ESTAMPA CAUDETANA.
Cuando finalicé la eucaristía en la iglesia del monasterio de las Madres Carmelitas de clausura, está semana se me ha adjudicado esa encomienda, pregunté a la madre sacristana que cómo llamaban aquí en la Villa a las flores que, en un pequeño florerico de cristal se encontraban en el lateral del Sagrario donde, el Señor Sacramentado, permanece con nosotros a la espera de que nos acerquemos hasta Él y le abramos de par en par las puertas del corazón para dejarle que entre dentro y tome posesión de él y de todo nuestro ser. No es que Él, por ser Dios, Ser glorificado en su naturaleza humana, no pueda articular palabras. Claro que las articula pero prefiere entablar una conversación, más de tú a tú, por los caminos del sentimiento, en la intimidad de una relación intangible pero que es nítida totalmente y el medio a través del cual se lleva a efecto, medio que no descarrila, como lo hacen nuestros trenes de España, por falta de atención y cuidado en la estructura.
La monja sacristana me dijo: las llamamos AMORCITOS DE JESÚS.
Tiempo atrás, en la iglesia parroquial de San Francisco, desempeñaba una labor impagable de sacristana. Era el alma mater de los interiores del templo y se preocupaba de que todo estuviera en su sitio. Y si se trataba de los manteles para cubrir el altar o de las vestiduras que se emplean en la liturgia, los mantenía limpios y sin una arruga. Y ojo con que el sacerdote saliera con alguna falla en la vestimenta porque ella se levantaba de su banco y ponía las cosas en su sitio. Esta diaconisa era la anciana Feli que, cual aquella otra anciana de la que nos habla el Evangelio, viuda, también, como ella, se dedicaba a propalar a diestro y siniestro la llegada del Mesías que había tenido la suerte de contemplar junto al anciano Simeón cuando los padres de la Criaturica, María, la Madre y José, el Padre Putativo o nutricio, se presentaron con el Niñico en el templo para cumplir con aquella ley mosaica que exigía "que todo primogénito debería ser presentado al Señor, consagrandodo a Él, con la posibilidad de rescatarle mediante la entrega de una res para el sacrificio o, como en el caso que nos ocupa, por la pobreza de la pareja que presentaba al Niño, un par de pichoncicos.
Sí, esta diaconisa era Feli(ciana). Ella, llegadas que eran estas fechas, por San Blas, Copatrón de la Villa, un poco antes y un poco después, se las arreglaba para entrar en el pequeño patio que circunda la parroquia para hacerse con un montón de pequeñitos, enanos, NARCISSUS TAZETTAS a los que ella llamaba AMORCITOS, que, colocados en florericos de cristal, distribuía delante del altar, de la imagen de San Francisco, y del mismo Jesús Sacramentado, en el sagrario, en la capillica de los Comunión
Desde la ventana existente en el coro bajo del monasterio de las Madres Carmelitas, abierta de par en par, se veían, desde el presbiterio, creciendo junto a una pared que delimitaba un terreno destinado a huerta, un montón de AMORCICOS DE JESUS que, en ramilletes, emergían desde la tierra. De ahí, el que la preguntara a la monja sacristana y, a la vez, jardinera y huertana por el nombre que se les daba, aquí en la Villa, a los que yo ya sabía que eran JACINTOS liliputienses.
Estos JACINTICOS son rápidos en asomar. No tienen nada de miedo al frío y, cortados de sus planta madre, duran un montón inmolándose, mientras exhalan su fino y dulce aroma a su Creador Sacramentado.
Ellos también se me prestan, hoy, para llevarte mi saludo, mis
¡¡¡BUENOS DÍAS!!!
4.2.2026. Miércoles. (C. 2.460)
P. Alfonso Herrera. Carmelita.
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