ESTAMPA CAUDETANA.
Ya es bonita la palabra con la que se nombra a esta planta de la que surge, como si fuera el periscopio de sí misma, una preciosa flor amarilla a la que se la conoce también con los nombres de crisantemo coronario, margarita amarilla y coronaria (así, CORONARIA, la llamaban antiguamente porque con ella hacían coronas y guirnaldas).
Aunque los señores botánicos la llaman, para entenderse entre ellos, con el nombre de Glebionis coronaria.
Es uno de los muchísimos miembros o especímenes de una de las familias herbáceas más extendidas: la de las Asteraceae. Crece donosa en las zonas mediterráneas. Su ciclo vital solo dura un añico: nace cuando el invierno va perdiendo fuerza y se pone guapa, florece, con la llegada de la primavera. Hoy preside mis letricas.
Estos días de atrás se me ofreció, toda fresca y preciosa, cuando entraba en la avenida de las Jornetas procedente de la avenida de la Libertad, camino de la parroquia de Santa Catalina.
Me detuve para contemplarla y establecí un diálogo silencioso con ella:
—¡Ay, pillina! —le dije—. Te has adelantado. Te has convertido en heraldo, y no precisamente de un señor feudal que vaya a pasar por aquí delante de ti, sino de la primavera; porque de todos es sabido que tú floreces animada por los calorcicos que trae consigo esta estación del año.
Me dio la impresión de que me hizo un mohín con uno de los pétalos de su corola, dándome a entender que la había pescado en una pillería.
En aquel momento, la campana Santa Catalina, la más grande de todas, muy posiblemente comida por la envidia, me gritaba:
—¡A ver qué haces, que se te está esperando en la parroquia!
Me vi en la necesidad de salir pitando, y allí se quedó poniendo su nota bonita en un terreno que, cuando se lleve a término un proyecto urbanístico sobre aquella zona, está llamado a ser acera, pues el asfalto de la calzada se encontraba a pocos centímetros.
Son listísimas. Se aseguran su renacer cuando el invierno siguiente vaya dejando de serlo para dar paso a la primavera, exhalando un suave aroma que hace las delicias de los insectos que aterrizan en sus corolas y se embadurnan a base de bien sus patitas y, como van de flor en flor, a todas las van inseminando.
Por estos pagos no nos las comemos, que yo sepa. Pero los chinos y los japoneses las usan para dar sabor a sus sopas o para rehogarlas. A aquellas gentes no se les escapa ni una.
Cuando la dejaba, Regina, la borrasca que nos viene molestando últimamente, no dejaba de moverla de un lado para otro con uno de sus vientos fríos y molestos; pero a ella, la heraldo de la primavera, no le afectaba para nada.
Total, que allí se quedó, tan tiesa y tan amarilla, anunciando a quien quiera oírla que el invierno ya va de retirada
Ella, LA MIRABELES, te lleva hoy mi saludo, mis
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
9.3.2026. Lunes. (C. 2.492).
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