ESTAMPA CAUDETANA.
87 AÑOS.
El pasado viernes, día 17 de los corrientes, te daba noticias, una vez más, de ese milagro constante y continuado.
No me refiero a las Eucaristías que celebramos diariamente, que manifiestan a las claras el cumplimiento de aquellas palabras de Jesús al hacerse compañero de camino:
«Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Me refiero, más concretamente, a aquellas Hostias Consagradas que, el día 22 de julio de 1936, por iniciativa del sacristán de entonces, Manuel Gil Pérez, fueron ocultadas debajo de una de las losas de su habitación matrimonial, donde permanecieron durante todo el tiempo que duró la contienda.
En aquella estancia siempre hubo una lamparilla encendida, por expreso deseo del sacristán.
El día 1 de abril de 1939, desde Burgos, el general Francisco Franco Bahamonde daba a conocer el final de la guerra fratricida.
Habrían de pasar veintiún días para que, en esta villa de Caudete, tuviera lugar el desenterramiento —la exhumación— de aquellas Formas Consagradas.
Constituyó todo un acontecimiento para el pueblo, del que dio fe un notario,
procediéndose a su traslado a la parroquia de Santa Catalina.
Era el día 22 de abril de 1939.
Han pasado ya ochenta y siete años de aquel hecho que sigue concitando la atención de las gentes del lugar y que, promovido por la Cofradía de la Sacramental, se nos venía anunciando desde el domingo precedente.
Así, en el día de ayer, 22 de abril, fueron expuestas para la adoración del Santísimo Sacramento: Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, presente en esas Hostias que permanecen incorruptas desde aquellos comienzos de la guerra civil hasta hoy.
Se conservan en un joyero, sobre el Sagrario, en la capilla de la Comunión de la parroquia de Santa Catalina.
Es un milagro, una gracia sostenida por la voluntad de Dios.
Unas simples obleas de pan ácimo no habrían resistido ni las humedades del suelo donde estuvieron ocultas —como sí ocurrió con las que no estaban consagradas—, ni el paso de tantos años sin reducirse a polvo.
No, no nos hace falta ir a Bolzano, en el norte de Italia, o acercarnos hasta el cercano pueblo alicantino de Onil, para caer de rodillas ante el misterio de un Dios que se nos hace cercano, tan cercano que se nos ofrece como alimento:
«Yo soy el pan de vida. El que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,35-59).
Bueno será que no nos ocurra como a los discípulos de Emaús, que caminaron con Él sin reconocerlo.
Bueno será que nos acerquemos a Él en la capilla de la Comunión de Santa Catalina y lo tengamos, de verdad, como compañero de camino, no siempre fácil, por este mundo.
No lo olvidemos:
¡nos espera!
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
23.4.2026. JUEVES. (C. 2.537).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.