viernes, 13 de abril de 2018

ESTAMPA CAUDETANA. La Luna


ESTAMPA CAUDETANA
LA LUNA.

Eran la 08-23 horas de la mañana. Atravesaba la calle Zafra de este pueblo de Caudete. Estaba haciendo tiempo para que abrieran la ofici.na de correos (08,30 horas). La mañana era fresca pero estaba despejada.
El sol que, tras haber salido de las aguas de Alicante, andaba llegándose a Villena, camino obligado para, acto seguido, hacerse presente en Caudete, le estaba mandando avisos a la luna que se había pasado la noche con nosotros mezclando su luz lechosa con la de los focos para avisar de la presencia  del pueblo a todo viandante, apercibiéndole que ya estaba llegando y que, ni por asomo, deseaba verla por estos pagos. Y, ella, reticente, se hacía la remolona. No quería dejarnos, no quería marcharse al cuarto oscuro a esconderse hasta tanto el sol, al no encontrarla, se fuera malhumorado, con su cara, redonda, todo coloradota, siguiendo el rastro que le dejaran en la mar océana las tres carabelas de Cristóbal Colón y los hermanos Pinzón cuando, presos de un fuerte presentimiento, se fueron a buscar nuevas tierras más allá de Finis Terrae y de las columnas de Hércules
- Allí arriba la tienes. Allí está Catalina (así la llamaban en un libro que nos leían en el refectorio del seminario durante las comidas (en 1959). A él, al Sol, le nombraban, LORENZO. Recuerdo que aquel compañero, al que, andando el tiempo, casaría en la parroquia Maudes, cercana a Cuatro Caminos en Madrid, le tocaba subirse al púlpito para, desde allí, sembrar todo el comedor con las palabras sacadas de las páginas de un libro del que, ahora, no recuerdo el título. Leía aquella mañana, mientras todos los demás dábamos buena cuenta de un tazón de leche en polvo disuelta en agua caliente, con pan recién horneado en la panadería de un pueblo de al lado y un buen trozo de aquel queso amarillo que nos mandaba el 34 presidente de los USA, un tal Ike, Dewight D. Eisenhower,, :«Ah gándula (tal cual), le decía Lorenzo a Catalina, desapareces para no trabajar...»
- Pues ayer mañana no quería desaparecer la buena de Catalina, allí estaba puesta en lo alto del cielo, sobre la vertical de la calle La Zafra, como si quisiera hacerle burla al sol que venía ligero desde la orilla del mar.
- Me hubiera gustado ver el desenlace de la pelea pero no pude. Ya habían abierto la oficina de correos y tuve que acercarme a sacar la correspondencia de nuestro  apartado. Cuando salí ya había tenido lugar el rifi-rafe que ganó por cao, Lorenzo, porque la pobre Catalina había desaparecido, se había esfumado más allá del abanico de luces con el que se cubría la cara el joven e imponente Lorenzo .
- Por un camino muy bien iluminado, va a buscarte mi saludo, mis
          ¡¡¡¡¡¡BUENOS DÍAS!!!!!!
13.4.2018 Viernes. P. Alfonso Herrera. O. C.

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