miércoles, 7 de febrero de 2018

ESTAMPA CONVENTUAL. El Cerezo de la Vera



ESTAMPA CONVENTUAL.
EL CEREZO DE LA VERA.


¡NO!, ni pensarlo... No vayas a creer que me he vuelto tarumba. ¡Nada de eso!
No hago propaganda de la Gran Albión,  ni de los sacos con los que salvan el Canal de la Mancha los envíos postales de la Metrópoli de la Comanweld.
Ni mucho menos. Faltaría más.
Eso sí, saco de los mails ingleses parece que sí que es, pero si te digo la verdad, no sé ni cómo ni cuándo di con él y la imaginación hizo el resto... Y, ahora, resulta que los ingleses, olvidándose de Drake, el pirata de su majestad, por una vez, y, sin que sirva de precedente, me echan una mano, es decir, un saco de los correos de la Great Britain para afrontar con visos de solución el problema de estas noches, tan frías, en que nos deja abandonados el sol cuando se marcha, a velocidad de atleta, para hacerles la vida muy agradable a los del hemisferio Austral.

Resulta que Pedro, Pedro es un buen hombre de la región de la Vera, casado con Basilia. Sí, de allí, de donde es el mejor pimentón del mundo que hace que las legumbres, (judías, lentejas...) tengan su guiso inigualable y hace inmejorable, también el guiso de carnes de cerdos ibéricos de bellota para embutir en tripa y que no puede faltar en el gazpacho de mi tierra porque es su «cuiditas», su razón de ser.
Pedro es el padre de Susana, Susana era la señora que nos hacía la comida, el lavado y planchado de ropa y la limpieza en nuestra casa de Madrid. Pues él, Pedro, es quién me regaló UN CEREZO. Creció durante un año en mi bosquecillo de Madrid y cuando me trasladaron a CAUDETE, ¡SE VINO CONMIGO!
Mi cerezo, el que Pedro me regaló, tiene un amigo en Madrid. Este amigo se llama Juan. Juan vive con Carmen, su cuñada, unos portales calle abajo de mi casa. Entre los dos meten en casa, «aduras penas» 173 años. Juan padece alguna enfermedad en los ojos que no le deja ver de lejos y, con mucha dificultad, de cerca. Todos los días suben por la acera de mi casa, obedeciendo a una costumbre inveterada, a desayunar a uno de los bares cercanos donde comparten mesa con un general coetáneo  y su esposa. Y, de vuelta, se pasan por el mercado y se traen las viandas para el día. Y, ¡Siempre! ¡siempre! Hacen un alto a la puerta de mi casa y ¿sabes para qué? Pues para ver a mi cerezo...
Hace unos días, aprovechando un tiempo casi primaveral, le busqué un lugar soleado en el corral de casa y, animado por una gran esperanza, le trasplanté a un hoyo de 60 por 60 que le había excavado. Pero este tiempo, al que estamos mareando con nuestro modo de proceder, ha vuelto por sus fueros y, haciendo bueno el dicho de los valles de los Picos de Europa :«Al invierno no se le come el lobo», se ha plantado entre nosotros con firmeza y está espantando, con cajas destempladas, las buenas temperaturas, que ya estaban haciendo salir las yemitas de los árboles, a mi cerezo entre ellos. ¡Pobres¡ Ya no pueden esconder los botones brillantes a punto de reventar en flor y hojas.
Así que cuando me vio el cerezo acercarme a él con el azulón británico se puso contentísimo. Si hubiera tenido manos, seguro, seguro, que me habría dado un aplauso. Solo le faltó hablar para darme las gracias.
Se portó bien y colaborador. Se dejó introducir las ramas, llenas de vida gritando desde cada yemita, dentro del saco que guardaba en su interior una de esas cajas que vienen llenas de resmas de folios Dina 4, ahora vacía, y que, en perfecta simbiosis con el saco, van a librarlas de los perniciosos daños que le infringirían los grados centígrados vestidos de blanco, que campan libremente por estos pagos de la Mancha Baja, cuando el SOL se va de fiesta.
Sí, por una vez, los isleños de su graciosa majestad, tocada con pamela en Ascot,  van a echar una manita a mi cerezo, al cerezo que me regaló Pedro, el buen labrador de la comarca de La Vera cacereña que camina ligera hacia la capitalita de la zona, que es Plasencia.

Empujado por una brisita verata fresca y pura se deja llevar hasta ti, mi saludo,

                ¡BUENOS DÍAS!!!!!!
7.2.2018 Miércoles. P. Alfonso Herrera. O. C.

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