sábado, 9 de diciembre de 2017

El Paseo



Fray Alfonso Herrera. Carmelita
*    2:4



ESTAMPA CAUDETANA.
EL PASEO.

Llegué a este pueblo de Caudete por primera vez el día último de julio pasado. Nos había dado cita el Sr. Obispo para las 10,30 horas del día siguiente, el primero de los de raukagosto, para conocernos a los nuevos y darnos la palmadita en la espalda y decirnos: "para adelante. El pueblo es de Ustedes".

Ya tenía el destino en firme así que me traje el coche hasta los topes. Había comenzado el trasiego que no habría de materializarse definitivamente hasta haber concluido agosto.

Las campanas del reloj de alguna torre estaban muy ocupadas dando los toques que partían el día en dos. Me dirigía a mi nuevo destino en la calle Molino, 2 al ladito mismo de la plaza del Carmen. Por esa plaza le pregunté a una señora  mayor vestida toda de negro. Al parecer no estaba reñida con el sol de justicia que presidía el día a cuerpo gentil, pues ninguna nube osaba interponerse entre él y el lugar al que llegaba. "Baje Ud. hasta el semáforo y tuerza a la derecha.
Esa calle le llevará hasta la plaza", me informó. Gracias, señora. Y así fue. Mediada la calle, en su lado izquierdo, una farmacia anunciaba con dígitos luminosos sobre el fondo verde de la cruz anunciadora del lugar, la temperatura, 44 grados centígrados.

El coche no dispone de refrigeración así que llegué sofocadito. No vacié el coche. Saludé a los hermanos. Comimos  y tras disfrutar un rato de siesta, subí las cajas de libros a la habitación.

Aquel día celebré por vez primera en la parroquia de San Francisco. Cuando salí, en otra farmacia seguía clavado el 44 en la cruz con fondo verde. No creo haber sudado tal manera, como lo hice aquel día, tanto fuera como dentro del convento.

Después de una cena informal decidimos salir a dar una vuelta en busca de un poco de aire. Y allí fuimos, AL PASEO. Nos acomodamos en una mesa frente a un local de bebidas al que había que ir a solicitar las consumiciones porque no disponían de camareros. Yo pedí una botella de litro y medio de agua. Necesitaba reponer el líquido perdido hasta ese momento.

Las luces del PASEO ya se habían encendido a pesar de que, todavía, no se había esfumado, con el mes de julio, la claridad del día. A esas horas estaba EL PASEO hasta arriba de gentes que huían de los hornos que eran sus casas. Los niños correteaban entre las gentes mientras gritaban a pleno pulmón.

Ese era EL PASEO, lugar céntrico de esparcimiento de las gentes del pueblo. Por aquel entonces estaba precioso. La arboleda, toda tupida, hacía un poco vivible las horas del medio día y de la tarde pero por la noche daban, a mi me lo parecía, sensación de que con sus copas atrapaban el bochorno.

Una fuente, que da la sensación de frescor, parte en dos EL PASEO. Arriba con una muy suave pendiente, el primero de los tramos y, tras ella, una caída a plomo del terreno da paso a un segundo tramo que terminaba en un lugarejo con juegos para los niños. Uno de ellos remeda a un avión donde, quizá, a algunos de ellos se les despierte la vocación de pilotos.

Ayer EL PASEO estaba triste. El otoño de este año ha sido tan tardón en llegar que le ha tenido vestido de verano hasta hace unos pocos días en que se ha dejado ver ya en su ser, y, con unas cuantas heladas, que se ha traído consigo, le ha puesto las hojas lívidas a los árboles. Pero aún así y todo, mira que guapo está con su vestidito de otoño recién sacado del arcón y su alfombra de hojas caídas. Sí, sí que está guapo EL PASEO en las postrimerías del otoño con su fuente colaborando a humedecer más el ambiente.

Un poco aterido por el frío reinante sale pitando hoy para llegarse hasta ti, mi saludo, mis

               ¡¡¡¡¡¡BUENOS DÍAS!!!!!!
9.12.2017 Sábado

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