viernes, 6 de febrero de 2026

El Manifiesto.

ESTAMPA CAUDETANA

EL MANIFIESTO

Hoy se despertó por sus fueros el, todavía, jovencico Lorenzo. No hizo nada más que amanecer y ya estaba fuera de casa, trotando como un joven potro juguetón, pletórico de vida cachorrera. Pero ayer no fue así, porque al asomarse a la ventana se encontró con las cortinas corridas. Así las había dejado, cerradicas, la borrasca Leonardo cuando emprendió su salida por el foro, dejando el predio expedito para que se instale a sus anchas la hermana que viene detrás, la que, sin haber hecho acto de presencia todavía, no tardará en hacerlo en volandas de fuertes vientos.

No está aquí, pero ya le han puesto nombre. A esta, que tiene anunciada su inminente llegada, la van a llamar con nombre de mujer y han pensado bautizarla los meteorólogos portugueses con el nombre de Marta.

Por la tarde de ayer, cuando el juguetón celeste se ausentó dejándolo todo a oscuras, salí de casa para dar mi acostumbrado paseo. La noche que había dejado negra el sol al marcharse se encontraba rota aquí y allá por focos de luz dispuestos por la industria humana.

Al llegar a la altura de la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas, siempre hago una paradita delante de la puerta cerrada para saludar al Señor Sacramentado y a su Madre, la Virgen del Carmen, porque para eso no hay impedimento material alguno que lo impida. Pero ayer no; ayer la puerta estaba abierta de par en par y, lógicamente, me colé dentro. En aquel momento la madre priora se encontraba llevando a cabo el MANIFIESTO. Estaba colocando la Sagrada Forma en el viril del expositor para la adoración. Una vez situada en su lugar, inició la estación de oración con siete Padres Nuestros, Ave Marías y Glorias para seguir, luego, con el desarrollo del Mismo.

Ya va adquiriendo solera este ejercicio de piedad que fue promovido, en sus inicios, por el acuerdo establecido entre la presidente de la Cofradía de la Sacramental y la comunidad de monjas carmelitas de clausura, quedando así establecido para los primeros jueves de cada mes: jueves eucarísticos, jueves sacerdotales.

Fuera, mientras caminaba por la avenida de la Virgen de Gracia con dirección a la Glorieta de la Cruz, reinaba la noche. Un airecillo mal encarado y frío iba de un lado a otro y a mí me daba de lleno. El cielo de la Villa, que quedaba a la vista porque la pérgola verde que cubre la avenida había venido a menos, al suelo, dejaba vislumbrar un firmamento profundo, nítido, libre de nubes y de hilachas de las mismas. La niebla con que se despertó el día no había hecho acto de presencia y, en todo lo alto, aquí, allá y acullá, unas estrellas despedían luz de oro puro. La luna, preocupada porque se encuentra en ese momento propicio para que se le fundan los plomos, no trataba de hacerles la competencia.

Poco antes de llegar a la glorieta de la Cruz me crucé con un hombre que venía a paso ligero, creo que generando calor para hacer la competencia al frío reinante, mientras tiraba de una cuerda a la que iba atado un perrico. Nadie más pululaba por el entorno, salvo una mujer ismaelita que, apoyada en la barandilla que cerca el lugar de juegos de los niños, asistía vigilante a los movimientos que su Yasmín (niña bonita) hacía subiendo y bajando por los elementos lúdicos del lugar. Todo lo demás era quietud, era tranquilidad, era paz.

Tras saludar a la Virgen con las tres Avemarías con que concluye el santo rosario y pedirle a Ella, a la Virgen de Gracia —representada en la imagencica de piedra incursa en el monumento a la Cruz, en la glorieta—, que nos acompañara, no como plural mayestático, sino convencido de que con uno va el Señor Jesús, emprendí el camino de vuelta para meterme en el fogonazo de luz, que era la Villa Caudetana, por la Avenida del atleta Antonio Amorós.


Recibe mi saludo, mis


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

6.2.2026. Viernes. (C. 2.462).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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