ESTAMPA CAUDETANA.
GRATA SORPRESA.
Ya me había felicitado por la efemérides que celebré antes de ayer —56 años de mi ordenación sacerdotal— la Madre Priora del monasterio de las "Encerrás" (así llaman por estos pagos a las Madres Carmelitas de clausura que viven su vida consagrada a Dios por sus hermanos los hombres), en nombre de toda la comunidad.
Pero hoy fue distinto. No hubo palabras ni mensajes de WhatsApp. Sin embargo, sí hubo algo que me produjo una GRATA SORPRESA.
Es sabido que los encargados de la pastoral en la Real Villa de Caudete vamos rotando: una semana nos toca en un lugar y la siguiente en otro. Pues bien, estos días me corresponde atender la liturgia en el monasterio de las Madres Carmelitas y, al entrar esta mañana en la sacristía, me encontré con una tigre encima de la cajonera.
No, no vayas a pensar que era una imponente hembra de ese animal potente y depredador que habita las selvas del sur de Asia. Nada de eso. Allí, dentro de una bolsa que en otra ocasión habría contenido perfumes, habían dejado las monjas una Gonialoe variegata que, en román paladino, llamamos Aloe TIGRE por las franjas blancas de sus hojas que recuerdan la piel de ese animal y así la distinguimos entre la numerosa familia a la que pertenece.
Es la que ves al principio de estas letricas. Un hermoso plantón llamado a durar muchos años, porque estas plantas viven largamente si se las cuida con un mínimo de esmero. Y tampoco piden tanto: un tiesto de barro, tierra bien drenada, riegos muy espaciados y abundante luz, pero nunca el sol recio del mediodía caudetano. Con eso viven más contentas que unas pascuas.
Y al verla, pensé que las monjas me deseaban otros tantos años de servicio a los hermanos, como aquel cristiano americano que, coincidiendo en Roma con el 88 cumpleaños del Papa León XIII, al felicitarle le dijo:
—Santidad, que cumpla otros 88 años más.
A lo que el Papa respondió con fina sabiduría:
—Hijo, no pongas límites a la Providencia divina.
Desde luego, estas "Encerrás" no pierden ocasión de darle a uno una lección. Como buenas bordadoras, no dan puntada sin hilo. Con el regalo del Aloe Tigre me estaban diciendo, sin decirlo, que procure ser como ella: que enseñe sin hacer ruido, sin presumir, en silencio; que me conforme con poco; que crezca despacio; que resista los embates de la vida como lo hacen tantas personas buenas, sencillas y constantes, sin alharacas.
Con este pequeño regalo también me recuerdan algo muy propio de mi vocación: que soy fraile y que no es la abundancia lo que da la vida, sino saber aprovechar lo poco. Una discreta llamada a vivir con verdad el voto de pobreza.
Y casi parece que la planta misma me hablara:
—Mira mis hojas —me diría—, gruesas y llenas de agua. Así tienes que ser tú: lleno de la gracia que el Espíritu Santo te regala. Guárdala, no la desperdicies. No desesperes. Ya verás cómo, cuando llegue el momento oportuno, también tú florecerás, como florecen las obras buenas hechas con paciencia.
¡Cómo son estas monjas! En un momento y con toda naturalidad, al regalarme este Aloe Tigre me han dado una catequesis de las buenas. Una lección sencilla que también te puede venir bien a ti que lo lees: vivir con sobriedad, ser constantes, guardar lo esencial y florecer cuando Dios quiera.
Porque, al final, no es la planta más grande la que más enseña, sino la que mejor sabe permanecer.
Recibe mi saludo y mis
¡¡¡BUENOS DÍAS!!
16.3.2026. Lunes. (C. 2.498).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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