lunes, 28 de septiembre de 2026

Se nos fue la Hermana Elena.

ESTAMPA CAUDETANA.

SE NOS FUE LA HERMANA ELENA.

Faltaban solamente cinco minutos para entrar en el Día del Señor, el domingo, cuando la hermana Elena salió de la clausura del monasterio del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Gracia para emprender el viaje que la conduciría hacia las moradas eternas, donde le esperaban el buen Padre Dios, su Esposo Jesucristo y el Dador de las gracias divinas, el Espíritu Santo.

También la esperaba a la puerta del cielo la Madre, la Virgen María, en su advocación del Carmen, a la que se consagró para, desde ella y como ella, abrirse al bien de sus hermanos, los seres humanos.

Elena no era de aquí, de Caudete, pero tampoco importaba demasiado, porque uno es de allí donde se planta, como si fuera una semilla, y termina echando raíces y dando fruto.

Ella era oriolana de nacimiento. Allí vio la primera luz hace noventa años. Sí, noventa años abiertos al encuentro con el Señor, en una relación contemplativa, cual es el carisma de aquellas almas que son tocadas por el Espíritu Santo y conducidas al ámbito familiar del Carmelo.

Y por exigencias de ese encuentro con el Señor, sin excusa posible, abierta totalmente, entregada a sus hermanas y a sus hermanos.

Así vivió desde que entró por la puerta del monasterio carmelita de clausura, de «las Encerrás», como aquí las llamamos en esta Villa.

Satisfacía así el deseo, el proyecto para su vida, de hacerse obsequio de Jesucristo en totalidad de amor, adelantando ya en el tiempo aquello que añoraba vivir y disfrutar junto a Dios mismo y por toda la eternidad.

La carne humana le impedía ya unirse a la pléyade de todos aquellos que la han precedido en ese caminar hacia el encuentro definitivo con el Señor. Pero a ella no le importó esperar un ratico, porque ya hacía realidad ese encuentro en el ámbito monástico, en una relación cercana y fraternal con sus hermanas de religión, por las que se desvivía.

En los valles de los Picos de Europa, donde serví yo en mis tiempos jóvenes, se oye aquel decir, aquel aforismo:

«Al hombre se le gana por el gargüelu».

Y ella lo sabía.

Tenía ganadas a sus hermanas por medio del servicio de la cocina. Porque de cualquier cosa sencilla era capaz de prepararles comidas deliciosas.

Y si hablamos de repostería… ¡apaga y vámonos!

¡Menudos flanes, qué tortas, qué bizcochos hacía la hermana Elena!

Pienso que sus hermanas, las que en el día de hoy la entregan a Dios, van a sentir su marcha, no tanto porque deja un hueco difícil de llenar dentro del monasterio, cuanto por esas atenciones culinarias con las que satisfizo, tantas veces, sus necesidades.

Pero, ciertamente, la hermana Elena, al salir de la clausura, ha dejado un hueco indeleble y difícil de reponer en el monasterio del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Gracia.

Pedimos a la Virgen Santísima, nuestra Madre del Carmen o de Gracia —que tanto da—, que la reciba allá arriba, a la puerta de esa otra casa, la casa donde reside Dios, y la introduzca en una de esas habitaciones de las que nos hablaba Jesús cuando afirmaba:

«En la casa de mi Padre hay muchas estancias y voy a prepararos sitio».

(Jn 14, 1-2)

Descanse en paz nuestra hermana Elena, ella que tanto y durante tanto tiempo pidió por nosotros.

Y ahora que ya ha llegado a la Casa del Padre, que siga haciéndolo desde allí.

Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

28.9.2026. Lunes. (C. 2.671)

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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