ESTAMPA CAUDETANA
EL MARGARITÓN
Los botánicos la llaman Glebionis coronaria, pero para el lenguaje sencillo de la vida diaria nosotros la conocemos como margaritón.
En mis paseos de cada día he asistido, casi sin darme cuenta, al milagro de su nacimiento.
Apenas dejo atrás la avenida de la Libertad y comienzo a subir por la de las Jornetas, allí me la encuentro, como si me estuviera esperando. Se alza en el ribazo —tierra hoy, acera mañana cuando llegue la urbanización— como quien quiere saludar.
Y me dice ¡hola!
Sí, me lo dice.
Se ayuda de un airecillo juguetón que la balancea suavemente de un lado a otro, como si fuera una pequeña bailarina de ballet que quisiera llamar mi atención.
Y lo consiguió.
No me pasó desapercibida. Hice un alto en el camino, crucé la calle despacio y me acerqué a contemplarla, a recrearme en su sencilla hermosura, a llenarme de su presencia.
Pero aquel mismo aire que la mecía traía también noticia de tristeza.
Desde la torre, la campana mayor, la Santa Catalina, dejaba caer sobre el pueblo su voz grave y conocida para anunciarnos que el bueno de José, tras 94 años formando parte de la historia viva de esta Real Villa de Caudete, había emprendido su último viaje.
Y, sin embargo, ayer todo era distinto.
Ayer el margaritón se me mostró en todo su esplendor, guapo como nunca, vestido ya con las galas de la primavera.
Era como un pequeño sol.
O quizá fuera el sol el que, humilde, bajó a posarse sobre su tallo para brillar desde su misma flor.
No estaba solo. A su alrededor, otras flores de su misma sangre compartían la mañana. Y allí, bajo un cartel que anunciaba la venta del terreno, crecían formando un pequeño reino silvestre junto a una pariente cercana, la Reichardia tingitana, nuestra humilde lechuguilla, que en mi pueblo siempre fue manjar apreciado por los conejos.
Daba gusto verlas convivir, crecer juntas, sin disputas, sin desdenes, simplemente siendo.
Tal como las encontré, así las dejé.
Y mientras me alejaba, movidas por el mismo airecillo que las había presentado, yo diría que se despedían de mí con pequeñas reverencias, como quien agradece una visita.
Regresé al lado izquierdo de la avenida, como manda la prudencia y la normativa, y continué mi subida por la avenida de las Jornetas.
La Santa Catalina seguía llamando.
Y en el repicar de su bronce, que parecía tener memoria, casi pude escuchar la voz de mi madre diciendo:
—Date prisa… alpea, alpea… que te están esperando.
Y llegué.
Llegué con tiempo suficiente.
María del Carmen ya estaba allí.
Se le notaba en la mirada que se acerca la Semana Santa y, casi sin preámbulos, me dijo con sencillez:
—Quiero confesarme.
Y en ese instante comprendí que, igual que las flores anuncian la primavera, también el alma tiene sus estaciones.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
27 de marzo de 2026
Viernes (C. 2.509).
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