miércoles, 8 de abril de 2026

El azahar.

ESTAMPA CAUDETANA

EL AZAHAR.

Puede que al leer el título de la estampa de hoy, El azahar, alguien se extrañe de que le dedique estas letras en un pueblo como Caudete, donde los inviernos no suelen ser precisamente suaves.

Pero no debe extrañar, porque en algunos rincones resguardados, como el jardín del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura, sobreviven algunos cítricos, sobre todo limoneros, desafiando los fríos y esperando pacientemente la llegada de la primavera.

Desde hace unos días yo también puedo disfrutar de ese pequeño milagro: la primera flor —de momento única, aunque confío en que no será la última— de un joven limonero que hace poco dejé libre de su tiesto para que echara sus raíces directamente en la tierra.

Es el que preside hoy estas sencillas letricas.

¡Quién sabe si algún día la inventiva humana logrará no solo transportar palabras e imágenes de un lugar a otro, sino también los aromas! 

Poder mandar, junto a estas líneas, la fragancia limpia y suave de este azahar sería el complemento perfecto de esta estampa.

De momento no es posible. Así que tendrás que conformarte con saber que yo sí he tenido el privilegio de aspirar ese perfume delicado que regala esta humilde flor blanca, recién llegada a su nuevo hogar en el gran corralón del convento de San José, (el Carmen).

Este plantón vino desde Madrid, traído con cariño por una religiosa de las Hermanas de la Virgen del Monte Carmelo, las mismas que desde hace más de un siglo cuidan a nuestros mayores en la residencia de Caudete.

No vino solo. Con él llegaron también otros dos limoneros y una higuera.

Uno de los limoneros no resistió el paso del tiempo. El otro decidí sacarlo a que respirara el aire del amplio corralón conventual y, sobre todo, a que se encontrara cara a cara con el sol, que es el mejor médico de las plantas.

De la higuera hablaré mañana. Aunque quizá recuerdes que algo conté de ella la pasada primavera, cuando la cambié desde su rincón del claustro —el llamado rincón de Rita— hasta el alcorque que le preparé en el patio.

Un día apareció por el convento Antonio, al que todos conocen como "Tarzán", y al ver aquellos plantones no pudo evitar meterles mano con su arte de injertador. 

Y ahí siguen, luchando por merecer la vida.

Este limonero también ha tenido sus pruebas. Durante un tiempo sufrió el ataque persistente de las cochinillas que lo cubrieron entero, tronco y hojas, como si quisieran arrebatarle la vida poco a poco.

Pero no pudieron con él.

Armado con paciencia, un cepillo, jabón de fregar platos y un poco de vinagre de vino blanco, fui limpiando hoja por hoja, rama por rama, expulsando a aquellos incómodos inquilinos.

Y hoy, como agradecimiento quizá, me ha regalado su primera flor.

Hoy te lleva mi saludo el azahar.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

08.04.2026 MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA. (C. 2.521).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

martes, 7 de abril de 2026

No es rencoroso.

ESTAMPA CAUDETANA

NO ES RENCOROSO

No guarda rencor el Hibiscus syriacus que crece silencioso en el parterre de la Avenida de la Virgen de Gracia, pegado a la tapia que protege la huerta callada del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura.

Ya quedó atrán la Semana Santa que, en esta Real Villa de Caudete, tanta atención y celebración aglutina.

Ya la primavera camina ligera en volandas del tiempo.

Ya va mereciendo. Ya hace mover la foresta.

Ya las yemas se van abriendo y, al hacerlo, dejan salir hojitas nuevas de un verde tiernecico o, en su caso, como en el árbol del Amor, sus florecicas, para tejer primorosos vestidos, vestidos de estación, no de pasarela.

Y, el Hibiscus, ¡mírsle! reventando en vida por cada una de dus yemitas. 

Está planta, en otras ocasiones me ha servido para mandarte mi saludo mañanero, porque tiene la rara habilidad de sacarse de sí misma unas flores hermosas, de ese color azul violáceo que recuerda a los cielos limpios después del viento, cuando no queda ni rastro de nubes.

El año pasado dio ejemplo de constancia. Durante dos meses fue creciendo sin hacer ruido, levantando sus varas verdes como quien se pone de puntillas para ver mejor la vida. 

Llegó a alzarlas más de medio metro, todas rematadas por capullos que prometían un estallido de belleza de un día para otro.

Pero entonces llegó la tijera.

Una tijera quizás bien intencionada, pero poco observadora, que hizo con la planta lo mismo que hacen con los reclutas recién llegados al cuartel: 

llegan con sus melenas cuidadas y sus rizos presumidos y, antes de aprender a desfilar, ya les han pasado la máquina dejándolos pelados, iguales y relucientes.

