ESTAMPA CAUDETANA.
YA ECHÓ A ANDAR EL NUEVO Y FLAMANTE PÁRROCO.
Estaba previsto y anunciado con profusión por todos los medios: a las 19,30 horas del día de ayer iba a tener lugar la toma de posesión del nuevo párroco, P. Antonio Graciá Albero, carmelita.
Antonio es un hombre todavía joven, con mucho futuro por delante. Ayer estaba más ancho que largo y largo, lo que se dice largo, es poco, porque es un hombretón al que hay que levantar los dinteles de las puertas de lo alto que es.
Nació en este pueblo y en este pueblo fue bautizado y, mira por dónde, el Señor tenía dispuesto que fuera «cura pilón». Cura pilón se dice de aquel ordenado in sacris que accede al ejercicio de párroco de la parroquia donde fue bautizado.
La ceremonia comenzó bastante puntual para lo que suele llevarse en esta Villa, donde esos minutos largos de cortesía son una costumbre inveterada.
Las guitarras, hábilmente manejadas por un grupo perteneciente a los Neocatecumenales, animaron la celebración litúrgica, en la que tuvo lugar el traspaso de «poderes» del párroco anterior, P. Luis Torres Pérez, carmelita también y cura pilón también.
Tras los saludos del presidente, Don Julián Ros Córcoles, párroco de la parroquia de San Juan, en la misma catedral de Albacete, y enviado por el Sr. Obispo, el párroco saliente leyó el documento emanado del Obispado por el que se confería el cargo a su sucesor.
Y luego todo vino rodado.
Siguió la liturgia y, tras la homilía de Don Julián, que se portó porque no se extendió como arenal de desierto, sino que, contemporizando con la asistencia, sometida a muchos grados centígrados —el templo estaba lleno a rebosar—, dijo pocas cosas, pero enjundiosas.
Yo solo te apunto una:
Partió de la primera lectura de la liturgia de la misa, tomada del profeta Isaías, donde se habla de Eliaquín, al que Dios iba a poner sobre sus hombros la responsabilidad del palacio del rey. Entendiendo ese «poner sobre sus hombros» no una especie de carga, de un peso, sino de UN SERVICIO.
Y eso mismo lo aplicó al nombramiento de párroco en la persona del P. Antonio, indicándole que su carga, su cometido, a partir de ese momento, no era otra que el SERVICIO a sus hermanos, las feligresías de Santa Catalina y de San Francisco.
Y que tuviera en cuenta que es un mandado, un servidor, porque el verdadero Pastor de la Iglesia es Cristo.
Después escenificaron plásticamente las encomiendas que le hace el Sr. Obispo.
Las llaves de la puerta de la iglesia.
Y hasta allí se fueron Don Julián y el nuevo párroco, acompañados por parte del clero asistente. Se le indicó que su responsabilidad era abrir las puertas de la iglesia a la feligresía.
En la puerta que da acceso a la escalera que conduce al campanario también le hizo entrega de las llaves, como encargado de llamar a los feligreses al culto del Señor.
Ante la pila bautismal y las ánforas del Santo Óleo y del Santo Crisma se le facultaba para dar entrada a quienes han de formar la familia de los hijos de Dios por el Bautismo.
Y terminó el paseo por la nave de la iglesia sentándolo en el confesonario, otorgándole la potestad de perdonar los pecados.
En el presbiterio le fue entregada la Palabra de Dios revelada, encargándole que la diera a conocer en sus predicaciones.
Y fue él quien proclamó el santo Evangelio del día, en el que San Mateo nos cuenta cómo Pedro, hablando en nombre de todos los apóstoles, responde a Jesús:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
En contra de lo que decía la gente, que lo identificaba con un profeta importantísimo, pero solo un profeta, de los que dieron a conocer la Palabra de Dios al pueblo elegido durante el Antiguo Testamento.
Y se le pidió que volviera a retomar las promesas que hiciera el día de su ordenación sacerdotal. Cosa que hizo con voz tonante.
El representante del Sr. Obispo, Don Julián, le vistió la casulla.
Emilia, la señora del sacristán, Juan Doménech Ruiz, que no paraba el pobre hombre vigilando para que todo saliera a pedir de boca, y Fina Ortuño, la hermana del cura Pedro, «el Misionero», acercaron las ofrendas que recibió Don Julián.
La misa continuó su curso normal hasta el final, en que el nuevo párroco se dirigió a la concurrencia con palabras de gratitud.
Y, eso sí, dejó claro que en el ejercicio de su ministerio, para el que había sido designado por el Sr. Obispo,
«no iba a ir ni delante de los fieles ni empujando detrás».
Él, nos dijo:
«Vengo a dialogar».
Porque —esto lo apunto yo— dialogando se entiende la gente.
Concluyó su breve disertación invitando al personal asistente a tomar un refresco y unas pastas que varias señoras habían dispuesto en el claustro barroco-toscano del convento de San José (el Carmen).
El Ilmo. Sr. Edil de la Real Villa, al que acompañaba el Sr. Concejal de Fiestas y una señora miembro de la Corporación municipal, tuvieron la deferencia de asistir y acompañar al nuevo párroco en el día de «su puesta de largo», de su toma de posesión.
Todo acabó con el claustro del convento totalmente repleto de feligreses que vinieron a hacer los honores al nuevo párroco, al P. Antonio Graciá Albero, carmelita.
FELICIDADES, P. ANTONIO.
Porque en la encomienda recibida del Sr. Obispo, Don Ángel Román Idígoras, ten por seguro que la solicitud que lanzaste a la concurrencia en tu perorata final habrá encontrado eco y, seguro, seguro, que pedirán a Dios por ti.
Solo te falta que recibas, hagas tuyas sus indicaciones, las de Cristo Sacerdote, de cuyo sacerdocio eres partícipe, y fructifiquen en obras de acercamiento y amor al prójimo.
Y seguro, seguro, que no tendrás problemas porque, como te recordó el enviado episcopal, Don Julián, la Madre, la Virgen de Gracia, la Patrona del lugar, ahí estará para echarte una mano pues, no en vano, es Madre de la Iglesia porque Madre es de Jesús, que la fundó.
Y no te preocupes porque el olor a oveja, del que hablaba el difunto papa Francisco, no huela a Loewe o a Calvin Klein, porque su fragancia, no lo dudes, será inconmensurable, sin comparación posible con cualquier otra fragancia de esas que lleva el aire de un lugar a otro.
Recibe mi saludo.¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
23.8.2026. Domingo. (C 3.639)
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
P. D. La ceremonia fue retransmitida por televisión a las gentes que no podían acercarse en persona a las que tanto Don Julian, como el nuevo párroco, P. Antonio, carmelita, saludaron muy efusivamente sin olvidarse, claro está, del cámara operador.
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