jueves, 13 de agosto de 2026

El Eclipse.

ESTAMPA CAUDETANA.

EL ECLIPSE.

Ayer, cuando el sol caminaba hacia su descanso, se levantó la luna y, aprovechando que aquel había recogido los bártulos para largarse al otro lado del mundo, ella, la luna, queriendo hacerle un feo al no permitirle despedirse como es debido y como acostumbra, le robó, envidiosa ella, un ratito de gloria. Poco más de un minuto, aunque estuvo tratando de hacer las veces de cortina durante más de media hora: 34 minutos.

Yo no subí a Montes ni me fui a descampados. Tampoco subí a un avión ni navegué en barco por el mar. No. Yo me acomodé en «mi banco» de la Glorieta de la Cruz y allí me «fagocitó» el eclipse.

Había empezado a descender por la Avenida de las Jornetas cuando la luna comenzaba a «merendarse» al sol, allá por las 19:30 horas, y llegué a la Cruz a las ocho de la tarde.

Esperé hasta las ocho y veintiséis minutos, que era la hora anunciada en televisión para la culminación total del eclipse, y comencé a grabar.

Pero no. Algo había fallado, porque durante más de seis minutos y medio permaneció iluminada la cruceta de la Cruz.

Mientras tanto, una legión de mosquitos vino a sacarme de mis casillas a picotazo limpio. Tanto, que estuve a punto de levantar las tiendas y largarme de allí con viento, aunque nada7 fresco.

Pero no. Aguanté.

Quizá el olor a mosquito muerto —pude matar a uno— mantuvo a los demás a cierta distancia, revoloteando a mi alrededor.

Sólo después de dejar de grabar fue cuando tuvo lugar la llegada de aquella tenue oscuridad, que apareció para difuminarse rápidamente.

Sólo el piar desmesurado de los pájaros, su aleteo y su vuelo nervioso de un lado a otro, buscando acomodo, daba a entender que algo estaba pasando.

La luz que iluminaba la cruceta de la Cruz dejó de hacerlo y todo quedó englobado en una tenue oscuridad: ni noche ni día. En penumbra, que diría la sabiduría popular.

La cámara de mi telefonillo, en su afán de obtener improntas lindas, le quitó gracia al asunto, poniéndole por su cuenta un poquito de claridad. Pero lo que no consiguió fue poner luz en la cruceta de la Cruz.

Luego, al volver el día en caída, con la vuelta de la luminosidad que dejaba escapar la luna en su huida, ya no volvió la luz al lugar donde se cruzan los dos palos de la Cruz.

Y, contemplando el hecho, me vino a la memoria otra especie de eclipse del que nos hablan los testigos del acontecimiento: aquel que se produjo cuando Jesucristo, clavado en la Cruz, padecía por nuestros pecados.

La oscuridad se impuso durante largo tiempo, desde la hora sexta —las doce del mediodía— hasta la hora nona —las tres de la tarde—, como si quisiera ocultar la tremenda felonía cometida con el Salvador del ser humano.

Ayer, en la Glorieta de la Cruz, la luna le puso una cortina al sol.

Entonces, hace dos mil años, fue como si el mismo cielo hubiese querido ponerla ante los ojos del mundo para que nadie pudiera contemplar tanta injusticia.

Y mira por dónde: en ambos eclipses, la Cruz estaba allí.

Recibe mi saludo,


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

13.8.2026. JUEVES. (C. 2.632).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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