Así quedó también el pobre Hibiscus, con todas sus ilusiones cortadas de raíz justo cuando estaban a punto de florecer.

Y, sin embargo, no guarda rencor.

Ha vuelto este año a intentarlo.

Vuelve a levantar sus tallos, vuelve a preparar sus capullos, vuelve a apostar por la belleza como si nada hubiera pasado.

Ojalá esta vez la tijera sepa esperar su momento y respete su calendario. 

Ojalá pueda regalarnos sus flores y alegrar el paseo de quienes suben y bajan la avenida, porque a veces también las plantas hacen más amable la vida de un pueblo.

Y este hibisco, sin duda, es una de ellas.


Recibe mi saludo


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

7.4.2026 MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA. (C.2.520).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

lunes, 6 de abril de 2026

Procesión del Encuentro.

ESTAMPA CAUDETANA 

PROCESIÓN DEL ENCUENTRO.

No sé desde cuándo arranca la manifestación festiva y popular del Encuentro de Jesús Resucitado, presente realmente en la custodia y en la imagen sagrada de la Virgen del Rosario.

El hecho está ahí, cada año: con la llegada del Domingo de Pascua tiene lugar en la Plaza de la Iglesia.

El sol se portó… ¡vaya si se portó! Despertó el día con una claridad que era para vivirla, no para contarla. 

Parecía dispuesto a iluminar todo para que a su Creador, a quien celebrábamos resucitado de entre los muertos, no le faltara nada al salir de la penumbra de la parroquia de Santa Catalina hacia la despejada plaza.

Todo estaba quieto. Ni una brizna de aire se movía. 

Entre la multitud que llenaba la plaza, algunos mostraban más piel de la cuenta, calentados por un sol pujante.

La Sagrada Imagen de la Virgen del Rosario salió de la parroquia toda enlutada y descendió procesionando hacia la parte antigua de la Real Villa de Caudete. 

Transitó por la Avenida de Paracuellos de la Vega y dobló hacia la Plaza de la Iglesia por el Callejón de las Campanas.

Luego apareció el Santísimo Sacramento bajo palio, colocado en el lugar establecido desde siempre para esperar la llegada de la Virgen del Rosario.

Al encontrarse, se produjo el momento más entrañable: aquel primer abrazo del Resucitado a quien siempre creyó y esperó, su Madre. 

La Virgen fue despojada del luto riguroso que guardaba por la muerte de su Hijo, y la alegría de ambos se contagió a toda la plaza.

No pude captar este instante con mi teléfono, ya que llegué tarde tras cumplir con mis tareas en la parroquia de San Francisco. Pero lo que vi, lo comparto: seguro que alguien lo habrá subido a las redes para quien quiera disfrutarlo.

El sol, en su cénit, llenaba la plaza y toda la villa de luz y calor. 

Las bandas de música acompañaron a la Virgen del Rosario, precedida por sus cofrades, entonando el Himno Nacional al entrar en el templo.

Igual hizo la banda que acompañaba al Santísimo, que avanzaba bajo palio con los cofrades de La Sacramental.

Pasado el mediodía, el Santísimo regresaba al templo y el sol, muy celoso, dejaba la plaza despejada. 

Al volver a casa, los aromas de pitanzas ricas y dulces recién horneados se mezclaban con el recuerdo de la celebración.

Por la calle Mayor y la del Mercado ya no vi mozos y mozas luciendo ropas nuevas. Un señor mayor, de edad provecta, se me acercó y me dijo:

Alfonso, ¿ya de retirada?

Sí, ya concluyó la Procesión del Encuentro.

¡Cuánto han cambiado los usos con el tiempo! 

Antes, tras la procesión, los jóvenes paseaban por estas calles para conocerse, establecer amistades… que a veces terminaban en noviazgo y boda. Las familias no perdían ojo para ver por dónde iban los tiros.

Sí, señor, aquellos tiempos pasaron y trajeron otros modos. Pero yo me quedo con aquellos, aunque a veces parecíamos caballitos amaneados por la prevención antes de tirar los tejos.

Ayer, día de Pascua, del paso de la muerte a la vida, fue un día grande. Todo acompañaba: un sol espléndido, montones de gente en la calle, fieles y curiosos asistiendo a la escena plástica del reencuentro entre Jesús y su Madre.

La Pascua de Jesús es el lucero que alumbra al ser humano que viaja por este mundo con destino a aquel lugar donde Dios lo espera.


VÍDEO

Recibe mi saludo:


¡¡BUENOS DÍAS!!

6.4.2026 – Lunes de Pascua (C. 2.519)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

domingo, 5 de abril de 2026

Sábado Santo. El día del gran silencio.

ESTAMPA CAUDETANA.

SÁBADO SANTO. EL DÍA DEL GRAN SILENCIO.

La Real Villa de Caudete amaneció ayer de otra manera.

