ME LLAMÓ LA ATENCIÓN
Ayer por la tarde caminaba despacio hacia la parroquia de Santa Catalina para cerrar las liturgias del quinto domingo de Cuaresma.
Como tantas otras tardes, hice un pequeño alto en el corralico de la glorieta de la Cruz.
Allí, frente al monumento, terminé el Rosario que había comenzado al salir del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura.
Después, sentado en mi banco de siempre, ese que ya parece conocer mis silencios y mis rezos, mis ojos contemplaban el monumento.
El día había tenido sabor a primavera. El sol, limpio y joven, parecía estrenar luz y convidar a toda la creación a hacer lo mismo: a renacer, a florecer, a empezar de nuevo. A vestirse de primavera.
A las 18:29, una ligera brisa, quizá último suspiro de la borrasca Therese, cruzaba el corralico como si también quisiera despedirse.
Y fue entonces cuando me llamó la atención un detalle que, para un creyente, no pasa desapercibido.
El sol, antes de marcharse, dejó su luz exactamente sobre el lugar donde estuviera la cabeza del Crucificado. Solo allí. Como un beso de luz. Como una caricia del cielo.
La Madre, a los pies de la Cruz, quedaba en una penumbra respetuosa, como si hasta la misma luz quisiera guardar silencio ante su dolor.
Todo duró apenas unos instantes. Pero hay instantes que dicen mucho más que largos discursos.
Me apresuré a sacar el teléfono y guardar aquella imagen. No por la fotografía en sí, sino por lo que aquel momento me decía por dentro.
Porque estos días la Iglesia nos llevan, precisamente, ahí: a contemplar a Cristo en la Cruz. A mirar ese Amor que no se guardó nada. A entender que los brazos abiertos de Jesús siguen abiertos para todos.
Y pensé que tal vez aquel rayo de sol no era más que un sencillo recordatorio: La Cruz no es el final. Es el comienzo de la luz.
Cuando el sol terminó de esconderse y el monumento quedó envuelto en la paz del atardecer, continué mi camino. Iba a celebrar ese mismo misterio en la Eucaristía: la muerte y la vida, la entrega y la esperanza, el silencio y la Resurrección que ya se acerca.
Porque Dios, a veces, habla muy quedo:
En un rayo de sol.
En un banco solitario.
En una tarde cualquiera.
En una cruz desnuda a la que hay que mirar no como objeto de dolor, sino como objeto de amor.
Y sólo hace falta parar un poco… para darse cuenta.
Recibe mi saludo, mis
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
23.3.2026. Lunes. (C. 2.505).
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