martes, 5 de mayo de 2026

La hierba de los caminos.

ESTAMPA CAUDETANA

LA HIERBA DE LOS CAMINOS

Me topé con ella y no pude por menos que detener mi caminar, sacar del bolsillo mi telefonillo, ponerme en cuclillas y tomar la fotografía que acompaña estas letras.

Volvía ayer por la tarde de mi paseo hasta la glorieta de la Cruz, por la calle dedicada al gran atleta caudetano Antonio Amorós.

Ya me quedaba poco para concluir mi paseo vespertino.

Y allí, donde la calle Antonio Amorós se cruza con la Avenida de Aragón, se encontraba ella.

Para mí que es un milagro. Algo que no tiene explicación plausible. Porque, estando justo en el ángulo donde se juntan las dos calles, crece pujante y lozana.

Mucha es la gente que pasa por ahí. Enfrente, una gran superficie; y, doblada la esquina, ya en la Avenida de Aragón, abre su puerta una tienda con productos dirigidos principalmente a quienes han llegado hasta la villa desde allende los mares, desde la América hispana.

Y nadie la ha pisado. Yo tampoco lo hice.

Los señores de la botánica, teniendo en cuenta su forma en roseta basal, las hojas alargadas y estrechas, ligeramente onduladas y con algo de vellosidad, la llaman Conyza canadensis.

También se la llama, fuera de viveros y laboratorios, rama negra, además de “hierba de los caminos”.

Es una planta muy común que nace en grietas de suelos, patios y aceras.

Cuando es jovencita, como la que ves en la fotografía (en roseta), puede parecer discreta; pero cuando crece, si es respetada, echa un tallo alto con muchas florecillas pequeñas, como diminutas margaritas.

Crece, como digo, pegada al suelo al principio.

No hace ascos a los lugares secos y compactados, como esa junta entre dos losas del pavimento.

Dado el lugar donde ha venido a instalarse la semilla que le dio origen, veo muy difícil que prospere, a pesar de que crece con rapidez.

Pobre hierba de los caminos, tan guapa y viva como aparecía ayer, anuncia desde su hermosura su fin prematuro.

Reflexionando sobre el asunto, caigo en la cuenta de que cualquiera que la contemple podrá sentir —yo así lo experimenté— la frugalidad de la vida, el pronto esfumarse de la existencia particular de cada uno.

El hoy, pletórico de vida, y un ratico después… porque ¿qué son para un ser humano ochenta, noventa o cien años? Un fulgor que se expande un momento y se apaga al instante.

La Palabra revelada así nos lo certifica: "como flor de un día, como hierba que crece en los tejados, a la que nadie mete la hoz" (Salmo 129,6).

Bueno será que aprendamos la lección y que, deteniéndonos un poco en este ir vertiginoso, caigamos en la cuenta de que ella desaparecerá con el pisotón de un transeúnte. 

Pero nosotros estamos llamados a perdurar, a vivir, a crecer en campo más feraz, "en las praderías de los cielos nuevos y las tierras nuevas" de las que nos habla San Pedro (2, 3-13); y eso nos obliga a cuidarnos, para no sucumbir ante cualquier ataque alevoso del maligno.

Recibe mi saludo,


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

5.5.2026. Martes. (C. 2.549).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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