ESTAMPA CAUDETANA
FLOR DE MALVA SILVESTRE.
Así la llaman los avezados botánicos: Malva sylvestris.
Ayer, después de haber cerrado el manifiesto en la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura, como hago cada domingo, dirigí mis pasos hacia la glorieta de la Cruz.
Allí me encontré con un vecino, Ramón Gisbert Conejero.
Estaba plácidamente sentado en la esquinita de uno de los bancos, en aquel en que una rama de árbol le prodigaba sombra.
Y es que ayer hizo un día de primavera avanzada o, si se quiere, de verano que empezara a asentar sus reales.
Aproveché que unos señores se levantaron de otro banco, que gozaba a ratos de sol y de sombra, para tomar asiento y rezar las vísperas.
Invité a mi vecino a acompañarme en mi caminar hasta llegar a la parroquia de Santa Catalina, donde debía cerrar el tercero de los domingos de Pascua con la Sagrada Eucaristía.
Puso sus reparos, porque por la avenida de las Jornetas, además de ser cuesta arriba, el sol las gasta de las suyas, pues entre chalé y chalé encuentra el modo de apuntar con sus rayos a quien pasa por aquellos lugares limpios de construcción.
Después de decirle que no fuera tan reticente, le animé: —Te vendrá bien; así podrás dejar como meros adornos a los agujeros del cinto.
Se vino conmigo.
Al final de la avenida de la Libertad no hay construcción alguna: es un campo abierto que espera urbanización.
El sol pegaba bien. Se estaba quedando a gusto antes de emprender el descenso que le llevaría más allá de mi pueblo de Oropesa, en el occidente de la autonomía castellano-manchega.
Y allí, justo donde el terreno en barbecho desciende a saludar al alquitrán de la avenida, crecía, junto a otras muchas, una malva silvestre.
Mi acompañante se detuvo a contemplar la flor que preside estas letricas y me preguntó: —Tú, que tanto sabes acerca de plantas y flores, dime cómo se llama esta preciosidad.
—Malva —le dije.
Y, a mi vez, le inquirí acerca de aquello que, sobre esa planta, afirma el dicho que tantas veces oí a mi madre: —“Quien con malvas se cura…”
No acertó a completarlo, así que continué: —“…mal va”.
Es verdad que esta planta tiene propiedades que se aplican en farmacopea, como las destinadas a aliviar los trastornos intestinales.
Posee una flor preciosa. Con ella se ha portado de maravilla la naturaleza, y crece en cualquier lugar. No hace ascos a terreno alguno. Como tampoco se los hacen sus parientes menos favorecidas, como:
. la Malva parviflora, pequeñita, de flores menudas;
. la Malva neglecta, a la que le gusta serpentear por el suelo;
- o la Malva cretica, más basta y de tonos algo apagados.
Ninguna puede compararse en porte, esbeltez y limpieza de color con la silvestre: cinco pétalos rosados o violáceos, con venas más oscuras muy marcadas; el centro con pequeños estambres agrupados en columnita; hojas redondeadas y lobuladas, de borde dentado.
La Malva sylvestris que llamó la atención de mi acompañante, mientras andábamos por la avenida de la Libertad, lucía un rosado vivo, limpio y bien definido, con venas purpúreas muy marcadas.
Los pétalos, bien abiertos, con ligera escotadura, ofrecían un aspecto vistoso, nada apretado.
Mientras nos alejábamos de la flor, le dije:
—¿Ves, Ramón? La malva no teme al sol. Tú tampoco deberías ser tan reticente al astro rey; haría contigo maravillas, como ves que hace con una sencilla malva silvestre.
Nada me respondió y seguimos camino, picoteados por los rayos del sol.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
20.4.2026 Lunes. (C. 2.534).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario