ESTAMPA CAUDETANA.
LA CLASE PRÁCTICA.
Carolina e Inge, dos buenos ejemplares australianos de mujeres tocadas por el vate de la pintura, desplegaron los pinceles, los cachivaches con agua y su tabla de pigmentos sobre una mesa que cubría su símbolo nacional australiano y, sobre la teresa superficie de un papel, comenzaron a obrar el milagro.
En torno a ellas, un montón de gentes de aquí y de por ahí fuera, formando un semicírculo, o subidos al estrado, seguían atentamente cada uno de sus movimientos.
Sin titubear, sus dedos iban a por el pincel adecuado para cada una de las pinceladas.
El agua, tintada por la pintura, era llevada por la mano de la pintora al papel, donde, con trazo firme y seguro, dejaba el rastro visible de un proyecto previamente pensado.
Alumnos de la Escuela de Arte de la Villa y muchos otros venidos de fuera e, incluso, de más allá de nuestras fronteras tomaban nota y, algunos, tomaban también noticia directa con la cámara de su telefonillo.
Luego, cuando Carolina e Inge terminaron sus obras y las mostraron a la concurrencia, esta prorrumpió en un sonoro e intenso aplauso.
Después quedaron expuestas en sendos caballetes para el disfrute tranquilo y sin prisas de pintores consagrados o en ciernes, o simplemente para saciar la curiosidad del público asistente.
La organización, mientras se preparaba el grupo musical que habría de ambientar la jornada, ofreció café y bizcocho a la concurrencia.
Después, todos fueron invitados a participar en una actividad de pintura colectiva en varias mesas repartidas por el claustro. Allí, los pintores australianos dirigían la actividad y recibían notas y saludos de los distintos participantes, cuyas obras iban colgando en las paredes claustrales.
Yo también envié a mi elegido, Richard Tiejun Chao, que, por un problema familiar, no ha podido venir a Caudete.
De toda la exposición me gustó de modo especial la cabeza de un aborigen australiano.
Una cabeza que no le fue cercenada a su modelo por un cazador de recompensas —cinco libras esterlinas era el precio que, según se cuenta, llegó a pagarse por una cabeza aborigen—, práctica bárbara que se prolongó en Australia hasta bien entrado el siglo XX.
Y al contemplarla, mi pensamiento se fue directamente hasta su autor, Richard, a quien quise hacer llegar estas palabras:
“Espero que el problema que te impidió venir a mi Convento situado en la Real Villa de Caudete, España, se te haya solucionado.
Tu obra, el retrato de un aborigen de tu tierra, me llegó al alma.
Todo un recuerdo llenó mi memoria de aquella persecución sádica que padecieron gentes como esa preciosidad que cuelga en las paredes del Convento de San José, el Carmen de Caudete, España.
Un abrazo.
Alfonso Herrera Serrano”.
Con la llegada del mediodía se disolvió la convivencia llevada a cabo en el claustro barroco-toscano del convento de San José, el Carmen.
Se acabó la clase práctica.
Pero quedaron los cuadros, los pinceles, el agua teñida de color y, sobre todo, la memoria de una mañana en la que Australia y Caudete se dieron cita alrededor de una mesa y de un papel en blanco en el vetusto claustro conventual de San José.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
4.10.2026. Domingo. (C. 2.677).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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