CINCUENTA Y SEIS AÑOS.
El título de mi ESTAMPA CAUDETANA de hoy nos lleva de la mano hasta hace más de medio siglo.
Y la fotografía que la acompaña deja constancia gráfica de un acontecimiento que, aunque tuvo lugar lejos de aquí, está profundamente unido a esta Real Villa de Caudete.
Porque uno de los que aquel día recibía el sacerdocio era un hijo de este pueblo: Luis Torres Pérez, fraile carmelita, hijo de Antonio, conocido como «Milán», y de Emerenciana. Nacido en la calle San Joaquín y bautizado en Santa Catalina, aquel joven que aparece en la fotografía, de abundante cabello negro y frente ya prometiendo claros futuros, estaba viendo cumplido el sueño al que Dios le había ido llamando paso a paso.
La ordenación tuvo lugar en la capilla del seminario diocesano de Calatrava, en Salamanca, de manos del obispo de aquella diócesis, natural del cercano Montealegre del Castillo.
Con los años, la vida le tenía reservada otra hermosa coincidencia: volver a su pueblo como «cura pilón», como párroco de la misma iglesia donde un día fue llevado a bautizar. Como si el Señor hubiera querido decirle: empiezas aquí… y aquí quiero que también siembres.
En aquella fotografía aparece también, a su lado, un compañero de estudios. Tres años de filosofía en Onda. Cuatro de teología en Salamanca, en el Instituto Gaudium et Spes, adscrito a la Universidad Pontificia. Años de estudio, de oración, de fraternidad y de esperanza.
Después, los caminos se separaron. Como pasa tantas veces en la vida. Pero sólo en apariencia.
Porque 47 años después volvieron a juntarse en Caudete, el 11 de septiembre de 2017, cuando ambos fueron destinados por la Provincia Carmelita de Aragón, Castilla y Valencia y nombrados por el obispo de Albacete para el servicio pastoral de las parroquias de la Villa. Luis como párroco. Y quien esto escribe como coadjutor.
A veces Dios escribe historias que sólo se entienden cuando se miran desde lejos.
Hoy se cumplen 56 años de aquella ordenación.
Y al mirar atrás sólo puede brotar una palabra: gracias.
Gracias por la llamada.
Gracias por la perseverancia.
Gracias por los caminos recorridos.
Y gracias también por los reencuentros que sólo Él sabe preparar.
Alabado sea el Señor por habernos hecho objeto de su elección.
Recibe mi saludo, mis
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
14.3.2026. Sábado. (C. 2.496).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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