martes, 21 de abril de 2026

Nos miramos.

ESTAMPA CAUDETANA.

NOS MIRAMOS.

Ha vuelto mi amiga, la paloma torcaz.

El calor no quiso demorarse en el día de ayer y, desde muy temprano, tomó carta de naturaleza. 

Tenía la ventana de mi cuarto abierta de par en par, y el sol, subiendo ya con decisión hacia su cénit, entraba a raudales, derramándose sobre mi flanco izquierdo.

Estaba a punto de concluir mi Estampa Caudetana del día cuando un aleteo firme, casi solemne, vino a escoltar la luz y atravesó la ventana.

Era ella.

Mi amiga, la paloma torcaz.

Quise reconocer en su figura a la misma que el pasado año eligió el ciprés que se alza a escasos dos metros y medio de mi ventana, como si buscara, entre sus ramas conijo, bajo ese cielo azul que el claustro barroco-toscano guarda en su cuadrilátero perfecto.

Y lo era —quiero creer que lo era—, porque, apenas posada, se quedó inmóvil, como quien se deja ver para ser reconocida.

Entonces ocurrió.

Nos miramos.

No fue una mirada cualquiera. En la suya había algo más que curiosidad: había memoria. Y en la mía, sin disimulo, brotaba la acogida, como se recibe a quien vuelve después de una larga ausencia.

No temía nada de mí aquella pequeña fortaleza alada.

Diríase que me conocía. Que sabía —como lo saben ciertas criaturas sin palabras— que no habría en mí gesto alguno que perturbara su paz. 

Ya el año pasado confió hasta el punto de sacar adelante su nidada en un nido que casi podía alcanzar con la mano.

He de decir que la echaba en falta, de menos.

Más aún: en algún momento temí por ella. 

Pensé si, en su partida hacia África con los fríos del otoño, o en el incierto viaje de regreso, no habría encontrado la muerte en un disparo traicionero.

Pero no.

Ha vuelto.

Y su presencia deshace, de un solo golpe, todas las conjeturas sombrías.

Me alegró verla. Me alegró hondamente. 

Y hasta me pareció que “charrábamos”, sosteniendo ese diálogo antiguo y universal que no necesita palabras: el de la mirada que reconoce, que acoge, que permanece.

El tiempo se detuvo entre los dos.

Largo, como largo ha sido el intervalo entre su marcha y su regreso. Ninguno de los dos quiso romperlo.

Después, ya confiada, se internó en la espesura del ciprés, en ese pequeño mundo verde y apretado donde dejó su hogar.

Y al poco, desde dentro, brotó su zureo.

No lo dudé: era un canto de aprobación, de regreso cumplido, de casa reencontrada.

Quizá cansada aún del largo viaje desde las tierras africanas donde pasó el invierno, parece que se me ha prestado a llevarte  mi saludo, antes de recomenzar su vida.

Y yo, con gusto, accedo:


¡¡¡BUENOS DÍAS!!!

21.4.2026 Martes. (C. 2.535).

P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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