domingo, 29 de abril de 2018

La Paella de los Moros


 ESTAMPA CAUDETANA.
LA PAELLA DE LOS «MOROS».

Ya me había puesto en antecedentes Magachi y, a ella,« una de sus hijas que pertenece a una comparsa mora. (Magachi es la señora que nos hace la comida).
A las 21,45 de ayer sonaron los cohetes después de poner chispitas de color en el cielo por encima de la calle San Vicente, pero que eran bien visibles desde casa. Anunciaban el fin de la fiesta, el broche de oro a una fiesta totalmente popular, diríase que de vecindario,  surgida como por ensalmo.
Por la mañana, pronto, una comparsa mora ya lo tenía todo pergeñado:
Habían acotado la parte de la calle en la parte en que ésta se allana. En ella habían dispuesto tres filas de mesas con sillas donde habrían de sentarse 350 personas para darle «aire» a una paella. La paellera, de grandes dimensiones, cuando yo me pasé por allí, ya llevaba un buen rato haciendo el calducho en el que encontraría sabor y gusto el arroz de la cercana población murciana de Calasparra. Con unas palas largas daban vueltas a las verduras y a las tajadas de pollo llamadas a encontrar acomodo en la ingente cantidad de arroz suficiente para dejar bien satisfechos a 350 comensales. Dentro de una nave ya estaban sentados a unas mesas un montón de niños pintando. Participaban en el concurso de pintura programado para ellos.
En otro lugar de la espaciosa nave aguardaban dos futbolines a que rodaran las bolas entre los jugadores de plomo hábilmente manejados por los concursantes. Los trofeos esperaban a ser entregados en una mesa bajo una gran pancarta del patrocinador, Milán.
La música, que llenaba toda la calle, salía por unos grandes bafles incrustados en unas torres móviles de nueva factura.
En una mesita, dos miembros de la comparsa mora, cobraban las consumiciones que servían en frente, en un puesto ad hoc. Me puse al final de la fila y pedí una cerveza. Me tocó pagar el doble porque yo no era miembro de la comparsa.
Hablé con un «moro» muy mayor que, en su niñez, había servido de monaguillo en la iglesia del CONVENTO DE SAN JOSÉ DE LOS CARMELITAS.
Quiso saber si me iba a quedar a comer le dije que no, que venía a hacerme una idea y a tomar una cerveza.
El sol estaba tomando posiciones en la vertical de la calle y estaba haciendo de las suyas. Por un lado estaba metiendo calor a la concurrencia y por otro, parecía que se hubiera adelantado a los niños porque, yo diría, que andaba haciendo puntería con los globos. Uno tras otro iban explotando y mermaban la gran cantidad de ellos que formaban la globotá con la que, se pretendía hacer pasar un buen rato a los niños propios, de la comparsa, y foráneos. ¡Qué puntería, madre, no fallaba  ni uno con sus finos dardos de luz! Todo el suelo del espacio acotado para colgar los globos estaba sembrado por los jirones de la goma de los globos que estaban siendo hechos fosfatina.
Cuando estaba dando por terminada mi visita uno de los «moros», un joven de buena presencia y con una voz acorde con su porte, estaba dando a conocer la cadencia de los actos programados. Solo me acuerdo de que la paella se serviría a las 14,30 horas. En aquel preciso momento volcaban en la inmensa paellera,  tan grande como el albero de una plaza de toros, cuatro botes de cinco kilos de tomate triturado. Ya olía el calducho de la paella de pollo que alimentaba. Sí, ya estaba poniendo en pie de guerra a todas las pituitarias del personal que se había juntado a lo largo de la calle y, hasta las mías, y eso que andaban en plan de retirada.
Estas fiestas, me dijo un comparsa, se montan para allegar fondos públicos para atender al desarrollo del grupo moro.
Otro «moro», muy cargado de años, me puso en antecedentes de que el próximo día 24 de mayo también monta su gremio de jubilados otra gran paella en la explanada del Santuario de la Virgen de Gracia. El costo con cervecita y pan 5,50€. Le prometí tomar parte en aquella comida de hermandad.

Ligero va a tu encuentro mi saludo, mis

            ¡¡¡¡¡¡BUENOS DÍAS!!!!!!
29.4.2018 Domingo. P. Alfonso Herrera. O. C.


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