ESTAMPA CAUDETANA
EL PERRO DEL CONVENTO
Ya te he hablado unas cuantas veces de uno de los habitantes del convento de San José (el Carmen). No, no es un nuevo fraile. ¡Qué va! Ni siquiera aspirante a serlo. Se trata de un cánido que un día, hace ya unos años, le regaló al P. Prior, Paco Cantos Albertos, conocido como «el nieto de Bienvenido» o «el Molinero».
Sí, un perro que pulula de un lado para otro por el corralón, haciendo de las suyas con las plantas y con cualquier volátil que se le ponga por delante. Ya apuntaba maneras cuandobéste acabó con las siete gallinas y un ánade que nos mantenían limpio de hierbas el lugar y, además, nos proveían de huevos frescos.
Lleva ya unos cuantos años con nosotros y de él te he hablado en más de una ocasión, casi siempre por sus travesuras con mis plantas.
Pero hoy no puedo dejar de contarte lo que vi ayer.
Me encontraba terminando de recoger las hojas de los algarrobos, que han estado de muda estos días atrás. Eran las 13:13 horas. El sol pegaba de firme sobre la acera, justo delante de donde mi compañero, el P. Ángel, tiene montada su huerta particular.
El sol caminaba decidido hacia su cénit y sus trabajos de alpinista repercutían de modo manifiesto sobre aquella acera, que más parecía una parrilla dispuesta para asar unas chuletillas o freír unos huevos que un lugar por donde deambular.
Y fue entonces cuando apareció el perro. Olfateó un trecho de la acera y se tumbó cuan largo es, a pleno sol. Muy envalentonado, creo yo que le dijo:
—Sol, apunta bien. No falles.
Yo no lo veía, pero, con toda seguridad, el líquido elemento que encerraba su fuerte piel se le estaría escapando a través de la pelambrera.
No fue tan valiente, porque no permaneció mucho tiempo haciendo de diana a los rayos del sol. Pasado un rato se levantó y, sin mirar atrás, se fue con el rabo entre las patas en busca de un lugar más fresco.
Yo, dejando el rastrillo y el recogedor, pensé:
«¿Será posible que su instinto le hubiera sacado del lugar donde ciertamente pasaba calor para ir a otro donde lo hacía todavía más y luego volver al primero, donde se encontraría a las mil maravillas?»
Esa actitud era la que tenía un fraile carmelita catalán del que te hablaba hace unos días: el P. Bartolomé Xiberta. Tengo oído que, durante su estancia en Roma, en pleno ferragosto, cuando las vetustas piedras de la ciudad sudaban calor y la habitación del fraile era un calderillo puesto al fuego, ante la imposibilidad de pensar y poner por escrito las ideas que pugnaban por salir de su cacumen, subía a la terraza del convento y permanecía allí un buen rato bajo el sol de agosto. Cuando se encontraba poco menos que asadico, bajaba a su cuarto y continuaba, «ya fresco», por contraste con el calor exterior, el trabajo que había interrumpido.
En eso pensaba cuando el perro, que se llama Lío, iba perezoso en busca de un lugar no fresco —porque en estos días de olas de calor nada hay realmente fresco—, pero sí con algunos grados menos de temperatura.
Y recordaba aquellas palabras de Jesús:
«Yo estaré con vosotros todos los días y compartiré vuestros trabajos, agobios y sufrimientos. Tiraré del carro porque estaré uncido al yugo con vosotros. Porque mi yugo es llevadero y no causa heridas en vuestros cuellos» (cf. Mt 11, 29-30).
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
26.7.2026. Domingo.JORNADA DEDICADA A LOS ABUELOS Y A LOS MAYORES. (C. 2.616).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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