ESTAMPA CAUDETANA.
EL GOZO DEL ABUELO.
Esta mañanica, al volver de mi quehacer litúrgico-sacramental en la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura, me los encontré.
Al acercarme, el parquecico que cierra el paseo Luis Golf de esta Real Villa se encontraba desierto.
La gente menudica de la Villa ya estaba, desde hacía un rato, en las aulas de sus respectivas escuelas.
A lo lejos, desde la calle Dos de Mayo, parecía un fantasma, solo y triste, abandonado.
Eso sí, guapo, guapo, lo que se dice guapo..., hasta los topes.
¡Qué suerte tienen los ñacos! ¡Qué bien los cuida el Concejo Municipal! ¡Cómo se preocupa por ellos!, pensaba yo mientras me acercaba.
Pero tenía un fallo. Faltaban los ñacos de la Villa correteando, subiendo y bajando, columpiándose..., armando barullo mientras disfrutaban jugando al corre que te pillo por entre los artilugios en él instalados por el Ilustrísimo Ayuntamiento.
Pero no se adecuaba a la realidad. Estaba engañado. Porque, caminando a la vera del parquecico, se encontraban ellos.
Una niñica y su abuelo. Un tobogán me los ocultaba mientras me iba aproximando.
Primero, las risitas y los griticos de la nena me hicieron percibir que el parque no estaba solo. Que en él había alguien.
Los descubrí cuando llegué a su altura: un hombre, no muy mayor, pero ya abuelo, y una niñica, presumiblemente su nietecica.
El hombre se lo estaba pasando fenomenal al tiempo que entretenía a la niña. Y ella, la niña, a su vez, le insuflaba su propia alegría y contento.
No lo podía disimular. No es que viera correr ramblas de babas comisuras de los labios abajo del buen hombre. ¡Qué va! Pero sí un semblante que despedía gozo y felicidad.
Ese gozo y esa felicidad que genera y otorga un trabajo fruidificante como no hay otro para un abuelo, cual es el de suplir a sus padres que, con toda seguridad, andarían en el tajo, cuidando de una preciosa criatura: su nietecita.
Te digo que me paré delante de ellos. Y te digo que disfruté grandemente viendo la alegría y el gozo generados por dos seres que se lo estaban pasando en grande.
Quise grabarles en vídeo desde detrás de la niña. Pero ella, vivaracha, yo diría que hecha un torbellino, se tiró del columpio lanzando sus bracitos hacia el abuelo para no darse de bruces contra el acolchado suelo del parquecico y salió corriendo, como un gazapo, para ir a introducirse en el avión de juguete.
¡Vamos!, que empecé bien el día disfrutando contemplando una película cuyo director es la vida: la vida en sus inicios, la de la niña, y la vida en su segmento placentero, la del abuelo.
Me miré y me dije: no importan tus muchos años; lo verdaderamente importante es vivirlos con gozo y alegría.
Y seguí mi camino cuando, desde la torre de la parroquia de Iglesia de Santa Catalina, se dejaba caer un mensaje fúnebre: ton - ton - ton.
Un hombre, un paisano, había fallecido.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
19.5.2026. Martes. (C. 2.558).
P Alfonso Herrera. Carmelita.