ESTAMPA CAUDETANA.
CUANDO EL AGUA SE HACE LUZ ENTRE LAS ROCAS.
Me he metido en la cámara oscura del telefonillo y me he topado con un pintor acuarelista ceilandés, natural de Sri Lanka, la antigua Ceilán, que emigró al nordeste de Australia, a la ciudad de Cairns, y que, como representante del país invitado a la VIII Bienal de la Pintura a la Acuarela, aquí, en la Ciudad de la Acuarela, participó con dos bellas obras: una cascada y un toro.
La fuerza de la naturaleza hecha acuarela.
De la cámara he sacado hoy Waterfall —La cascada—, una de las obras que colgaron de las paredes del claustro barroco-toscano del convento de San José, el Carmen, durante la celebración de la VIII Bienal.
Su autor es Sahan Kulathunge, un acuarelista nacido en Sri Lanka, esa isla del océano Índico que durante siglos fue conocida como Ceilán y que encontró en Cairns, al nordeste de Australia, el lugar donde establecer su residencia y continuar su camino artístico.
Leo en el catálogo que me fue regalado para la biblioteca del convento que su obra se caracteriza por situarse entre el impresionismo y el realismo, con una especial atención a la luz y a la atmósfera.
Y yo añadiría que también parece encontrarse influenciada e impulsada por un fuerte sentimiento religioso budista.
Él es natural de Badulla, una ciudad del interior, situada a casi 700 metros de altitud y rodeada de plantaciones de té. En sus proximidades se encuentran dos famosas cascadas: Dunhinda y Bambarakanda, que le sirven de inspiración para llevar a cabo una serie sobre las aguas sagradas, entre las que podemos situar esta Waterfall.
Ante su obra, la mirada se nos va directamente al agua, que no es tal, que solamente es papel sin pintar.
Se precipita desde lo alto. No vemos su origen. Se derrama entre las rocas y rompe la oscuridad con su blancura, pero tampoco alcanzamos a ver hacia dónde se dirige.
El pintor no necesita dibujar cada gota para hacernos sentir su movimiento, ni reproducir cada piedra para transmitirnos la dureza de la montaña.
Le bastan la luz, los contrastes y unas pinceladas llenas de fuerza.
Y con ello, lo que nos está plasmando, creo yo, no es otra cosa que la concreción de un sentimiento, de una meditación profunda, de una meditación interior que bien pudiera acercarnos al pensamiento zen.
Y así, entre blancos que parecen espuma y oscuros que diríamos nacidos de las entrañas de la tierra, entre cielo y tierra, agua y luz se convierten en los protagonistas indiscutibles de esta composición, nacida de la sensibilidad y de la espiritualidad de este artista ceilandés, hijo de la ciudad de Badulla.
Por eso, yo creo que Sahan Kulathunge pretende algo más que ofrecernos la belleza de una cascada.
Lo que pretende con su obra es plantearnos un reto: que nosotros, al contemplarla, nos sintamos interpelados y caigamos en la cuenta de que también necesitamos construir nuestra propia cascada, nuestra propia catarata existencial.
Una cascada que recoja las aguas de nuestro acontecer, con sus luces y sus sombras, con sus dificultades y sus esperanzas.
Y que, en medio de ese discurrir, nos dejemos iluminar por la Luz —Dios—, esa que todo lo alumbra, todo lo conjuga y a todo da sentido.
Porque, al fin y al cabo, no se trata solamente de contemplar cómo el agua se hace luz entre las rocas, sino de descubrir cómo la Luz puede abrirse camino entre las rocas de nuestra propia existencia.
Recibe mi saludo.
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
31.10.2026. Sábado. (C. 2.702).
P. Alfonso Herrera. Carmelita.

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