martes, 24 de marzo de 2026

Vista parcial de la Real Villa.


ESTAMPA CAUDETANA

VISTA PARCIAL DE LA VILLA

Limpia estaba la atmósfera en la tarde de ayer cuando caminaba yo por la Avda. de la Libertad rumbo a la parroquia de Santa Catalina.

Las campanas de su torre sonaban tristes. El sacristán, Juan Doménech  Ruíz, tirando pausadamente de la cuerda, hacía que el badajo golpeara a la grande —la campana que lleva el nombre de la virgen mártir titular de la parroquia, la Santa Catalina— arrancándole unos sones quejumbrosos que, cual plañidera antigua, anunciaban al vecindario que dos paisanos habían sido llamados por Dios en el día de ayer: Manuela y Joaquín, al que todos conocían por Paolo.

Ella se nos fue joven porque no había alcanzado aún las siete decenas de años y él andaba metido la octava.

Paolo era bien conocido en la Villa pues, al ser pintor de profesión, a muchas de sus casas las enjalvegó. Y,  mucho se cuidaba de poner guapa la carroza que, en su fiesta, lleva sobre sí la Sagrada Imagen de la Virgen María del Monte Carmelo.

El día quiso parecer primaveral, pero al invierno le estaba costando dejar el paso libre, y la tarde se presentaba fría, con ese aire que obliga a encogerse un poco dentro del abrigo.

Sobre la bóveda de la Villa corrían nubes espesas que, a modo de cortinas, velaban la sierra de La Oliva. Apenas se adivinaban la capilla dedicada a Santa Bárbara en lo más alto y los molinos generadores de energía que, en larga hilera, recorren la cresta de la sierra.

Delante de mí se extendía el campo, como si fuera una alfombra tendida a los pies de la Villa. Tierra baldía por ahora, en espera de sementera o quizá de urbanización futura. Pero, mientras tanto, ofrecía un espectáculo sencillo y hermoso: todo amarillo, cubierto por las flores de la planta que los botánicos llaman Diplotaxis virgata y que el pueblo conoce como jaramago o planta del predicador.

Y no sin razón. Pues posee propiedades que aclaran la voz y alivian la garganta. Ya en tiempos antiguos, en el siglo XVII, el botánico Nicholas Culpeper dejó escrito que los predicadores la utilizaban para cuidar la voz. Bien les venía a aquellos oradores de largos sermones preservar la garganta para que su palabra pudiera llegar clara a los oídos de los fieles.

Al fondo de la estampa se dibujaba una preciosa vista parcial de la Villa: la torre y la cúpula de la iglesia parroquial, con ese aire que recuerda influencias valencianas.

Se nota que la borrasca Therese ha pasado por aquí como una buena escoba. Y, sin necesidad del producto que anuncia Mr. Proper, ha dejado la atmósfera tan limpia que da gusto contemplar la Real Villa de Caudete recortándose clara contra el paño de nubes que ocultan la sierra.

Y así, entre tañidos de campanas tristes, campos amarillos de jaramago y aire limpio de sierra, la Villa seguía respirando su vida tranquila de cada día.


Recibe mi saludo.


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

24.3.2026. Martes. (C. 2.506)..

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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