ESTAMPA CAUDETANA
LA TAMBORRADA XXI
La noche había caído sobre Caudete. No una noche cualquiera, sino esa noche especial del Martes Santo en la que el aire parece distinto, como si supiera lo que está a punto de suceder.
Como estaba previsto, y así se anunciaba en la revista de Semana Santa de esta Real Villa de Caudete, a las 21:30 horas tendría lugar la concentración de las distintas bandas de tamborileros en la Plaza de la Iglesia.
Poco a poco fueron llegando. Primero unos pocos, casi en silencio. Después grupos más numerosos que, como el que subía por la calle del Molino, ya venían haciendo ruido.
Niños que apenas podían sujetar el tambor, jóvenes con ganas de hacerlo sonar y veteranos que ya llevan el compás metido en la sangre.
Todos con el mismo lenguaje: el del tambor.
No fueron tantos como los que dicen que suenan en Hellín, donde se alcanza la cantidad exorbitante de 20.000 tambores y tamboriles a lo largo de los distintos días de la Semana Santa. Pero tiempo al tiempo.
José Antonio Milán, presidente de la Junta de Cofradías y Hermandades de Semana Santa de esta villa, presentó a Asunción Ferri Francés, designada para pronunciar el pregón del evento.
Concluido su discurso, ella misma inició los toques del tambor.
Y comenzó el estruendo.
Un centenar de tambores sonando a la vez no es sólo ruido. Es algo que se siente en el pecho. El suelo vibra. Las fachadas devuelven el eco. Las conversaciones se vuelven imposibles y ya sólo manda el ritmo.
Ratataplán… ratataplán… ratataplán…
Los más pequeños miran a los mayores buscando el compás. Alguno se acelera. Otro se pierde. Pero todos terminan encontrando ese latido común que convierte a muchos en uno solo.
Desde las aceras, los vecinos contemplan la escena. Algunos graban con el móvil. Otros simplemente miran, como quien contempla algo que ya forma parte de su vida.
Hay quien recuerda cuando aquello empezó, hace veintiún años, con apenas unos cuantos tambores. Hoy ya es otra cosa. Hoy suena a tradición que quiere quedarse.
Durante largo rato hicieron sonar las tersas pieles de los tambores los diestros maestros en el arte de sacarles el ton, ton, ton, con su sonido grave y poderoso.
Fue en el año 2005 cuando la villa de Caudete siguió los pasos de otras tres localidades albaceteñas: Hellín, Tobarra y Agramón. Más lejos queda la villa aragonesa de Calanda y alguna otra de la cercana Murcia.
Y cuando por fin llega el momento de parar, queda algo curioso:
El silencio.
Un silencio espeso, casi extraño, como si los oídos no quisieran creer que todo ha terminado.
Los tamborileros se miran, sonríen, comentan la jugada. Algún niño sigue dando golpes sueltos, resistiéndose a que la noche acabe.
Caudete vuelve poco a poco a la calma.
Pero el eco… el eco del tambor… ese tarda mucho más en irse.
Y es que cuando Caudete toca el tambor, no sólo hace ruido.
Hace Semana Santa.
La tamborrada no es sólo ruido. El tambor viene a ser como una llamada a la conversión.
El sonido insistente recuerda esa llamada interior a la penitencia, tan propia del tiempo de Pasión: como un corazón que invita a volver a Dios.
Es también una expresión del dolor por la Pasión de Cristo.
El redoble simboliza:
La angustia de Jesucristo en Getsemaní.
Los golpes de la flagelación.
El dramatismo de las horas previas a la crucifixión.
Por eso el sonido no es alegre como en una fiesta, sino grave y repetitivo.
Es la voz del pueblo. Antiguamente mucha gente no sabía leer ni tenía acceso a los oficios litúrgicos. El tambor era una forma popular de participar en la Pasión: una oración hecha sonido.
Es también el latido de la humanidad. No son pocos los autores espirituales que comparan el tambor con el latido del corazón humano: un pueblo entero "late" recordando el sacrificio de Cristo.
Cuando muchos tambores suenan juntos, desaparecen los ritmos individuales y queda uno solo. Espiritualmente puede interpretarse como:
La comunidad cristiana unida.
La Iglesia caminando junta.
La fe vivida como pueblo.
En pueblos como Caudete, además, tiene ese matiz tan propio de religiosidad popular: no es espectáculo, es participación.
Y cuando el tambor calla…
El silencio recuerda la muerte de Cristo.
Después del estruendo llega el silencio, como ocurrió tras la muerte de Jesucristo en la cruz.
Los Evangelios narran que, tras su muerte, se produjo un gran sobrecogimiento. La tradición popular lo expresa así: primero el clamor del sufrimiento… después el silencio de la muerte.
Invita también a la oración interior.
Mientras suena el tambor, la emoción es exterior. Cuando calla, la vivencia pasa a ser interior.
Es como si el pueblo pasara del ruido exterior al recogimiento del alma.
Ese silencio invita a rezar, aunque nadie diga una palabra.
Simboliza también la espera del Sábado Santo.
Ese parón recuerda el gran silencio litúrgico entre la muerte y la Resurrección: el tiempo de espera, cuando aparentemente todo ha terminado, pero Dios sigue actuando en lo oculto.
Ese silencio invita a encontrarse con la Virgen, con la Madre de Jesús y Madre nuestra, para acompañarla en su dolor, el dolor que causa la muerte de un hijo, de su Hijo y, movidos por la fe, esperar con Ella la Resurrección y asistir atónitos al reencuentro del Hijo con la Madre en la madrugada del primer día de la semana.
Sí, la TAMBORRADA, y luego su silencio, nos llaman a la oración en espera de la Resurrección. Jesús nos lo hizo posible. La casa del Padre se abre con Él.
Recibe mi saludo.¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
1.4.2026 Miércoles (C. 2.514).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
Nota. Jaime Bañón pone a mi disposición su labor de notario de lo que acontece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario