jueves, 2 de abril de 2026

Miércoles Santo. El Traslado.

ESTAMPA CAUDETANA

MIÉRCOLES SANTO. EL TRASLADO.

La Semana Santa avanza en Caudete sin prisas, como sabiendo que cada momento tiene su hora y cada emoción su instante preciso.

En Caudete, el Miércoles Santo posee un carácter especialmente íntimo dentro de la Semana Santa, y la procesión del traslado de imágenes es uno de esos actos que, sin ser los más multitudinarios, encierran una profunda carga simbólica y devocional.

Este traslado consiste en llevar algunas de las imágenes que procesionarán los días grandes —Jueves y Viernes Santo— desde la parroquia de San Francisco hasta la parroquia de Santa Catalina, que será el punto de salida.

No es una procesión solemne al uso, sino más bien un acto sobrio, recogido y cercano, donde el silencio y el respeto son los verdaderos protagonistas.

Las carrozas y las andas avanzan por las calles al ritmo pausado de los cofrades. 

Los cirios crean ese ambiente tan propio de la Semana Santa caudetana, donde tradición y sentimiento popular caminan de la mano.

Es un momento que muchos cofrades viven como un prólogo de lo que está por venir: la emoción contenida, los últimos preparativos, las túnicas ya dispuestas y el corazón puesto en los días centrales de la Pasión.

No nos coge de sorpresa porque viene de lejos. En la noche del Miércoles Santo, algunas de las imágenes se convierten en estampas vivas del acontecer de la Villa de Caudete durante su Semana Santa.

Nunca había acompañado a esta procesión el clero. Pero este año, sí. Este año el fraile coadjutor, hijo del pueblo, P. Antonio Graciá Albero, carmelita, vestido con alba, capa y estola, presidió el traslado.

Hacen su recorrido en la noche, casi a hurtadillas, pero dejándose iluminar el camino por una luna que parece reflejar la luz del sol que ya se marchó de nuestro septentrión.

Y desde lo alto del cielo caudetano baja esa claridad plateada para que los nazarenos y penitentes de las hermandades y cofradías puedan ver dónde ponen sus pies en el lento caminar del cortejo procesional, acompañando —o no— a sus respectivas imágenes.

Desde que salieron de la calle Santa Inés y emprendieron la avenida de San Jaime y Eras, les fustigó un viento frío, muy molesto, que bajaba desde lo más alto de la Villa, desde allí donde se levanta la ermita de Santa Ana.

Fue su cilicio, su pequeña penitencia, porque el aire, indómito, se colaba bajo las túnicas picoteándoles la piel.

Respiraron agradecidos cuando entraron en la calle de las Moreras a la que pareciera que el aire frío hiciera ascos.

Aparecía jalonada de gentes que se habían desafiado la inclemente noche, como tantas otras veces, para presenciar el paso de las imágenes:

La Oración del Huerto.

El Cristo de la Caída.

El Cristo atado a la Columna.

La Mujer Verónica —que no llega a Santa Catalina— se queda en la iglesia del convento de San José (el Carmen), porque desde allí sale al encuentro del Señor en la plaza de Nuestra Señora del Carmen cuando la procesión de Los Pasos llegue, en la madrugada del Viernes Santo, a dicha plaza.

El Cristo de la Juventud con la Virgen de la Amargura.

Y la imagen de la Virgen de los Dolores, que cierra la procesión.

Las 23:35 marcaban los relojes digitales existentes en la plaza de Nuestra Señora del Carmen cuando la banda de música que acompañaba a la imagen de la Virgen de los Dolores se había introducido totalmente en la calle Mayor, tras haber atravesado la plaza.

Un padre, con sus dos hijos —niño y niña— ya volvían a casa después de que su cofradía hubiera rendido viaje en Santa Catalina.

La luna seguía en sus trece y, aunque ya no se la necesitaba, allí estaba, llenando de plata la plaza de Aquella, la Virgen del Carmen, que es pintada por el Apocalipsis teniéndola a sus pies.

Ya lo sabemos, somos conscientes de ello, el Miércoles Santo no tiene el estruendo de los grandes días ni el gentío de las procesiones más señaladas.

Es un día distinto.

Un día casi de víspera.

Como si el pueblo entero estuviera tomando aliento antes de lo que está por venir.

Los cofrades, con esa mezcla de responsabilidad y cariño que sólo ellos entienden, habían ido preparando las andas. Alguno repasaba un varal, otro ajustaba un adorno, otro simplemente miraba en silencio la imagen como quien saluda a un viejo amigo.

Y llegó el momento.

Las puertas del templo de San Francisco se abrieron despacio.

Siempre impresiona ese instante: el interior en penumbra, el murmullo que se apaga y la imagen que aparece poco a poco en el umbral, como si también ella quisiera mirar a su pueblo.

Las andas se alzaron con ese leve crujido de los vanzos de  madera que sólo escuchan los cuarenta porteadores que cargaban con el paso del Cristo de la Juventud y de la Virgen de la Amargura.

Un «¡arriba con ella!» dicho casi en voz baja.

Y el caminar comenzó.

Paso corto.

Paso igual.

Sin prisa.

Y, así, rodaron las carrozas con las otras imágenes, empujadas por sus cofrades.

Las calles, sin aglomeraciones, permitían escuchar el sonido verdadero de la procesión: el roce de los pies, el golpe seco y acompasado del tambor, alguna cadena arrastrando penitencia y, de vez en cuando, el rezo quedo de alguna mujer mayor que no quiere perder la costumbre.

No era una procesión para lucirse.

Era una procesión para sentir.

Los vecinos miraban desde las aceras o desde los balcones.

Algunos se santiguaban al pasar la imagen. Otros simplemente inclinaban la cabeza. 

En Caudete todavía quedan esos gestos que no necesitan explicación.

Así, poco a poco, las imágenes fueron llegando a su destino, como quien ocupa su lugar en la historia que va a representarse en los días siguientes.

Cuando todo terminó, no hubo aplausos.

Sólo ese silencio bueno que queda cuando algo se ha hecho bien.

Caudete ya estaba preparada.

El Jueves Santo llamaba a la puerta.

Y la luna decía:

Mañana toma el testigo el sol porque es día Mayor, día Grande porque Jesús va a instituir la Eucaristía 


Recibe mi saludo, mis


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

2.4.2026. JUEVES SANTO (C. 2.515)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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