ESTAMPA CAUDETANA.
LA LUNA COMIENZA SU PERIPLO NOCTURNO EN EL CORRALICO DEL MONUMENTO A LA CRUZ Y A LA VIRGEN DE GRACIA.
Todavía era de día, de un día con mucha luz, luz que había venido envuelta en "fuego", con muchísimo calor, ola de tal, la han llamado los chicos que nos hablan del tiempo desde las ventanicas de la TV.
A aquella hora, al salir la luna y dirigir su trote en dirección contraria a la del sol, había bajado sensiblemente la temperatura ambiental y ya empezábamos a respirar con sosiego. Y es que, claro, la luna es más, mucho más fresquita que el sol aunque se vista, precisamente, con la luz que le cede éste.
En mi paseo vespertino llegué a la glorieta de la Cruz en torno a las ocho de la tarde y, allí, sentado en el banco situado frente al monumento, me dispuse a completar el rezo del Santo Rosario que había empezado al salir de casa.
En un momento determinado, no sabría decirte cuál, si durante el tercero o el cuarto misterio se me ocurrió mirar al cielo. Al fondo el monumento aparecía recortado en un firmamento de un azul profundo.
Encima, justo encima de mi cabeza, había unas pinceladas blancas en ese cielo azulón y junto a ellas asomaba la luna, todavía bebé.
En este tiempo se encuentra enseñándonos con su forma de estar, como si quisiera engañarnos para que creyéramos que está a punto de desaparecer, en cuarto decreciente. Pero, nada de eso. Todo lo contrario se encontraba pujante, en cuarto creciente.
Y de ello se encargaba el sol que, seguramente, se encontraba a esas horas, saltando de almena en almena en la torre del homenaje de los castillos de mi pueblo de Oropesa, allá en el occidente de la autonomía castellano-manchega, divirtiéndose un ratito como lo haría un niño sobre unos cuadrados pintados en el suelo, antes de lanzarse, como una centella, en busca de las aguas del Océano Atlántico para darse un chapuzón y, al tiempo que desaparecía, se llevaría consigo la luminaria con la que se envuelve.
Y allí, en lo alto del cielo, entre un almez y un castaño de Indias, justo encima del corralico de la glorieta de la Cruz, se encontraba ella, la luna. Allí la sorprendí.
¡Qué maja! Antes de comenzar a corretear de un lado a otro por el firmamento quiso llegarse hasta ese lugar donde se veneran, en un mismo monumento, la Cruz y la imagen de la patrona del pueblo, la Virgen de Gracia.
Y lo hizo para saludar a su Reina.
Allí la sorprendí.
Y lo hizo para saludarla a Ella, a su Reina, porque así se proclama en el quinto de los misterios gloriosos del Santo Rosario:
" La coronación de la Virgen María por la beatísima Trinidad como Reina y Señora de todo cuanto salió de la mano del Creador".
Recibe mi saludo,
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
23.6.2026. Martes. (C. 2.589).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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