ESTAMPA CAUDETANA.
LA SIERRA DE LA ALÁCERA.
Ya se cumplieron los nueve años desde mi llegada a esta Real Villa de Caudete. Nueve años viéndola una y otra vez, sobre todo en esa semana en que se me asigna la atención litúrgica en la parroquia de Santa Catalina porque, para llegar al templo, doy un rodeo por la Glorieta de la Cruz para, dejando atrás la Avda. de la Libertad, subir los la Avda. de las Jornetas.
Y allí, a lo lejos, está ella, quieta, inmóvil, como si estuviera echando un sueñecico.
Allí, a mí izquierda según subo caminando, está ella. Pareciera que guarda mi caminar como si fuera un destacamento compacto de un ejército.
Allí está la SIERRA ALÁCERA.
Cuando llegué a la Villa aquel 11 de septiembre de 2017 y miré hacia el sureste, la ví formando parte del paisaje.
Es nuestra sierra, me dijo una señora cuando me encontraba detenido contemplándola.
Se levanta allá donde Caudete comienza a despedirse de Albacete y se acerca a Murcia por la villa de Yecla.
Junto con la sierra de La Oliva o de Santa Bárbara - de la que ya te he hablado en otras ocasiones - recogen a la Villa Caudetana y todo su ámbito en un vallecico en el que no recibe mucha agua desde arriba, desde las nubes, pero goza de buena cantidad debajo del suelo.
La Sierra Alácera viene a ser como un largo cordal que, unido a la Sierra del Príncipe y al paraje de La Toconera, constituye uno de esos rincones de este término caudetano que quizá vemos muchas veces y, sin embargo, no siempre miramos.
Porque mirar no es solamente ver, como bien sabes.
La Sierra de la Alácera se estira de suroeste a noreste, como una larga espalda de piedra, y alcanza en el Peñón Grande o Peñón Alto los 885 metros de altitud. Desde abajo, desde los aproximadamente 550 metros a los que se encuentra Caudete, por lo que, si uno se propone hacer una excursión para alcanzar su cumbre, debe prepararse para subir unos cientos de metros.
- Yo no lo he intentado y no ha sido por falta de ganas pues en mi haber cuento con ascensos mucho más exigentes como salvar a patita "los cuestus" en cuyas lomas se encontraba, por ejemplo Cires de Lamasón o plantarme en Tresviso, ya en Picos de Europa, partiendo de Urdón en La Hermida desde donde había que patear ocho kilómetros para salvar uno de altura -.
Eran mis tiempos jóvenes en que fui destinado a aquellos valles donde los Picos de Europa se van suavizando buscando la planicie, para atender la pastoral rural.
En nuestra sierra caudetana, me vienen diciendo durante estos años los lugareños mayores porque yo na de na sé, cambia el paisaje.
En ella, la piedra caliza se hace protagonista: Escarpes, laderas pedregosas, pequeñas barranqueras y ese suelo pobre que, paradójicamente, esconde bajo nuestros pies una de las grandes riquezas de estas tierras: el agua.
- Porque, ha de saber Ud., me ilustraba con efusión un lugareño con muchos años a las espaldas, que estas sierras son también una especie de gigantescos depósitos naturales (1). Y aguas que se bombean aquí bajan hasta la marina, hasta Alicante y pueblos vecinos para satisfacer su necesidad de agua potable
El agua que cae sobre ellas se filtra por las calizas y dolomías, penetra en sus entrañas y alimenta los acuíferos. De ahí que podamos imaginar estas montañas no solamente como un paisaje que se contempla, sino como un enorme aljibe escondido bajo nuestros pies.
Y todo esto tiene una historia mucho más antigua que nosotros, concluye uno de mis comunicantes, muchísimo más antigua.
Porque, ha de saber Ud. que las calizas y dolomías que encontramos en la sierra se formaron hace millones de años, cuando estas tierras eran muy diferentes de como hoy las conocemos. Después vinieron los plegamientos, las fallas y los movimientos de la tierra. Y la montaña
se arrugó.
Se quebró.
Se levantó.
Y quedó allí, a lo lejos, formando ese relieve que ahora vemos desde Caudete.
En sus laderas, si se acercara Ud. alguna vez, se toparía con una pinada del conocido como pino carrasco donde medra estupendamente porque, al parecer, es un lugar muy apropiado para él.
Los biólogos lo han nombrado Pinus halepensis.
Estos pinos comparten espacio con romeros, aliagas, lentiscos, coscojas y espartos que tapizan la piedra.
Felipe Graciá (RIP), padre que fuera de nuestro actual párroco, P. Antonio Graciá Albero, carmelita, me dijo en una ocasión en que le pesqué "con las manos en la masa", es decir, tejiendo un cesto con esparto:
- Mucho esparto tengo tejido y todo lo fui a recoger a La Alácera.
Además, mire Ud., entre la foresta que viste las frías piedras de la Alácera, bulle la vida, siguen informándome.
Allí encuentran cobijo y sustento:
- El jabalí que deja sus señales en el terreno.
- El zorro que cruza sin pedir permiso.
- El conejo que desaparece entre la maleza.
- La gineta y la garduña, más discretas.
- El mochuelo que, cuando va oscureciendo, se hacerse señor del silencio.
Y, correteando con sus cortas patas el lagarto ocelado o, arrastrándose, la culebra bastarda y tantos otros bichicos que llenan la sierra de vida dando a entender que es algo más que una sucesión de piedras y pinos.
Mientras subo Avda. De las Jornetas, entre chalé y chalé contemplo a la Alácera y, ella, me contempla a mí y, entre tanto, voy pensando para mis adentros:
Ciertamente la sierra de La Alácera es un lugar para visitar. Un lugar para ir. Voy a ver si me armo de valor y me decido.
Para aquellos que ya la disfrutaron in situ es un lugar para volver. Y, de hecho, muchos de los que van, vuelven. Pareciera que embrujara, como diría Don Miguel Unamuno, de la ciudad de Salamanca, a los que la han visitado, vivido.
Y es que uno se encuentra con la naturaleza sin necesidad de hacer grandes dispendios y viajes, me decía con énfasis un amante del medio gran conocedor de la sierra.
Y quizá por eso la sierra de la Alácera tenga un valor que no se mide solamente en metros de altitud, kilómetros de sendero o especies de plantas y animales.
Tiene el valor:
De lo cercano.
De lo nuestro.
De aquello que forma parte del paisaje cotidiano y que, precisamente por estar tan cerca, corremos el riesgo de dejar de mirar. Cosa que no me ocurre a mí, pues no me canso de contemplarla mientras subo por la Avda. de las Jornetas.
Uno puede verla desde la Villa y pensar que solamente es una sierra.
Pero, la verdad sea dicha, no es solo una sierra.
Es piedra que guarda agua.
Es pino que resiste el verano.
Es romero y esparto.
Es refugio de animales.
Es sendero para quien camina.
Es monte para quien lo conoce.
Es memoria.
Y es también esa línea de montañas que, cuando uno sube o baja por la Avda. de las Jornetas y la contempla en el horizonte, le dice sin palabras, que te está acompañando.
Y es que hay paisajes que simplemente están.
Y hay otros que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de uno mismo. Y ese, es mi caso.
La Sierra de la Alácera es uno de ellos.
Recibe mi saludo
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
25.9.2026. Viernes. (C. 2.668).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
(1) Se dice que toda nuestra vecina La Mancha es toda ella, un subsuelo, un mar de agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario