ESTAMPA CAUDETANA.
VIERNES SANTO. CUANDO CAUDETE REZA EN SILENCIO.
Hoy es Sábado Santo. Hoy la Iglesia enmudece.
Su Cabeza, Cristo, fue colocada sobre la fría losa de un sepulcro.
Pero no está muerto, porque vive en el corazón de su esperanzada Madre. Son los latidos del cirazón de la Madre los que le mantienen vivo, como vivo lo tuvo en sus purísimas entrañas.
Dentro de poco nos lo volverá a dar cuando se separen del abrazo en el que se fundirán los dos al despertar el día de mañana.
Mientras tanto, esperamos con Ella, acompañando a la que nos entregó Él por Madre desde lo alto de la Cruz: a su Madre.
Hay un día en el año en que LA Real Villa de Caudete habla menos y siente más.
Un día en que hasta el aire parece caminar de puntillas por las calles de la Villa.
Ese día es el Viernes Santo.
No hace falta que nadie lo anuncie. Se nota en la luz, en el paso más lento de la gente, en ese respeto callado que parece envolverlo todo.
Amanece distinto.
Amanece como si el mismo cielo quisiera acompañar el luto de la tierra.
Sí, Amaneció el Viernes Santo en Caudete con esa luz distinta que tienen los días grandes, aunque sean días de luto. No era un amanecer alegre. Era una claridad serena, como si el mismo cielo supiera que aquel no era un día cualquiera.
Y no lo era, porque toda la Real Villa estaba convocada al piadoso ejercicio del Vía Crucis.
El pueblo caminaba más despacio. El calendario señalaba una jornada marcada por la memoria más profunda del cristianismo: la Pasión y Muerte de Cristo.
Por la mañana, los pasos volvieron a salir a la calle. Era la procesión de ellos, de Los Pasos.
Las imágenes, que son catequesis en madera tallada, recorrieron las calles recordando las últimas horas de Cristo.
Los nazarenos y los cofrades, con su caminar pausado, parecían marcar el ritmo del corazón del pueblo.
No había muchos niños esperando, pero sí procesionando. Uno de ellos, cerca de mí, preguntaba a su papá, y éste hacía de catequista.
Y así, de generación en generación, Caudete sigue contando la misma historia sin necesidad de libros.
La historia del que murió perdonando: Jesús.
Marino y María José, su esposa, instalados en la antigua Sala del Concejo Municipal —la que sostienen sobre sí los arcos de la Lonja— iban desgranando las estaciones del piadoso ejercicio, rememorando aquel acontecer de Cristo mientras se encaminaba al Calvario.
Los altavoces instalados en puntos clave de la Villa dejaban oír sus voces cálidas y pausadas, que se introducían suavemente por los oídos y, por su maravilloso mecanismo (tímpano, martillo, yunque, lenticular y estribo), subían al cerebro y bajaban al corazón.
Muchos lo seguían desde sus casas; otros lo hacíamos en plena calle o plaza.
En la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, los termómetros digitales marcaban 13°. No se movía ni una chispa de aire, lo que imponía una sensación muy agradable en el lugar donde bastantes fieles esperaban el paso de las sagradas imágenes.
Todo lo contrario de lo que aconteciera unas horas antes, durante el desarrollo de la Procesión del Silencio en la noche anterior.
Ayer no. Ayer la espera a que pasaran las imágenes —Oración del Huerto, Cristo de la Columna, la Mujer Verónica, Cristo de la Agonía, Nuestra Señora Dolorosa y Virgen de la Piedad, Cristo de la Caída y Cristo de la Juventud— no fue dolorosa ni hizo las veces de un cilicio.
Habían salido de Santa Catalina a las 7:30 horas y, a las nueve, llegaban a la Plaza de Nuestra Señora del Carmen.
Y, siendo las 9:35 horas, desaparecía la comitiva procesional por la calle Mayor adelante, en busca de rendir manifestación piadoso-catequética en la parroquia de la que salió.
Cada vez que Marino o su señora comenzaban el relato y rezo de una estación, toda la procesión hacía alto y las bandas de música y de tambores enmudecían.
En lugares ya convenidos de antemano tuvieron lugar dos encuentros:
En la Lonja, la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Gran Misericordia con la Virgen de los Dolores; y, en la Plaza de Nuestra Señora del Carmen, el encuentro del Cristo de la Caída con la Mujer Verónica.
El Sr. cura párroco, P. Luis Torres Pérez, carmelita, revestido con alba, estola y capa, presidía la procesión.
El Vía Crucis matutino abrió la puerta al Viernes Santo, durante el cual, y en horario distinto, se iba a celebrar la liturgia de la Pasión y Muerte del Señor en los distintos lugares de culto.
Pero si la mañana tuvo su solemnidad, es la tarde del Viernes Santo la que pesa en el alma.Con la puesta en marcha de la Procesión del Santo Entierro a las 20,30 horas, el pueblo entero parece convertirse en templo.
Las luces se atenúan, la marcha se vuelve más grave y el silencio adquiere un protagonismo que impresiona.
No es un silencio vacío. Es un silencio lleno de significado.
Silencio de oración.
Silencio de respeto.
Silencio de tradición.
El Cristo yacente pasa en su urna iluminada lentamente, mientras muchos bajan la mirada.
No hace falta decir nada.
Cada cual lleva su propio Viernes Santo, su procesión, por dentro.
Delante, la Virgen de la Amargura, acompañada por ese llanto contenido que no necesita lágrimas visibles, avanza mientras reza el rosario.
Y así, paso a paso, la Villa de Caudete revive un año más el misterio del dolor… pero también de la esperanza. Y el pueblo lo sabe.
El Viernes Santo le recuerda:
La crucifixión y muerte de Jesucristo.
La adoración de la Cruz.
El silencio y la esperanza en la Resurrección.
Es, por tanto, el día más austero y sobrecogedor de la Semana Santa.
Pero nunca tiene la última palabra.
La última palabra… siempre la tiene la Vida. Y Jesús la retomará, resucitando por el poder de su Espíritu, en la madrugada del domingo.
Y mientras la noche cae sobre la Real Villa, las calles quedan otra vez en calma, como esperando la luz del día para ir a estar y consolar a la Madre, a María, por la pérdida tan sensible, por la muerte de Jesús, su Hijo. Y, junticos, esperar en silencio la madrugada del domingo que traerá la Buena Noticia:
La Pascua de Jesús, su paso de la muerte a la vida.
Y, sí, la Villa de Caudete vela, hasta ese momento, con María.
En silencio.
Con esperanza.
Con fe.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
4.4.2026. SÁBADO SANTO. (C. 2.517).
P. Alfonso Herrera Carmelita.