Sin tambores. Sin la carraca de la torre de la parroquia de Santa Catalina, porque el día anterior, cuando la procesión del Santo Entierro echaba a andar, se vino abajo y no emitió ninguno de sus roncos sonidos: se había roto.

Tampoco se necesitaba ya, porque ayer no hubo por las calles procesiones con cofrades y penitentes caminando a paso lento.

Como si la Villa entera hubiera comprendido que ese día no tocaba hablar, sino esperar.

Después del dolor del Viernes Santo, todo parecía haberse detenido.

Las puertas de los templos permanecían abiertas, pero el ambiente era distinto. 

No había flores estrenadas ni imágenes en procesión.

Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia guarda silencio. 

Ese silencio denso que no es vacío, sino esperanza.

Es el silencio de la tierra antes de la primavera.

El silencio de la semilla antes de brotar.

El silencio de Dios antes del milagro.

Un lugareño me decía, mediado el día de ayer, que aquí, en Caudete, el Sábado Santo, siempre ha sido un día raro.

—¿Por qué razón? —le pregunté.

—Porque más que ruido exterior,  la cosa va por dentro.

Como si el corazón de cada uno fuera el sepulcro alumbrado por la velica de la esperanza de sentir a Cristo resucitar.

Pero, como aconteciera entonces, mientras todo parecía terminado, una Madre, María, siguió creyendo.

María sostiene nuestra fe como sostuvo la que perdieron los discípulos.

Y es que así aconteció: cuando los discípulos dudan, cuando el miedo aparece como una niebla espesa, Ella simplemente espera.

Sin entenderlo todo (lo guardaba todo en su corazón Lc.2,19-200). Sin pedir explicaciones. Simplemente creyendo.

Quizá por eso el Sábado Santo es también el día de las personas sencillas. De los que saben esperar. De los que siguen rezando aunque no vean resultados. 

De los que permanecen cuando otros se marchan.

La noche cayó y la oscuridad volvió a cubrir las calles de la Villa.

Pero esta vez no fue como la del Viernes. Anoche hubo luz, mejor dicho, luminaria. En los centros de culto se celebró el triunfo, la promesa cumplida. Jesús resucitó.

Porque cuando todo parece acabado…

Dios siempre está empezando algo nuevo.

Y la Villa de Caudete, en silencio, esperó y lo recibió en cada una de las liturgias celebradas en ella.

La luz de la Pascua de Cristo hizo de la noche día. Y esa luz es la que genera Aquel que es simbolizado por el Cirio Pascual prendido en el fuego bendecido, Sagrado.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!


Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

5.4.2026 DOMINGO DE RESURRECCIÓN. (C.2.518).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

Semana Santa en Caudete.

 SEMANA SANTA EN CAUDETE

sábado, 4 de abril de 2026

Viernes Santo. Cuando Caudete reza en silencio.

ESTAMPA CAUDETANA.

VIERNES SANTO. CUANDO CAUDETE REZA EN SILENCIO.

Hoy es Sábado Santo. Hoy la Iglesia enmudece. 

Su Cabeza, Cristo, fue colocada sobre la fría losa de un sepulcro.

Pero no está muerto, porque vive en el corazón de su esperanzada Madre.  Son los latidos del cirazón de la Madre los que le mantienen vivo, como vivo lo tuvo en sus purísimas entrañas.

Dentro de poco nos lo volverá a dar cuando se separen del abrazo en el que se fundirán los dos al despertar el día de mañana.

Mientras tanto, esperamos con Ella, acompañando a la que nos entregó Él por  Madre desde lo alto de la Cruz: a su Madre.

Hay un día en el año en que LA Real Villa de Caudete habla menos y siente más. 

Un día en que hasta el aire parece caminar de puntillas por las calles de la Villa. 

Ese día es el Viernes Santo.

No hace falta que nadie lo anuncie. Se nota en la luz, en el paso más lento de la gente, en ese respeto callado que parece envolverlo todo.

Amanece distinto.

Amanece como si el mismo cielo quisiera acompañar el luto de la tierra.

Sí, Amaneció el Viernes Santo en Caudete con esa luz distinta que tienen los días grandes, aunque sean días de luto. No era un amanecer alegre. Era una claridad serena, como si el mismo cielo supiera que aquel no era un día cualquiera.

Y no lo era, porque toda la Real Villa estaba convocada al piadoso ejercicio del Vía Crucis.

El pueblo caminaba más despacio. El calendario señalaba una jornada marcada por la memoria más profunda del cristianismo: la Pasión y Muerte de Cristo.

Por la mañana, los pasos volvieron a salir a la calle. Era la procesión de ellos, de Los Pasos.

Las imágenes, que son catequesis en madera tallada, recorrieron las calles recordando las últimas horas de Cristo.

