lunes, 14 de mayo de 2018

En Yecla, un recuerdo


ESTAMPA FORANEA.
EN YECLA UN RECUERDO.


Me habían citado, para comer, unos antiguos feligreses, dos matrimonios, Macario y Ramona, yeclana de nacimiento, y Miguel Ángel y Carmen, de aquella parroquia, FLOR DEL CARMELO, sita a caballo del Barrio del Pilar y la Urbanización Altamira, en Madrid, de la que yo fui su primer párroco, en el restaurante Bassalo.
Pasaban unos minutos de las 14 horas cuando entraba en el cercano pueblo de Yecla. Un montón de calles se encontraban cortadas al tráfico. Acababa de terminar una procesión. Las imágenes que habían procesionado eran las de la Santísima Virgen de la Cabeza y la de San Isidro Labrador. Todo el pueblo se había echado a La calle. Estaban de fiesta grande.
Mientras sorteaba vallas y más vallas buscando un lugar  donde aparcar, veía a multitud de lugareños de todas edades vestidos con el típico del lugar, muy vistoso y de alegres colores que bajaban por la pendiente, porque has de saber, que Yecla es un pueblo grande o una ciudad mediana, como quieras. En sus orígenes sería un pueblo colgado en una colina en cuya cumbre se había edificado el santuario a la Purísima Concepción de María y desde ella se dejó caer poco a poco, con el paso del tiempo,  hacia el llano. Por el lado que mira a la vecina Mancha lugar de las celebérrimas correrías de Don Alonso de Quijano, el famosísimo Don Quijote de la Mancha, acompañado en todo momento por su inseparable Sancho, salvo en aquel breve espacio de tiempo en que ejerció el gobierno en la Ínsula Barataria, se deja caer el pueblo buscando la llanura porque, por el alto, ya no hay posibilidad de crecer, no hay espacio para levantar ni una casa más. El terreno despejado donde, por fiestas, se levanta el ferial y las bodegas de La Purísima y de Conde, ejercen de freno, por el momento. Mientras que por la vertiente que da al este, a los pies de la colina, se levanta la otra ciudad, la ciudad del silencio, donde reposan los que emplearon su vida para construír la ciudad de los vivos, y por ese lado, según se enfila para la capital de la provincia,  para Murcia, se levanta otra ciudad, la industrial, la que trabaja para que la bulliciosa, la que hoy estaba de jolgorio y fiesta, pueda estarlo, y vivir.
Sí, Yecla, es una ciudad industriosa aunque la crisis solo ha permitido a muchas fábricas acercarse hasta ferretería para proveerse de un candado para echar el cerrojazo.
Pero, jalonando las distintas carreteras, siguen abriendo sus puertas muchas
industrias del mueble que se unen a aquellas que ya tienen solera.
Una vez que aparqué el coche al lado de un mercado que tenía nombre de Santo,
Pregunté a un  lugareño, que no tuvo reparo en dejarse fotografiar con su esposa y con el niño, acerca de la razón por la que habían sacado del baúl las vestiduras típicas del lugar y me contestó que más de tres mil personas se habían echado a la  calle para procesionar.
Por aquí y por acuyá aparecían grupos lindamente ataviados, con grupo musical incluido, cantando, a grito pelao, canciones del lugar.
Por fin pude contactar con mis amigos y compartimos mesa y mantel en medio de un maremágnum humano puesto que, en el salón de dicho restaurante se estaba sirviendo, a los invitados de dos niños, niño y niña, que habían recibido a Jesús sacramentado por primera vez, ayer mañana.
Encima de una torta casera (llamada a ser envoltorio de anchoas de Santoña) habían servido un imponente Gazpacho Manchego.
Durante la comida, a la que fuimos invitados por otro matrimonio del lugar, Salvador y Pepa, ambos de Yecla, se cayeron los telones que ocultaban los recuerdos y, éstos, comenzaron a moverse con soltura a lo largo y ancho de la mesa.
Fueron dos horas y media muy agradables. Tuve que dejarles disfrutando de las fiestas en honor de Santa María de la Cabeza y de San Isidro, el labrador, porque la liturgia dominical vespertina corría de mi cuenta.
En una de tantas curvas de la carretera, salió disparado para ti, mi saludo, mis

          ¡¡¡¡¡¡BUENOS DÍAS!!!!!!
14.5.2018  Lunes P. Alfonso Herrera. O. C.



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