que enseñar, en cualquier tiempo, es siempre sembrar futuro.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

16.4.2026. JUEVES. (C.2.530).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.