Los nazarenos y los cofrades, con su caminar pausado, parecían marcar el ritmo del corazón del pueblo.

No había muchos niños esperando, pero sí procesionando. Uno de ellos, cerca de mí, preguntaba a su papá, y éste hacía de catequista.

Y así, de generación en generación, Caudete sigue contando la misma historia sin necesidad de libros.

La historia del que murió perdonando: Jesús.

Marino y María José, su esposa, instalados en la antigua Sala del Concejo Municipal —la que sostienen sobre sí los arcos de la Lonja— iban desgranando las estaciones del piadoso ejercicio, rememorando aquel acontecer de Cristo mientras se encaminaba al Calvario.

Los altavoces instalados en puntos clave de la Villa dejaban oír sus voces cálidas y pausadas, que se introducían suavemente por los oídos y, por su maravilloso mecanismo (tímpano, martillo, yunque, lenticular y estribo), subían al cerebro y bajaban al corazón.

Muchos lo seguían desde sus casas; otros lo hacíamos en plena calle o plaza.

En la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, los termómetros digitales marcaban 13°. No se movía ni una chispa de aire, lo que imponía una sensación muy agradable en el lugar donde bastantes fieles esperaban el paso de las sagradas imágenes.

Todo lo contrario de lo que aconteciera unas horas antes, durante el desarrollo de la Procesión del Silencio en la noche anterior.

Ayer no. Ayer la espera a que pasaran las imágenes —Oración del Huerto, Cristo de la Columna, la Mujer Verónica, Cristo de la Agonía, Nuestra Señora Dolorosa y Virgen de la Piedad, Cristo de la Caída y Cristo de la Juventud— no fue dolorosa ni hizo las veces de un cilicio.

Habían salido de Santa Catalina a las 7:30 horas y, a las nueve, llegaban a la Plaza de Nuestra Señora del Carmen.

Y, siendo las 9:35 horas, desaparecía la comitiva procesional por la calle Mayor adelante, en busca de rendir manifestación piadoso-catequética en la parroquia de la que salió.

Cada vez que Marino o su señora comenzaban el relato y rezo de una estación, toda la procesión hacía alto y las bandas de música y de tambores enmudecían.

En lugares ya convenidos de antemano tuvieron lugar dos encuentros:

En la Lonja, la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia con la Virgen de los Dolores; y, en la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, el encuentro del Cristo de la Caída con la Mujer Verónica.

El Sr. cura párroco, P. Luis Torres Pérez, carmelita, revestido con alba, estola y capa, presidía la procesión.

El Vía Crucis matutino abrió la puerta al Viernes Santo, durante el cual, y en horario distinto, se iba a celebrar la liturgia de la Pasión y Muerte del Señor en los distintos lugares de culto.

Pero si la mañana tuvo su solemnidad, es la tarde del Viernes Santo la que pesa en el alma.

Con la puesta en marcha de la Procesión del Santo Entierro a las 20,30 horas, el pueblo entero parece convertirse en templo.

Las luces se atenúan, la marcha se vuelve más grave y el silencio adquiere un protagonismo que impresiona.

No es un silencio vacío. Es un silencio lleno de significado.

Silencio de oración.

Silencio de respeto.

Silencio de tradición.

El Cristo yacente pasa en su urna iluminada lentamente, mientras muchos bajan la mirada.

No hace falta decir nada.

Cada cual lleva su propio Viernes Santo, su procesión, por dentro.

Delante, la Virgen de la Amargura, acompañada por ese llanto contenido que no necesita lágrimas visibles, avanza mientras  reza el rosario.

Y así, paso a paso, la Villa de Caudete revive un año más el misterio del dolor… pero también de la esperanza. Y el pueblo lo sabe.

El Viernes Santo le recuerda:

La crucifixión y muerte de Jesucristo.

La adoración de la Cruz.

El silencio y la esperanza en la Resurrección.

Es, por tanto, el día más austero y sobrecogedor de la Semana Santa.

Pero nunca tiene la última palabra.

La última palabra… siempre la tiene la Vida. Y Jesús la retomará, resucitando por el poder de su Espíritu, en la madrugada del domingo.

Y mientras la noche cae sobre la Real Villa, las calles quedan otra vez en calma, como esperando la luz del día para ir a estar y consolar a la Madre, a María, por la pérdida tan sensible, por la muerte de Jesús, su Hijo. Y, junticos, esperar en silencio la madrugada del domingo que traerá la Buena Noticia:

La Pascua de Jesús, su paso de la muerte a la vida.

Y, sí, la Villa de Caudete vela, hasta ese momento, con María.

En silencio.

Con esperanza.

Con fe.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

4.4.2026. SÁBADO SANTO. (C. 2.517).

P. Alfonso Herrera Carmelita.