miércoles, 11 de julio de 2018

El Hijo Pródigo


ESTAMPA CONVENTUAL.
«EL HIJO PRÓDIGO».




Llegó sin hatillo atado a la punta de un cayado. Éste no se parece en nada a aquel del que nos habla Jesús en el Evangelio (Lc 15,11-32), salvo en que se escapó de casa. El pródigo del evangelio era un jeta «de los que entran pocos en el kilo». Sin haber pegado golpe en su joven vida, arrambla con lo que dice le pertenece por herencia y ¡Hala! a correr la vida y tan rápida la corrió que su haber se le esfumó tan rápido como le llegó. Y, claro, se enteró «de lo que cuesta un peine». El libertino, cayó en su red y esclavo vino a ser cuidando cerdos. Para un judío eso de cuidar cerdos es lo peor, lo más abyecto, lo impensable. Pues hasta allí vino a caer el pollete aquel con ánsias de libertad que no fue tal. Libertinaje, sí, pero, no, LIBERTAD.
Éste pródigo llegó planeando, sin taleguillo atado a la cruceta de sus débiles alas. Como aquel, vio un mundo inmenso por explorar y, sí, también se escapó de casa, saltó del nido y no se fue de francachelas, ¡qué va! sino que tuvo su primera experiencia mundanal dándose un trompazo sobre el duro suelo del claustro del convento.
No se dedica a otro afán que el de ir de un lado a otro, de tiesto en tiesto, piando y piando llamando la atención de sus padres. Él, el padre, soltando un chorreo de trinos rápidos y feos cuando me descubre y eso que al avichuchico no le hago nada. Ella, la madre, acarreándole bichitos e insectos que  caza al vuelo, labor en la que colaboran otras pájaras nuevas, posiblemente las hermanas del espabilado que goza de vida cachorrera en el vetusto claustro del CONVENTO DE SAN JOSÉ.
Éste sí que lo está pasando de primera. En nada se parece a aquel del evangelio. Aquel, solo, más solo que la una, cuidando cerdos, nadie se ocupaba de él. Éste, toda una pléyade de gorriatos, ellas y ellos atendiéndole en la más nimia de sus necesidades incluso le enseñan a volar pues tratan que les imite saltando de los tiestos a los cipreses para buscar seguridades que, aquí en el claustro, no es menester tener porque los gatos no tienen el claustro como lugar de paso, vamos que no pisan.
Sí, el andobas se lo está pasando chupiii.
Otro cantar hubiera sido si, en lugar de planear al claustro lo hubiera hecho al corralón. Allí le hubiera ido muchísimo peor que al hijo pródigo de aquel hombre bueno del que nos da noticia Lucas, según le contaron quienes se lo oyeron decir a Jesús. La razón es que habitan el corralón cinco gallinas, a cual más fiera, que tienen declarada la guerra más cruenta a todo bicho viviente que cae al corralón. Y, entre todos los bichos, sus preferidos son los ingenuos polluelos que, como el que cayó en el claustro, lo hacen en el corralón. Y, en ocurriendo...Ya no hay protesta que valga proferida con furia por el gorriato padre, ya no podrá levantar vuelo el infantito emplumado, ya sus correrías por un mundo nuevo frenaron en su mismo inicio, al empezar, ya su vida pajaril, sin haber emplumado del todo, termina... y ¡Qué horror! Desplumado, desmembrado e ingerido en un «pis pas», que decía mi madre, por unas gallinas que a nada hacen ascos. ¡Qué tías!
Sí, el gorriatico del claustro es un pajarico con suerte. Vive a sus anchas. Tiene para sí un ámplio espacio de entrenamiento. Sus padres y familiares le dan de comer a destajo. Salta. Vuela. Pía, todavía no canta. Ya te digo, se lo pasa en grande. Disfruta sin cortapisa alguna de una vida cachorrera que le abrirá camino a ALTOS VUELOS. (*)

El pajarillo no puede llevártele todavía, pero, mira, te llega volando mi saludo, mis
          ¡¡¡¡¡¡BUENOS DÍAS!!!!!!
11.7.2018. Miécoles. Día 5° de la Novena en Honor de la Virgen del Monte Carmelo.

P. Alfonso Herrera, O. C. alfonsoherr@gmail.com

(*) No es el primero que sale adelante en el claustro. Este tiempo de atrás hemos tenido TRES al mismo tiempo y todos medraron y, luego, volaron.



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