ESTAMPA CAUDETANA
COLLEEN HELMORE: LA VIDA HECHA ACUARELA
Ayer te presentaba una obra de Colleen Helmore, acuarelista australiana, hija de un afamado arquitecto de aquellas lejanas tierras de Australia.
Lejos de seguir los pasos de su padre en el mundo de la arquitectura, Colleen nos acercaba al universo de la belleza floral, plasmada con delicadeza, color y primor en su Plumeria obtusa.
Pero Colleen cultiva también, con especial sensibilidad, el campo de las personas.
Y lo hace de manera magistral en otra obra pintada a la acuarela que cuelga junto a la anterior, en el mismo paño del claustro barroco-toscano del convento de San José, el Carmen.
Tres rostros que, según mi parecer, pertenecen a una misma anciana. Y hasta me atrevería a apostar, sin temor a equivocarme —aunque quizá me equivoque—, que no son otra cosa que tres retratos de la propia artista, imaginada a sí misma con el paso de los años (*).
La obra lleva por título:
Remembering, es decir, «Recordando».
Tres rostros que nos miran desde el papel.
Tres rostros surcados por los años, en los que las arrugas parecen guardar la memoria de toda una vida.
Fíjate bien. Hay en sus miradas algo que va más allá de lo que los ojos pueden contarnos. Quizá recuerdos, quizá experiencias, quizá esa serenidad que solamente concede el paso del tiempo.
La artista no necesita grandes artificios para transmitirnos sus sentimientos. Le bastan el agua, el pigmento y la destreza de su pincel para acercarnos a la humanidad de esos rostros; a la humanidad, según mi parecer, de sí misma, tal como podría llegar a ser cuando pasen unos cuantos años.
Es como si nos invitara a detenernos ante nuestros mayores y a reconocer en ellos la historia que llevan escrita en la piel.
Y, al mismo tiempo, nos lanza un aviso: lo que hoy contemplamos en esos rostros ajenos terminaremos experimentándolo también nosotros, cuando los años hayan ido dejando su huella y volvamos la mirada hacia atrás.
Hacia esa etapa de nuestras vidas en la que los recuerdos adquieren un valor especial y el pasado se hace presente en nuestra memoria.
Quizá sea entonces cuando comprendamos mejor lo que la artista ha querido contarnos con sus pinceles.
Y allí están, en el claustro del Carmen, estas acuarelas de Colleen Helmore, formando parte de la VIII Bienal de Pintura a la Acuarela, que ha traído hasta Caudete el talento de artistas de distintos lugares del mundo, con Australia como país invitado.
Una buena ocasión para acercarnos a la pintura, descubrir otras sensibilidades y comprobar que el arte no necesita hablar nuestra lengua para hacerse entender.
Si todavía no has visitado la Bienal, acércate al convento de San José.
Porque, entre sus muros cargados de historia, las acuarelas de Colleen Helmore te esperan.
Quizá te detengas ante su Plumeria obtusa, con sus flores abiertas a la belleza.
Quizá te conmuevan las miradas de tres ancianas o, como me sucede a mí, descubras en ellas un mismo rostro contemplado en distintos momentos de la vida, cargados de recuerdos.
En cualquiera de los dos casos, habrás encontrado algo que merece la pena: un instante de belleza que llevarte contigo.
Porque eso también nos enseña Colleen Helmore: que el arte consiste, en buena medida, en enseñarnos a mirar de nuevo aquello que la vida pone ante nuestros ojos.
Y en eso Colleen es toda una maestra consumada.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
19 de octubre de 2026. Lunes. (C.2.690).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
(*) Recuerdo que hace ya muchos, muchos años, el profesor de Arte en la Universidad de Santander, Dr. Campuzano, al explicarnos que el pintor no solo trasladaba al lienzo lo que ve, sino el resultado de lo concebido en su interior al contemplar al modelo, nos puso un ejemplo:
A un pintor le fue encargado pintar a una señora de alta cuna y de una belleza extraordinaria.
El quidam eceptó el trabajo.
Y cuando entregó la obra a la modelo ésta se quedó de una pieza porque en la obra aparecía una figura que en nada retrataba su presente.
Cuando la que fuera objeto de la obra se quedó sin improperios, el pintor la dijo:
"Hablaremos cuando pasen unos años".
En el cuadro aparecía una anciana con su cara y esbelto cuello surcados por arrugas, con greñas y contrahecha.


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